"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




El escritor que presiente la escarcha

Publicado en General el 31 de Enero, 2006, 19:03 por Roberto Vince
Orlando Barone
Puerto Libre

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Gabriel García Márquez se está volviendo sabio antes que viejo.

No cierra por melancolía, como cerró Isidoro Blaisten su librería de San Juan y Boedo; tampoco por falta de demanda: cierra por falta de inspiración. De ganas. Dice que se nota cuando un escritor escribe "sin las tripas". Y tiene razón: él lo hizo, la mayoría lo hace y a nadie le importa.

También los lectores se van acostumbrando a leer sin las entrañas. Nos vamos acostumbrando a amar sin apostarlo todo. Creemos en las cajas de seguridad sin pensar que hay túneles por donde lo que guardamos se escapa sin haberlo gozado.

Hoy sobran los escritores orgásmicos de producción seriada: sus escritorios son plantas de montaje gerenciadas por especialistas de marketing. Son ricos y también olvidables.

Hay cada vez más prêt à porter y menos alta costura. Más fast food que comida auténtica. Y más hambre que comensales gourmets, pero esto es otra cosa. Este es un mundo que privilegia el cloro productivo a la contemplación del río todavía vivo. Pero al tribunal de La Haya no lo paga ni mantiene el paisaje, sino el producto.

La angurria del mercado ha superado cualquier expectativa de Gutemberg hace más de cinco siglos. Se consume hasta la comida pasada y sin gusto, y plagiada: nuevo género en que escritores argentinos compiten con algunos del primer mundo. El público no los condena; los concursos los premian. En los anuncios y en las góndolas todos son libros.

García Márquez duda sobre si seguir escribiendo. Y cierra Macondo. Ya estaba anticipando la liquidación con Memoria de mis putas tristes. El relato puede ser su propia metáfora literaria: la de un amante en el ocaso que se obliga a creer que ama como antes. Iluso. Del amor aquel nadie vuelve: el empeño es tristemente inútil. En su soledad, desoyendo los ecos del éxito, se debe de haber dado cuenta de que había cometido un orgasmo mínimo; una copulación acrobática. Y que en ese libro ni siquiera había logrado sentir el eros ebrio e indisciplinado. No importa lo que diga El Papa. Un escritor es un ebrio o no es nada. Si no comete pecado cuando escribe, es como un muerto helado. Hemingway se mató cuando al tomar el lápiz con el que escribía sintió crujir en la mano la escarcha. Hay grandes viejos a quienes sus herederos les calientan los dedos para que sigan escribiendo en agonía y los hacen publicar libros de témpano de agua destilada.

Las librerías y las ferias de libros están colmadas de ficciones cuyos autores tienen temperatura de Antártida. Tal vez habría que pensar si la computadora e Internet tan ardorosamente usadas no llevan, sin decírselo al usuario, la contraindicación del escarchamiento por abuso. También la fama, si es abuso, hiela al genio más caliente. La lista de best sellers es una red cazalectores que acaba cazando a los autores. Estos corren más riesgos que aquéllos.

García Márquez se da cuenta del peligro. Ya escaló su Himalaya. Creó su mundo. Bailó con la más linda. Vivió una vida literaria.

Para qué salir a vender novelitas de oferta. Si hay demanda de su nombre, que se arreglen con lo que ya tiene escrito. Serán unas diez mil páginas. Juan Rulfo, astuto, no debe de haber escrito más de quinientas. Y es difícil encontrar un indicio de que escribió algo sin tripas. Las páginas de Borges, si no le inventaran tantas post mortem, no deben de pasar de dos mil.

Si se insiste con la producción indiscriminada llegará el día en que en el género ficción serán más auténticos los discursos políticos y los anuncios de los noticieros que las novelas escritas por escritores rentados ya incompetentes. Exprimidos con doble secado, incapaces de hacer verosímil lo inverosímil. Nada hay peor que un mentiroso sin poder de convencimiento.

A lo que me ha llevado la confesión de García Márquez. A revelar mi rencor de escritor helado. Pero no ejerzo. Cerré mi kiosco en la mitad de un cuento frío cuando me di cuenta de que no me dolía nada. Pero él no responde al promedio. Si quiere vuelve.

Por Orlando Barone

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-