"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




25 de Febrero, 2006


El cantar de los cantares

Publicado en General el 25 de Febrero, 2006, 16:30 por lilian

HOY están ETHEL KOFFMAN & LOS KHORUS

en el Patio Cívico, gratis, a las 21 hs.

ALGUIEN VA?

...el mejor amigo del hombre... 2º p.

Publicado en Fotitos. el 25 de Febrero, 2006, 11:48 por scalona

el mejor amigo de...

Publicado en Fotitos. el 25 de Febrero, 2006, 11:45 por scalona

Man Ray

Publicado en General el 25 de Febrero, 2006, 11:44 por scalona

el primer beso

Publicado en Fotitos. el 25 de Febrero, 2006, 11:43 por scalona

¿será tan difícil...?

Publicado en Fotitos. el 25 de Febrero, 2006, 11:40 por scalona

de la mejor transparencia en la peripecia (Dal Masetto- Frag. de Oscuramente fuerte....)

Publicado en De Otros. el 25 de Febrero, 2006, 10:22 por scalona

Capítulo  Dos

 

 

A veces me digo que quien nunca ha visto un nogal no sabe lo que es un árbol. Al fondo del terreno, más allá de la seis hileras de vides y los almácigos, había un nogal. Era alto y fuerte y a través de sus hojas se veían las cimas nevadas. Trepado a una escalera apoyada en el tronco, armado de una vara, mi padre sacudía las ramas con vigor. Me llamaba para que trajera la canasta y juntara las nueces. Hombre extraño, mi padre. Murió cuando yo tenía dieciocho años, y jamás lo vi reír. En una oportunidad me pareció oírlo llorar a través de una puerta. Fue después de una paliza que le dieron tres fascistas. Pero no estuve segura de que lloraba realmente.

         No reía, hablaba poco. Quizá por eso la imagen que siempre vuelve es la cierta noche de tormenta en que por única vez mi padre se mostró comunicativo con mi hermano y conmigo.

         La empresa donde trabajaba lo había designado para una instalación de cañerías en el castillo de la Isola Bella, en la mitad del lago. Iba y venía todos los días en el trasbordador. Regresaba a casa alrededor de las diez. Una noche no apareció a la hora acostumbrada. Se hicieron las once, las doce. Nos preguntábamos qué podría haberle pasado y decidimos esperarlo levantados. Yo había quitado y vuelto a poner la olla sobre el fuego varias veces. Llovía y oíamos el viento ulular entre los árboles. No hablábamos casi, permanecíamos sentados, a la luz de la vela, escuchando. Cada tanto mi hermano salía, cruzaba el patio corriendo y se asomaba a la cuesta. Volvía y me informaba:

         -No se ve nada.

         Pregunté:

         -¿Y si no viene?

         Echó otro leño a la estufa y no me contestó. La tormenta empeoraba. Hubo un gran ruido afuera. Carlo, cauteloso, abrió la puerta, se asomó y me dijo que acababa de quebrarse y caer una rama del peral. Siguió pasando el tiempo. Yo me distraía con la vela, acercaba la cara lo más posible, espiaba dentro de la llama, veía cómo se consumía el pabilo y la cera se derretía y luego se endurecía al deslizarse. Era un juego que solía practicar y podía pasarme horas encandilada por aquella danza y aquel Trabajo del fuego. Más de una vez me había quemado el pelo por acercarme demasiado. Mirando el fuego no necesitaba pensar.

         Ya eran más de las dos cuando se abrió la puerta y apareció mi padre. Me impresionaron la palidez y la expresión de su cara. Nos saludó, se quitó la capa empapada, el sombrero, fue a cambiarse y después se sentó a comer su plato de sopa. Nos sentamos frente a él y no hicimos preguntas. Pese al silencio, a medida que pasaban los minutos, yo presentía que aquella noche tenía un peso diferente, como si en esa especie de distancia que nos separaba siempre se hubiese establecido una tregua. Observaba sus gestos lentos y no me inhibía mirarlo de frente. Recuerdo la gravedad de  mi padre, el subir y el bajar de la cuchara, el titilar de la vela y aquel clima cargado.

         Después, como si hablara a un auditorio distante y hundido en la oscuridad, contó que se había demorado más que de costumbre para no dejar inconcluso un tramo de instalación y había perdido el trasbordador. Podía haberse quedado a dormir en la isla ya que le habían ofrecido una cama, pero pensó que estábamos solos y que nos alarmaríamos al ver que no regresaba. Así que decidió alquilar un bote. Amenazaba tormenta y el botero se negó a llevarlo argumentando que era peligroso tratar de cruzar en esas condiciones. Mi padre insistió e insistió, le habló de nosotros y logró convencerlo. El botero miró el cielo, miró el lago y dijo:

         -Vamos, tal vez nos dé tiempo.

         Mi padre relataba muy lentamente, deteniéndose en los detalles, como si estuviese reviviendo la experiencia, como si estuviese rescatando trabajosamente aquellos hechos desde un tiempo lejano y le pesara un dolor. También yo lo escuchaba como si esas cosas vinieran del pasado y una voz las recordara en esa noche de tormenta igual que se cuenta una historia de terror para aumentar el placer de la tibieza del fuego y la seguridad de la puerta cerrada.

         En el trayecto hacia la orilla un compañero del botero los interceptó para preguntarles si irían al lago, y al recibir una respuesta afirmativa sacudió la cabeza en señal de desaprobación. Se quedó parado en medio del camino, mirándolos alejarse, y después les gritó:

         -No vayan. Esta noche el lago está envenenado.

         Cuando llegaron abajo el cielo ya estaba lleno de relámpagos y el bote temblaba en el oleaje de la caleta. Un farol colgado de un poste oscilaba sacudido por el viento, y la luz barría el muelle y el agua. Más allá no había más que oscuridad y daba la sensación de que uno fuese a meterse en una cueva sin fondo. El botero, detenido bajo aquella luz, preguntó:

         -¿Todavía quiere ir?    

         Mi padre contestó que sí. Bajaron los escalones de piedra y se acomodaron en el bote. Se alejaron rápidamente de la isla y un rato después se desató la tormenta. En cuestión de segundos el lago se convirtió en un infierno: lluvia, viento, olas enormes. El farol que llevaban en la proa se apagó o fue arrebatado por el agua. El bote se elevaba y después caía y todo el tiempo amenazaba darse vuelta. Ya era imposible dirigirlo. Desde la oscuridad desgarrada por los relámpagos, mi padre veía surgir y desaparecer frente a él la empecinada figura del botero aferrado siempre a los remos. Tuvo la certeza de que ese hombre y él morirían juntos. Pero no sintió miedo. Todo el tiempo tenía nuestras imágenes delante de los ojos y su gran pena era saber que no volvería a vernos.

         El bote seguía aguantando milagrosamente y en algún momento mi padre vislumbró, lejos, un destello luminoso que, supuso, debía ser el faro de la costa.

         Pero era como algo lejano e inalcanzable, una imagen de sueño o una esperanza fuera de toda posibilidad. Mantuvo los ojos fijos en esa señal y la siguió buscando cuando se le perdía. Y poco a poco aquella luz se hizo más nítida y estuvo ahí nomás, sobre ellos, a la distancia de una pedrada. La pericia de aquel botero no sólo había mantenido el bote a flote, sino que había encontrado el camino. Lograron entrar en el pequeño puerto y saltaron a tierra. Amarraron el bote y después caminaron juntos un trecho, siempre bajo la lluvia y acosados por el viento. Cuando llegó el momento de separarse, mi padre buscó palabras para expresar su agradecimiento, pero no las encontró, así que tendió la mano y mientras estrechaba la del botero volvió a pensar en nosotros y hubiese deseado que aquel hombre sintiese todo lo que estaba tratando de manifestar con aquel gesto. El botero, por su parte, solamente habló para decir:

         -Buenas noches.

         Yo estaba conmocionada por aquel relato. Quieta en mi lugar, pendiente de los labios de mi padre, pensaba en el lago que conocía, manso, liso, con sus colores densos y cambiantes, reflejando las montañas en los días de buen tiempo. O el lago neblinoso de los días de lluvia y también el increíble lago bajo la fiesta de las nevadas. Recordaba las noticias sobre accidentes, botes destrozados, nadadores desaparecidos. Y la tradicional prohibición de ir a bañarse para Santa Anna, porque ese día siempre se ahogaba alguien. Y el estribillo que cantábamos:

 

Santa Anna

quiere tres

en su fontana

 

         Pensaba en el lago y dejaba que fluyeran las imágenes. Ahora había una más, la que me había transmitido el relato de mi padre, e intuía que a partir de esa noche seguramente se impondría a todas las otras.

         Mi padre calló. Después se levantó y entonces supimos que había llegado la hora de acostarnos. Tardé en dormirme. Desde la tibieza de la cama daba gusto oír la lluvia y el viento arreciar afuera.

 




Antonio Dal Masetto, cap. II, OSCURAMENTE FUERTE ES LA VIDA, Ed. Planeta Biblioteca del Sur. Argentina, 1990.-



Las Familias Reales

Publicado en De Otros. el 25 de Febrero, 2006, 10:17 por scalona

Luis I

Luis II

Luis III

Luis IV

Luis V

Luis VI

Luis VII

Luis VIII

Luis IX

Luis X   (llamado el Testarudo)

Luis XI

Luis XII

Luis XIII

Luis XIV

Luis XV

Luis XVI

Luisa XVIII

y nadie más nada más...

¿Qué clase de gente es ésta

que no son capaces

de contar hasta veinte ?

*

J. Prévert,  op. cit.  p. 162

Primer Día

Publicado en De Otros. el 25 de Febrero, 2006, 10:13 por scalona

                     *

Sábanas blancas en un armario

sábanas rojas en una cama

un niño en la madre

la madre en los dolores

el padre en el corredor

el corredor en la casa

la casa en la ciudad

la ciudad en la noche

la muerte en un grito

el niño en la vida.

            *

            *

J. Prévert - op.cit. p. 187

No hay que...

Publicado en De Otros. el 25 de Febrero, 2006, 10:06 por scalona

No hay que dejar que los intelectuales jueguen

con cerillas

porque Señooores

cuando se lo deja solo

el Mundo Mental

Señooooores

no es muy brillante que digamos.

Y en cuanto está solo

trabaja arbitrariamente

erigiéndose por sí mismo

y según dicen generosamente en el honor

de los trabajadores de la construcción

un Automonumento

repitámoslo Señooooores.

Cuando se lo deja solo

el Mundo Mental

miente

monumentalmente.

***

JACQUES PRÉVERT

Paroles p. 217

Ed. Lumen

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-