"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




14 de Febrero, 2006


Querido Ernesto

Publicado en Pavadas hechas texto, el 14 de Febrero, 2006, 19:28 por Gabi Gervasoni

Querido Ernesto.


 “Querido Ernesto...” Así empezaba la carta. Ella nunca me llamaba querido, ni Ernesto; me decía “Erni” o “amor”. Esas primeras palabras me indicaron un estado de ánimo especial, incluso percibí una barrera entre nosotros. Querido es una palabra cariñosa, pero en ese contexto era distante, fría y casi burlona. Me acuerdo que pensé “me va a pasar una factura”. Me serví un café bien fuerte, encendí un cigarrillo y me dispuse a seguir leyendo la carta. Me intrigaba saber qué quería decirme esa mujer.


 “...Espero que estés bien. Digo espero porque como dejaste de llamarme y abandonaste los lugares que frecuentabas, por razones que no vienen al caso no puedo saber nada de vos...” Yo estaba bien, ya no la llamaba a su celular y había dejado de ir a los lugares donde podía verla; hasta ahí todo era correcto. Las razones por las que ella no podía saber nada de mí en realidad eran sólo una: Paula, mi mujer. Al escribir “espero que estés bien” sentí que volvía a ser Cecilia, o por lo menos la que yo conocía, siempre preocupada por mí, por no molestar, por no generarme inconvenientes. A pesar de eso, las palabras “los lugares que frecuentabas” tenían el mismo tono del “querido Ernesto”, parecían estudiadas, elegidas con cuidado. Podía haber escrito “como no nos cruzamos más”, o también “como hace un tiempo que no nos vemos”, pero no, escribió “abandonaste los lugares que frecuentabas”. Evidentemente se venía un sermón. No soy un santo, pero con Cecilia las cosas siempre estuvieron claras: nada de problemas, ni compromiso, ni rutina, ni reproches. No lo planteé como las condiciones de un contrato, pero cuando se daba la ocasión yo exhalaba un “mi vida es tan complicada”, o “sabés que no puedo prometer nada”. Ella sabía cuánto podía darle y aparentemente le bastaba. 

 “...Yo estoy muy bien...”, escribió Cecilia. No puso bien, ni “benino”, como le gustaba decir cuando estaba más o menos. Estaba MUY bien. Mejor para mí, pensé, creyendo que su estado de ánimo dejaba de lado posibles reproches. ¿Debería haberla llamado para decirle que no quería verla más? En las condiciones en que nos manejamos durante seis meses lo creí innecesario; no éramos esposos, ni novios, ni nada. Éramos... ¿amantes?


 “...Sos un hombre increíble...” era la frase siguiente. Qué contundente, pensé. Ningún otro adjetivo me hubiera halagado más. A pesar de que me ha ido bien con las mujeres, debo reconocer que ninguna me dijo que fuera increíble; Cecilia fue la primera. Tendría que habérselo dicho, le hubiera gustado saber que fue la primera en algo. Sé que las comparaciones son odiosas, pero siempre sentí que Cecilia me admiraba. En cambio mi mujer es tan segura, tan exitosa, que ve en mí a un bohemio fracasado incapaz de asombrarla. Cecilia no, ella es más sencilla, más humilde. ¿Por qué no me quedé con Cecilia, entonces?  Porque le faltaba algo, que sé yo, cierta inocencia o pudor. Paula no conoció otros hombres y, por lo poco que pregunté, en la vida de Cecilia hubo varios (por no decir muchos). A mí eso me pesa, soy una persona conocida, tengo tres hijos, una trayectoria; necesito al lado una mujer como Paula. Lo demás es diversión, un poco de relax cuando me aflojo la corbata y tengo ganas de sentirme un hombre libre.


 “...Sé que no fuiste generoso conmigo, por eso no estoy tan avergonzada...” La carta comenzaba a tomar un tono que no me gustaba. ¿Avergonzada de qué?  Una mujer de treinta años, soltera, independiente, decide tener una aventura con un tipo casado al que no le da más que buenos momentos. Hay miles, no es la primera ni la última, pensé. No es mi estilo, pero en su caso la vergüenza tendría que quedar para mí, que soy el que tiene dueña. Y otra cosa: ¿no fui generoso?  Bueno, son puntos de vista. Hasta donde podía le di todo; en mi situación, se entiende. Y además jamás prometí nada que no pudiera cumplir.


 “...Vos pusiste todas las cartas sobre la mesa y yo no, Erni...” ¿Se estaba quebrando?, ¿por qué me llamaba Erni, ahora? Si, puse todas las cartas sobre la mesa: nada de problemas, ni compromiso, ni rutina, ni reproches. Paula es una buena mujer; fría, lo reconozco, pero excelente madre y una esposa casi perfecta. Si no fuera porque cuando la toco siento que me rechaza, todo sería redondo; un matrimonio normal. Tuve oportunidades de dejarla, de volver a mi departamento de soltero y dedicarme un poco más al placer y a los vicios. No sé que pasó, no me animé a dejar la casa en Funes, el auto, el campo en Marcos Juárez. En definitiva seguí siempre igual, con una vida adentro y otra afuera de mi casa. Y ojo que no es fácil, requiere estrategia, planificación; es agotador tener amantes. La vez que más cerca estuve de irme fue hace tres años, cuando conocí a una mujer mayor que yo. Livia se llamaba. ¿Qué será de su vida ahora?


 “...Por suerte tomaste la decisión que a mí me costaba tanto. Estoy segura de que lo hiciste por vos, no por mí, pero te lo agradezco...” ¿Querrá matarse, esta mina?, pensé. Lo único que me falta, otra amenazándome con eso. Hace poco vi una película, “Revelaciones”. Me dejó helado. ¿Y si se mata en la puerta de mi casa, delante de mis hijos, de Paula?  Me lo merezco por pelotudo, pobre mina. Tendría que haberla llamado y decirle que se terminó, era fácil, si no había mucho que explicar. Pero me dio lástima dejarla definitivamente; una chica sola, grande, sin familia, sin proyectos. Alguna vez me comentó sus deseos de formar una familia. Yo ya tenía una, así que me hice el boludo y cambié de tema. Además, ya lo dije, no sé si era la mujer indicada para formalizar... tan independiente, tan moderna.


 “...Creo que no podría haber privado a mi cuerpo de conocerte...” No podría haber privado a mi cuerpo de conocerte, decía. Y no se lo puedo contar a nadie, Dios mío. ¿Qué se dice en estos casos?: gracias, igualmente... Si, corazón, hubiera sido una lástima... Lo nuestro fue abrupto, fulminante. La conocí y estuve dos semanas pensando en cómo hacer para estar con ella, solos. Creo que ni siquiera la escuchaba hablar, lo único que quería era sacarle la ropa y verla desnuda. Fueron dos semanas de impaciencia, de agobio; pero todo salió como yo pensaba y a los quince días le conocí los lunares, los dedos de los pies, la espalda; todo.


 “...Pero lo que podés darme ya no me interesa. Qué sé yo, será la madurez, o será algo que no puedo entender, pero...”  Mirá que bien, en la cancha se ven los pingos. Es como todas, te quieren hacen entrar y cuando ven que no caés se hacen las interesantes. Todas quieren más, todas quieren casarse, tener hijos y morirse con uno, rodeadas de nietos. Yo pensé que estaba todo claro, pero no, parece que a la señorita no le bastaba. Me lo hubiera dicho y la cortábamos antes; yo no quiero líos. Madurez le dice ella al correteo del reloj biológico sobre sus sienes, a la desesperación por agarrar a un gil y casarlo. Tal como me lo imaginaba desde que leí “Querido Ernesto”, la carta era para pasar factura y hacerme sentir un desgraciado. Pero no lo va a conseguir, ¿quién se cree que es?


“...voy a volver con mi marido, ¿sabés?  Espero que lo entiendas y no sufras por mí...” Me desmanteló la estantería la mina. ¿Qué marido? ¿No era soltera, independiente y moderna?  Si, yo me imaginaba, yo percibía que no era una mina bien. Si tenía marido quiere decir que también ella fue infiel y ahora me caía la ficha sobre su vergüenza. ¿Por qué no me lo dijo antes?  Lo del reloj biológico sigue en pie, aunque ya tenga un gil al lado me imagino que debe ser para tener hijos, para que la mantenga y de paso poder arruinarle la vida a él como me la jodió Paula a mí. ¿Y por qué conmigo no?, ¿qué tengo? Su falta de pudor, su entrega tan generosa a las dos semanas de conocernos no hablaban bien de ella, pero como yo no la quería para otra cosa...


“...A tu edad deberías ir pensando en asentarte un poco, disfrutar la familia que formaste y dejar de andar por ahí buscando lo que tenés en tu casa...”A tu edad” le llama ella a mis cuarenta y tres años. Soy un pibe, ¿o no se acuerda su cuerpo, el que no podía haberse privado de conocerme, que soy un pibe? Qué frágil la memoria de las minas, por Dios... Menos mal que no me enganché con ésta, resultó ser más turra que Paula. A mi edad hago lo que se me canta, con quien se me canta y disfruto lo que se me antoja. Cuarenta y tres años tengo, soy un pibe...¿no?


 “... Fue todo muy lindo, me quedan buenos recuerdos. Aunque (lo sabrás bien) la culpa de haber herido al hombre que más quiero haga todo menos luminoso...” No se le notaba que lo quería tanto, si el hombre que más quiere es el marido. Gracias, Cecilia, muy lindo balance. ¿Cómo cabe todo ese arrepentimiento y semejante dolor en un cuerpito de cincuenta kilos?  Más que lindo estuvo bueno; está bueno que te digan que sí a todo y que no pregunten nada. Esto me hace acordar a otra película, la de Oliverio Girondo, con Grandinetti, ¿cómo se llamaba? ...

 “... Te pido que no me busques, no estoy en condiciones de enfrentarte. Trato de empezar una vida nueva y lamentablemente no tenés lugar en ella...” Ni loco te busco, Cecilia. Sos un problema en potencia, querida. Me quedo piola, con mis cuarenta y tres años, mi mujer, mis tres hijos y cualquier otra que, como vos, me haga olvidar mis cuarenta y tres años, mi mujer, mis tres hijos... Mujeres como Cecilia hay por todas partes. Lástima esas tetas que tiene...


 “...Por último quiero rogarte, suplicarte, que no me juzgues, aunque no estás en condiciones de criticar lo mismo que hacés. Si no fuera por tu soberbia, por tu egocentrismo, quizás te habrías dado cuenta vos sólo de mi situación. Pero reconozco que estar con vos era un paso que tenía que dar y no me arrepiento (a pesar de la culpa). No te sientas usado, porque no fue así. Me di cuenta de que siempre tuviste miedo de que me enamorara, perdoname por no haberte dicho antes que enamorada ya estoy, pero de otro… Buena suerte. C.” Está bien, mejor así, querida Cecilia. Mujeres como ésta hay por todas partes. Lástima esas tetas que tiene...

 
 

En noches frías pero sin viento

Publicado en Cuentos el 14 de Febrero, 2006, 19:22 por Gabi Gervasoni

En noches frías pero sin viento.


 El día que Juana me dejó es un día inolvidable para mí. Había sido una tarde de invierno sin viento, fría pero luminosa. La noche apareció bruscamente, como robándose horas quién sabe para qué secreto propósito. Todavía recuerdo el frío en la cara, el calor de los guantes en las manos y el olor a sopa caliente que inundaba nuestra casa vacía.
 Fue extraño no encontrarla, pero imaginé que había tenido algo urgente que hacer. Sin tener a quien llamar, tras cuatro horas de espera, salí a buscarla en mi auto. A tientas, sin itinerario, sin idea de los lugares a los que iba, sin saber qué hacía de su vida esa mujer que durante años me había acompañado en la mía. Es difícil encontrar a alguien que uno no sabe bien a dónde quiere ir.
 Volví a casa intranquilo y triste. Entré al dormitorio a recostarme un rato y fue allí donde tomé conciencia de la soledad en la que me había dejado (dolosamente) mi mujer. Una extensa carta con puras evasivas me esperaba sobre la mesa de luz. Ni una pista del por qué, solamente un “te quise mucho” al final.
 Pasaron diez años desde aquella noche y me siguen desvelando miles de preguntas que Juana quiso dejarme clavadas para siempre. La busqué durante años, pero fue como si se la hubiera tragado la tierra. Sé perfectamente que no la busco por ella, la busco por mí. Y en noches de invierno frías pero sin viento, cuando me siento a tomar un plato de sopa caliente –como hoy- vuelvo a recordar la noche aquella en que Juana me dejó para siempre.
 

..mi San Valentín..............

Publicado en Poemitas. el 14 de Febrero, 2006, 17:16 por scalona

Entonces

vivíamos a dos manzanas

uno del otro.

 

Sonará cursi

pero el recorrido

era siempre redondo.

 

Una calesita.

el San Valentín de..... CARVER

Publicado en De Otros. el 14 de Febrero, 2006, 16:42 por scalona

COLIBRÍ

 

Para Tess

 

Vamos a suponer que digo verano,

Escribo la palabra “colibrí”,

La meto en un sobre,

Y la llevo colina abajo

Hasta el buzón. Cuando abras

Mi carta recordarás

Aquellos días y cuánto,

Cuantísimo, te quiero.

 

                                                              Raymond Carver

Nota:     supongo que recuerdan en qué momento de su vida, Raymond

escribió esto a su mujer, la enorme TESS GALLAGHER

Un SIMEONI, por SAN VALENTÍN

Publicado en De Otros. el 14 de Febrero, 2006, 13:41 por scalona

El otro lado de los monitores.

                                   

 

Alebaila y se armonizan los teros merecidos del vino. El plasma se reduce a la consonancia de una hebra pretérita, los protocolos de una ventana que domina la mirada y no ve. Yo siempre la esperaba despierto, como si la única diferencia fuese la horaria. Quería que me invite a pasear la lengua por los refugios deshabitados del paladar, que me invite a verla. Son los resabios de un teatro desavenido y la conicidad de la escena postergada por la finitud de este espacio. Desde cerca somos vidrio, tal vez voz. Los huesitos de Nietzsche

desmenuzados en el humus por las lombrices inmunes. Los paisajes que Kant nunca imaginó. Desde lejos somos añico, tal vez eco. La razón de una película arisca, adaptada a la bastedad del ojo. La inercia paralizada del efecto narcótico privada del afecto cromático a los camuflajes de un mar inasible. Desde acá somos movimiento.

Alebaila como ausente en los peldaños del deseo. La pulcritud del hombre invisible o sus gestos, la pericia de la lámpara que incauta oscuridades. El historial conserva al menos unas palabras aunque la imagen perdida de los precipicios no se recupera. Si la barra espaciadora respira, no habrá interludios en la noche, los controladores de esta estática ahuyentan la propiedad eficaz de la levitación. Y una función descarnada descansa en el ombligo anquilosado del cristal. ¿Habrá que comer alfalfa entonces? ¿Habrá que sacudir los mitos del moho? ¿Serán menos los normalitos que frecuenten las plazas dibujadas desde lejos con la mano de una estación invertebrada? ¿Vendrán los pájaros que le faltan al verde a picotearnos los pies entumecidos?

Alebaila y alguien puede reconocerla desde el borde flagelado de las mariposas, como un salto grande al vacío, al vicio de ser crisálida. Hay un aleteo constante en el danzar ciego del bandoneón. Pero ella baila trepando las fisuras del cactus, moviendo los andamiajes de los monumentos, precisando la inclinación del cuerpo desde los prototipos de un hada que busca la secreción de un paso tras otro. Baila en cuclillas, baila más allá de las latitudes, baila en su alfombra, baila en la risita congruente de los arcanos. Ella baila descalza en su pelo recogido, mi decir enmarañado. Los crisoles sumergidos en las comarcas hamacadas de los parados también respiran el fragor de los simulacros.

Alebaila desde las comisuras talladas del vientre. Desde las líneas periféricas del miedo. Desde la unción. Habrá que guiñar el invierno antes de los besos congelados. Habrá que mencionar una frase más con los pinceles rústicos, redimidos del mundo y eso que no mencionamos. Serán más las ruedas presas de un giro vecino las que detengan la culminación de los amaneceres aunque mientan. Vendrán los colibríes confundidos en el recuerdo de una bandada formal, retraída a los preceptos del cielo muerto, a iniciar el bramido de la cárcel primal.

Alebaila con las ciénagas fervorosas de los bosques, la silueta despojada de una calle abierta, sin fin. Castiga el momento silente, lo inefable. Mece la piedra erosionada de los recovecos. Recrea la luz de las espaldas, las marca con tinta de ciruela desprendida. Convoca sueños desprevenidos y los convierte en terciopelo. Puede escuchar después de los truenos hasta mojarse las manos para salir arropada de los laberintos potenciales de la memoria.

Alebaila porque quiere levantarse, seducir cada interludio del pez desafiante al aire como inducida al viento eléctrico. La piel carcomida de los continentes mutilando las escamas de una pantalla líquida y el papel tapiz. Yo voy a volver a conectarme con la comunión de las alas. Voy a recluir los ominosos distanciamientos de cada pestaña hasta que se funda la voz en el ojo, el otro lado de los monitores.

Alebaila y afuera hay algo que poco me importa.

 

                                                            Fabricio   Simeoni

el San Valentín ...de....PAUL ELUARD

Publicado en De Otros. el 14 de Febrero, 2006, 13:35 por scalona

 

V

Más era un beso
Menos las manos en los ojos
El halo de la luz
En los labios del horizonte
Y unos remolinos de sangre
Que se entregaban al silencio.

XI

Ella no sabe tender lazos
Tiene los ojos en su belleza
Tan simple tan simple es seducir
Y son sus ojos quienes la encadenan
Y es sobre mí en quien se apoya
Y es sobre ella sobre quien se arroja
La red voladora de las caricias.

                                           XIV

                                           Mi sueño ha apresado la huella
                                           y el color de tus ojos.

XV

Se inclina sobre mí
Corazón ignorante
Para ver si la amo
Confía olvida
Bajo las nubes de sus párpados
Su cabeza se duerme en mis manos
Donde estamos
Juntos inseparables
Vivientes vivos
Vivientes viviendo
Y mi cabeza rueda en sus sueños.

 

          PAUL  ELUARD,  Francia, 1895-1952, considerado el más fino de los poetas surrealistas de la generación fundadora, junto a Louis Aragón y André Bretón. 

 

 

 

 

Grageas de AGUIRRE por San Valentín

Publicado en De Otros. el 14 de Febrero, 2006, 13:23 por scalona

 

La jurisprudencia acumulada por las heridas, la imagen del mundo construida con la memoria de una continua decepción, la torpeza de la saciedad en el epílogo, todas las apariencias de la consumación se borran y se anulan en el esplendor de ese deseo que arrastra consigo, el asombro, el origen y la felicidad del universo y que ella, continuamente, se complace en inspirarme.

Creo, que como la cigarra, sólo puede vivir en medio del incendio que suscita.
 
El mundo-monstruo se transforma de pronto en el mundo-doncella, la escritura desesperada en escritura maravillada. Estos cambios, nos hechizan. 
 
Ella dibuja un rostro sobre un rostro sin fin.


Llega el tiempo de la proeza infatigable frente a tus ojos sin sueño que ningún diamante puede cerrar.

 

                      RAÚL    GUSTAVO    AGUIRRE    

                                Alguna Memoria


 

 

 


 
 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-