"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




EL PARANÁ, DE AQUÍ A UNOS AÑOS

Publicado en Cuentos el 5 de Mayo, 2006, 1:59 por dvaldez

A pedido de algunos compañeros (Gabi, Susana, Paula y alguien más que se me escpa) cuelgo este cuento, a pesar de mi opinión de que es un poco largo para el Blog.

En fin, no me pude resistir a la presión de mis admiradoras.....queselevacé..

RÍO VERDE

 

Se descolgaron del desagüe dificultosamente, pálidos y tiritando. Se arrastraron en silencio por la vertiente raquítica y con pasos inseguros se acercaron a la barranca. Carla miraba a su marido de reojo. La mugre le pegaba el pelo al cráneo y sus rasgos afilados brillaban a la luz de la luna, bajo la mascarilla de oxígeno. Tenía la mirada clavada en el río. Ni siquiera se daba cuenta de que ella lo observaba.

A pocos metros del borde de la barranca abrieron dos pequeños sillones y se sentaron. Dos espaldas encorvadas. Hombros hundidos. El silencio era casi total. Ningún sonido animal los molestaba. Sólo el sordo traqueteo de ramas peladas en los pocos árboles secos que quedaban. Sus pies aplastaban manojos de pasto amarillento, ralos y espaciados, mezclados entre la tierra desgajada.

Admiraron la enorme corriente verdosa deslizándose en silencio. Las estrellas titilaban con pulsaciones discontinuas y frías. Se miraron sin hablar. Diego reprimió un estremecimiento y levantó la vista hacia la cúpula de la ciudad. Pudo ver los gigantescos edificios del centro. Se decantaban en cascada lentamente hacia las barriadas. Dentro de la cúpula, cerca del borde superior, pequeñas nubes derivaban inseguras. Tomó la mano de Carla y levantándose la mascarilla la besó. Gotas de sudor le poblaban la frente. Se quedó un rato observando las islas. Lomos marrones con rastros de vegetación. Tocones grises, inclinados hacia el suelo, trocando vida por derrota. Desde las ruinas de Baigorria disfrutaban de una vista dilatada. Podían captar un buen trecho del Paraná, las bases del antiguo puente a la abandonada Victoria. Columnas truncas que se elevaban como dedos acusadores en la noche. Y un poco más allá el comienzo de la colosal cúpula de Rosario. La ciudad se encogía con vergüenza, como queriendo alejarse del entorno odioso.

Sentado en el silloncito, como un escolar esperando a su maestra, los recuerdos se amontonaban en la mente de Diego. Imágenes idealizadas de los cuentos que su bisabuelo le contaba cuando era niño. Las historias de Don Pedro le hablaban de un mundo imposible, lleno de sabores y sensaciones. Una ciudad al aire libre, donde el viento corría por las calles sin necesidad de máquinas que lo removieran. Donde la lluvia mojaba el rostro en cualquier momento y no cuando los programadores lo decidían. Donde el frío y el calor no eran cifras planificadas en un calendario. Gente que iba y venía, saliendo o entrando a la ciudad cuando quería, y que a veces hasta visitaban el páramo, que ellos llamaban “el campo”. Le era difícil congeniar aquella visión idílica con su diario vivir. Los departamentos mugrosos, el hacinamiento. La comida magra y desabrida, que si hubiera podido comparar, la habría llamado asquerosa. Desde que tenía memoria las historias del río lo habían fascinado. En algún momento del pasado, el río había vivido. Su bisabuelo se lo contaba con esa voz cascada llena de entusiasmo y nostalgia. Aquel río latía con playas enormes donde uno podía hundirse en la arena y bañarse en aguas marrones. Lo surcaban botes de pescadores y lanchas deportivas y veleros y barcos gigantescos y peces dorados que saltaban del agua y hacían cabriolas frente a los ojos de la gente. Un enorme y exquisito ecosistema fluvial que el sólo conocía por los libros desgajados y amarillentos que la familia atesoraba en un oscuro rincón del sótano. Pensó en la gente del pasado, con el sol pegándoles en la cara, riendo al viento, libres en esta tierra yerma que el pisaba ahora. Y que en su desidia envenenó las aguas e hizo irrespirable la atmósfera. Cuando todo se vino abajo, no sonaron las trompetas del juicio final. El afán de dinero fue el único y verdadero jinete del Apocalipsis. Ya no había pobres ni ricos. Ahora todos eran sobrevivientes. No tenían tiempo de pensar en otra cosa. Y sólo existían gracias a la caridad. La misma caridad que les había instalado la cúpula salvadora y que enviaba los miserables suministros con los que apenas apechugaban. Y que ahora les exigía (como si estuvieran en posición de negarse a algo) pagar tributo. Y el tributo sería enmascarado, una vez más, de ayuda humanitaria. Porque sus nuevos amos se llevarían el río. Su río, verdoso de podredumbre, para limpiarlo. Lo meterían en una lavadora cósmica, lo refregarían contra las estrellas, lo colgarían en la Luna y cuando se secara, lo devolverían. Prístino y renovado. Pero Diego no se dejaba engañar. Pensaba que todo eso eran puras mentiras. En la América del Norte, todos lo sabían, el agua dulce ya era más cara que el oro. Aquí, se cotizaba a precio de sangre.

Consultó el medidor de oxígeno. Le quedaban tres horas. Dos para el adiós definitivo y una para regresar. La luna ya estaba baja hacia el oeste, pero la majestuosa corriente aún persistía en reflejarla. Carla estaba inquieta. Se le notaba el miedo cuando se retorcía las manos enguantadas. ¿Por qué la había traído? No estaba seguro si odiaba más a la cuidad o a la triste sumisión de su esposa. La había arrastrado por las oscuras escotillas y conductos malolientes como a su mochila o su tanque de oxígeno. No se había quejado ni resistido y mucho menos preguntado qué era aquella nueva locura suya. Un accesorio más, producto acabado y fiel de las repetidas y perennes privaciones que marcaban sus días. Sin previo aviso sintió deseos de golpearla. Pudo sentir su puño estrellándose en la mandíbula débil. El ruido seco del hueso roto y a Carla cayendo desmadejada hacia el suelo seco. Hubiera querido que eso la despertara. Que ese acto primitivo de violencia la sacara de su estupor idiota. Que se levantara y le devolviera el golpe y le gritara y lo mandara a la mierda. Pero se contuvo. En el fondo sabía que sería inútil. La muerte en vida la acompañaba, igual a los otros trescientos mil que aún boqueaban en la cuidad.

A las cuatro de la mañana algo le sucedió al cielo. De las constelaciones se desprendieron luceros palpitantes. Formaron una línea que seguía el curso del río, muy alto en el cielo. Permanecieron así un largo rato y luego, lentamente, comenzaron a separarse hasta que los primeros y los últimos de la fila desaparecieron bajo la línea del horizonte. Dentro de la cúpula sonaron apagadas las alarmas y luces rojas de advertencia se encendieron en la cima de los edificios. La ciudad se oscureció.

Uno de los luceros colgaba, enorme, a un centenar de metros a su izquierda. Su fulgor era tan intenso que eclipsaba a las estrellas y a la moribunda luna y hacía difícil mirarlo directamente. Un resplandor lechoso bañaba el páramo y le robaba destellos al cristal de diamante de la cúpula. La tierra comenzó a ronronear con un tono bajo y amenazante. Un viento huracanado comenzó a correr desaforado hacia la luz del cielo. Arrastraba basura y cascotes que pasaban volando junto a ellos en procesión uniforme. El ronroneo lento y cadencioso se transformó repentinamente en un temblor que les removió los huesos. Con un grito ahogado, Carla se levantó de un salto y tapándose la cabeza con las manos huyó enloquecida hacia los desagües. El sillón abandonado se arrastró por el suelo y se perdió barranca abajo. Diego vio como Carla se alejaba, desdibujada entre la basura que llenaba el aire. La vio caer, cortada su carrera por un tronco podrido y debatirse en la atmósfera venenosa, con la mascarilla hecha pedazos. No intentó ayudarla. Pensó con resignación que esta muerte suya sería mejor que la del regreso. La contempló sereno hasta que dejó de moverse y luego miró hacia el agua. Grandes olas se formaban en la superficie y todas parecían dirigirse al mismo punto focal en donde el lucero todavía colgaba ingrávido. Un gran remolino comenzó a crecer en el agua, elevándose en pos de la luz. El viento era cada vez más fuerte. Diego corrió hacia un árbol y lo abrazó.  

Con un estruendo poderoso, profundo, el río se levantó. Una cuerda ciclópea enroscada sobre sí misma, con vetas de negro y marrón, arrastrada por la luz colosal. Bullía y gemía en la noche tormentosa revelando en cada giro tesoros inimaginables. El agua hervía de energía, instigando poderes arcanos que la elevaban cada vez más alto y más lejos, como un mastodonte primitivo desprendiéndose del barro.

Abajo, el lecho del curso abandonado era ahora un profundo cañón seco. Las antiguas islas fluviales comenzaron a desmoronarse como castillos de arena, corriendo a refugiarse en las nuevas profundidades vírgenes. El paisaje se aplanó. Un extenso pedregal oscuro, ofreciéndose a la noche.

La energía caótica de la traslación no cedía. A medida que el río se elevaba, la excitación de la tierra iba en aumento. Diego sintió como su árbol se rompía y salía volando, arrastrándolo hacia arriba. No estaba solo en la carrera. Chapas viejas, esqueletos de autos machacados, pequeños objetos inidentificables, huesos de animales. Los restos del pasado lo perseguían. La velocidad del tránsito lo hacía llorar. Mientras se acercaba a la masa burbujeante le nació una alegría inesperada. Un encuentro final con el río. ¿Era esto lo que había anhelado en secreto? ¿Quizás lo esperó desde niño, cuando pegaba la nariz en el plexiglass del mirador?

El movimiento revulsivo del limo fangoso teñía las aguas con el orgulloso marrón de antaño. La imagen coincidía casi exactamente con la que su imaginación había forjado. Este era su río. El río amigo y compañero con el que siempre había soñado mientras devoraba los viejos libros polvorientos. Sentía que podía abrazarlo.

La noche gemía.

Un chapuzón invertido lo metió de cabeza en la corriente. Giró sin control sintiendo la fuerza del agua, que al fin era suya. Cosas informes lo golpeaban por todos lados. A pesar del dolor intentó nadar, asirse a algo, respirar, reír. Verrugas negras como alaridos le llenaron la carne. Ampollas blancas como la leche le nacieron en las articulaciones. Por un breve instante, toda su piel desgajada nadó a su lado. No tuvo miedo.

La ponzoña del agua lo mató antes de que tuviera tiempo de ahogarse.

 

En la cuidad, las alarmas se fueron apagando una a una y las luces mortecinas retornaron con pereza a las calles.

A horcajadas de la interminable serpiente emplumada, los luceros ascendieron en arco hacia la estratosfera, haciéndose más pequeños a medida que los minutos pasaban. Una fina línea azabache que partía en dos el cielo.

En la tierra sólo quedó el silencio.

Y un gemido que nadie escuchó.

 

 

                                                                                           DANIEL VALDEZ    

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-