"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




8 de Diciembre, 2005


Que lo parió!!

Publicado en General el 8 de Diciembre, 2005, 18:34 por dvaldez

Maripau, la categoría en que incluí mi cuento está equivocada. Te juro que lo puse en "cuentos" pero seguro que mi mouse me defraudó y quedó en "poemitas"

¿Se puede cambiar?

Besitos...

Un palíndromo para Omar

Publicado en General el 8 de Diciembre, 2005, 18:31 por tomasboasso

Este palíndromo está dedicado a Omar Maya:

SONÓ MAYA...VAYAMONOS  

Es largo, léanlo con tiempo....

Publicado en Cuentos el 8 de Diciembre, 2005, 18:27 por dvaldez

Hola chicos/as. Les dejo un cuento un poquito largo para leer, pero que a mí me gustó mucho escribir. Al principio fue un intento de parodia, respondiendo a la consigna de Marce, pero cuando iba por la mitad me dí cuenta que era otra cosa...

Disfruten lo que queda del feriado. Los quiero mucho.

LA COLINA

El obús me estalló cerca. La onda expansiva me tumbó boca abajo y el casco se me clavó hondo en la frente, haciéndome brotar un hilo de sangre. Una sordera histérica me cerró el fragor de la batalla. Cuando la vista se me aclaró, noté que entre mis dedos aferraba un terrón de tierra y raíces secas que ya se deshacía en un montoncito informe. Me levanté como pude y recogí el fusil. Miré hacia atrás y divisé el cráter de la explosión. Había caído justo sobre la ametralladora de uno de nuestros flancos, la que en esos instantes se encargaba de cubrir el avance de la división petirrojos de nuestro Ejército de Liberación De Las Duras Manos Capitalistas. Lo que quedaba del arma – un caño retorcido y negro – yacía mezclado con las cintas de proyectiles, cajas de balas abolladas y una bota, extrañamente sin cordones, que enseguida reconocí como la del cabo Morales. La EME pintada en el taco se destacaba claramente. Nuestro querido cabo Morales era fanático de los campamentos y desde chico había conservado la costumbre de marcar sus pertenencias con las iniciales de su nombre. Pobre Morales, venir a tocarle justo a él, cuando a una treintena de pasos fatigaba un mortero el asqueroso de Rosales. A él sí que le hubiera sentado bien recibir semejante regalito. No hay justicia en este mundo, pensé en ese instante de calma que va desde una andanada de metralla a la otra. Agaché la cabeza justo a tiempo para evitar la que me tocaba a mí y el vozarrón del Teniente Garisto finalmente me volvió a la realidad. Ya había recobrado la audición, aunque no pude entender cabalmente lo que el teniente vociferaba, enterrado hasta los hombros en su pozo de zorro. Por las dudas, levanté mi fusil y vacié un cargador entero en la nebulosa nada que tenía enfrente.

La batalla ya llevaba dos días de intensos combates y estaba lejos de concluir. Al frente ellos, los innombrables enemigos, fortificados en una colina pelada rodeada de tocones arrasados por la metralla y los obuses. Cuidaban ferozmente los restos de una mansión estilo colonial, de la que solo quedaban dos paredes ennegrecidas y un aljibe, misteriosamente intacto en el centro de una antigua explosión. Con la ventaja de una posición fácilmente defendible, provistos constantemente por su bien adiestrada aviación, nos hostigaban duramente. Y lo único que podíamos hacer era profundizar aún más nuestras trincheras y rezar para que un golpe de suerte nos diera algún tipo de ventaja decisiva.

Trabajábamos duramente y sin pausa. Le lanzábamos todo lo que teníamos una y otra vez, pero nuestros esfuerzos parecían inútiles. Ellos, en cambio, acertaban todo lo que nos llegaba. La puntería era mortífera, especialmente la de los cazas. Bombardeaban con precisión de cirujano y nuestras fuerzas disminuían en forma alarmante a medida que pasaban las horas. Los pedidos de refuerzos se multiplicaban desesperados en el puesto de comando y la estática era la única respuesta que obteníamos. A veces la intensidad del ataque enemigo disminuía un poco y el campo de batalla se teñía lentamente de la particular atmósfera de la tierra arrasada. Era un verdadero descanso sentir el suave tableteo lejano y el repique de las balas zumbonas levantando la tierra gris a nuestro alrededor. Pero al poco tiempo volvían las sacudidas y los gritos de horror. La adrenalina y el miedo mezclados a la bartola. Y todo se resumía en matar o ser muerto. El instinto en acción, sin matices ni medias tintas.

Un vehículo blindado de transporte de tropas se abrió paso esquivando a duras penas el fuego enemigo. Venía de nuestras líneas, varios kilómetros hacia el sur. Un obús antitanque le rozó un costado y dando tumbos se clavó de lleno en una de las trincheras más lejanas. Las escotillas se abrieron y vi saltar a varios hombres del interior antes que el vehículo fuera totalmente destrozado por otro proyectil con mejor puntería. Los hombres del blindado se arrastraron como pudieron y se lanzaron de cabeza en el puesto de comando. Yo ocupaba un puesto de vigía, que lindaba con el de comando separado por una pared de bolsas de arena. Pude ver fácilmente que quien entraba cubierto de polvo y sudor, jadeando desmañadamente era el Capitán Carrasco, un sargento y dos soldados – conductor y artillero del vehículo, supuse-. Carrasco discutía acaloradamente con Garisto y le mostraba, aunque mejor serìa decir que le refregaba en la cara una foto de reconocimiento aéreo. Me acerqué un poco más, alentado por la curiosidad y para oír mejor.

-Es usted muy estúpido Garisto- rezongaba carrasco- ¡ha permitido que la situación se le vaya de las manos! Tuve que arriesgar mi vida para venir a decírselo en persona. El enemigo ha utilizado algún tipo de interferencia y por el momento estamos incomunicados. ¡ Y esto es desastroso! Garisto, ¡ Ponga manos a la obra y arregle todo inmediatamente! ¡No toleraré otro error! El teniente se cuadró y comenzó a ladrar órdenes frenéticamente. Cabos y sargentos volaron presurosos por los pasillos y una cacofonía ininteligible de gritos inundó el aire, casi tan fuerte como las explosiones que nos rodeaban. De entre aquel ruido alienante se desprendió claramente el chasquido seco de un francotirador. El disparo certero le voló la mandíbula al capitán Carrasco. El desastre de carne y sangre hecha girones me hizo recordar vívidamente los momentos previos al ataque. Seiscientos veinte hombres fuertemente armados y bien pertrechados. Catorce tanques, seis tanquetas y tres cañones autopropulsados pisando la gramilla reseca, resueltos a llevarse una colina por delante, a sangre y fuego. Y un segundo después, como si se tratara de un montaje de película, los tanques volando por el aire, los lamentos, el caos y los hongos rojos de muerte multiplicándose por docenas. Fatalmente sorprendidos se nos dio la orden de protegernos en trincheras. Frenéticos, cavamos nuestros pozos de salvación lo más rápido que pudimos. Lo que nadie notó en esos momentos fatales fue que, dado el intenso ataque al que nos veíamos sometidos, el instinto de conservación hizo que nuestras líneas fueran cavando inadvertidamente en arco, alejándose cada vez más del mortífero muro de balas. El resultado de nuestra fallida fortificación se reflejaba en la foto aérea. El enemigo no era más diestro en el arte de la puntería que nosotros. Simplemente les resultaba fácil apuntar al desmañado ramillete de círculos concéntricos en el que, a modo de blanco para dardos, se había transformado nuestro refugio. Antes que me llegara la orden, ya había tomado mi pala y empezado a cavar en diagonal a la invisible pared curva que me protegía.

Varias horas después, cansados y hambrientos, nos recostábamos temblorosos en el suelo de tierra apisonada. Algunos miramos al cielo, implorando unos pocos minutos de calma. De la mano de extrañas detonaciones y silbidos comenzaron a caer a nuestro alrededor bultos pardos que se clavaban en la tierra aquí o allá con unas siniestras púas. Donde la superficie era metálica, se adherían como imanes. Los bultos se quedaban ahí y al principio no hacían nada. Espanto se apareció de repente y con un valor que no le conocíamos nos hizo señas tranquilizadoras y nos indicó que nos quedáramos quietos, haciéndonos entender que se haría cargo del asunto. Espanto de llamaba Jiménez, pero padecía de sistitis y los harapos de tela podrida que le cubrían débilmente las piernas y el olor apestoso que emanaba de él, a fuerza de mearse constantemente los pantalones de combate, le habían granjeado aquel pintoresco mote. Espanto se acercó lentamente al artefacto y más o menos a un metro de distancia estalló violentamente. No la bomba, claro. Espanto estalló hacia todos lados, repartiendo en el trayecto pedazos de sí mismo, cegándome con su sangre hirviente. Un pedazo de su oreja, creo, se me metió de un solo golpe en el bolsillo delantero de la chaquetilla. Sentí como el calor de aquella carne chamuscada comenzaba a quemarme la tetilla izquierda y me lo saqué de un tirón, arrojándolo al suelo, todavía humeante.

-         ¡Es una bomba inteligente! Nos advirtió Gómez, el armero de la compañía mientras levantaba los brazos agitándolos para que todos le prestaran atención. Una bala perdida le arrancó el índice y el pulgar de la mano derecha, dejándolo mudo de repente y con la mano entre las piernas. Un médico corrió hacia él y poniendo rodilla en tierra comenzó a vendarlo lentamente.

Conocíamos las Freidoras desde época de la instrucción. Que yo supiera, era la primera vez que el enemigo las usaba en la guerra. Nadie sabía cómo funcionaban y verlas en acción era realmente impresionante. Nosotros no teníamos nada ni remotamente parecido. Bombas inteligentes pasivas, que se quedaban dormidas hasta que detectaban la presencia del enemigo. Entonces descargaban un potentísimo haz de microondas que elevaba la temperatura del cuerpo cientos o quizás miles de grados en un microsegundo, con el resultado que bien podría atestiguar espanto si le quedara boca para hacerlo. Estábamos jodidos. No podíamos movernos, no podíamos correr. La desesperación comenzó a calar hondo en nuestras filas.

Pasamos así varias horas, sin que nadie atinara a reaccionar, dominados por el horror. Por el rabillo del ojo alcancé a ver una figura que se movía lentamente. Avanzaba con cautela y cuando vi que se aproximaba sin explotar me ganó la curiosidad. Estuve a punto de dispararle, pues descubrí que era un sargento enemigo, pavoneándose con desparpajo entre nuestras filas. Pero la ilusión duró poco. Nadie en nuestra compañía podría confundir al colorado Rossi con el enemigo. El uniforme le quedaba chico (el era ancho de espaldas) y contrastaba abiertamente con el furioso carmesí de sus cabellos y cejas y las patillas, que como regueros de sangre, morían donde se le curvaba la mandíbula. Se aproximó con confianza a una freídora más negra que la muerte y la tocó con cuidado. Nada pasó. El colo, disfrazándose de enemigo, había logrado burlar nuestro  siniestro destino, haciendo que la bomba lo reconociera como amigo. Dando vítores, con el alma renovada de esperanza, diseñamos con la vista tortuosos caminos y nos arrastramos hacia el frente de combate a desvestir cadáveres.

Por la tarde la distensión remarcaba nuestros pasos. Allá en la colina nuestros antagonistas se estarían rompiendo la cabeza tratando de descifrar por qué no volábamos en pedazos y el silencio era una marca indeleble que bañaba todo el páramo. Algunos de mis compañeros se las habían ingeniado con los trastos negros, ahora impotentes, y mostrándoles fugazmente una insignia de nuestros uniformes o una placa de identificación, aprovechaban el calor para preparase el rancho. Los más osados jugaban un picado en el sector de trincheras más profundas, cuidándose de no acertarle una patada a las púas. Nuestra moral estaba tan alta que ya ni prestábamos atención al constante bombardeo que se desató en el crepúsculo, señal clara de la impotencia que imperaba en la colina.

La desgracia llegó con el amanecer. Incomunicados como estábamos, la información vital que nuestros jefes necesitaban no estaba llegando como debía al cuartel general. Un ronroneo apagado nos hizo levantar la vista. Una fina línea de vapor destacaba en el cielo uno de nuestros aviones de reconocimiento. Una hora después, nuesta propia aviación arrasó con bombas incendiarias todo el frente de batalla. La colina, la tierra de nadie y las trincheras se rindieron ante el inmenso colchón rojo de NAPALM que lo cubrió todo. Nuestros falsos uniformes les habían dado la idea de que finalmente la colina nos había invadido. Sólo logramos sobrevivir los cincuenta soldados que alcanzamos a tirarnos de cabeza y apretujadamente en el pozo de la radio. Entre ellos estaba el Teniente Garisto, que con ojos enrojecidos y llorosos gritaba ¡mierda! ¡mierda! sin parar. Lo calmé con un fuerte cross de derecha y se derrumbó como un muñeco, arrastrando consigo la radio inservible. El humo acre se colaba por todos lados. Nos costaba respirar y cuando no aguantamos más, asomamos las cabezas congestionadas y miramos alrededor. Por entre la niebla asesina venían soldados nuestros peinando la zona. Uniformes nuevos y atildados que contrastaban con nuestros sucios andrajosy nos hacían señas amistosas, sonriendo complacidos. Se escuchaban hurras en el aire y el pesado traqueteo de unidades blindadas y camiones que aplastaba el camino que rodeaba nuestra fortificación, con rumbo al norte. Un gran ejército libertador se dirigía más allá de nuestras líneas, ignorándonos por completo. De este gran río castrense se desprendieron algunas ambulancias precedidas por el vehículo de comando del general Francisco Otario, comandante en jefe del ejército sureño, quien se apeó del jeep lleno de orgullo y nos enfrentó complacido, dándonos la mano a cada uno, riéndose de nuestra audacia y señalando con ampulosos y amplios gestos nuestros uniformes de enemigo. Sin más ceremonia ordenó que se anotaran nuestros nombres y rangos para recibir las merecidas medallas del caso. A cincuenta metros de nosotros, por el hueco de la radio se asomó en ese instante el teniente Garisto, enclenque y transfigurado, limpiándose las lágrimas que le brotaban de los ojos. Apenas vio al general, se le agrandaron los ojos y se arrancó con asco el uniforme extraño que cubría su polvorienta humanidad. Sacando pecho se dirigió orgulloso hacia nosotros. Una freidora solitaria, sobreviviente del desastre y magnetizada entre los restos de un tanque liviano lo explotó con tal precisión que a sus pies solo quedó un manchón azabache y un pulgar, que rebotó con fuerza en el casco del General y fue atrapado con destreza por un PM que lo había visto venir. Más tarde, en una sentida ceremonia, colocaron la Cruz del Mérito con una banda elástica alrededor del dedo y los enterraron con pompa y una salva de dieciséis cañonazos en el cementerio militar.

Un par de meses después y con la guerra a punto de terminarse, estrenaba mis tiras de sargento con una merecida licencia en una taberna de un pueblucho olvidado. Un vehículo con las insignias del cuartel general se detuvo con una frenada violenta, dejando una rueda encaramada a la vereda del bar. Del jeep se apeó un capitán de espaldas anchas y uniforme almidonado. Abrió de un golpe la puerta y apenas me vio reprimió con un gesto afable el saludo de rigor que intenté hacerle. Venía bastante tomado y al acercarse me rodeó alegremente los hombros e invocando reglas de camaradería me informó solemnemente que por esta noche los tragos los invitaba él. Le seguí la corriente durante las horas en que la cerveza y la ginebra rondaron por nuestra mesa. Éramos los únicos vestidos de uniforme en el lugar, ya que la mayoría de mis compañeros se hallaban más que cómodos apiñados en los prostíbulos del centro y esto, de alguna manera, acentuaba la camaradería. Charlamos del curso de la guerra y de la familia, largamente extrañada en estos años de campaña. Parecía un buen tipo y yo le notaba el brillo en los ojos cuando hablaba de su mujer y sus hijas. Ansiaba verlas y ya avizoraba el futuro, a la vista inminente del final de las hostilidades. Planeaba comprarse un perro grande y mudarse al campo apenas tuviera la oportunidad. Pensé en este buen padre de familia, arrastrado hacia la guerra. Del dolor que ello le habría provocado. Y que, dejándolo todo atrás, armado con un auténtico sentido patriótico, libró las batallas que debía librar con el suficiente sentido común de no dejarse matar para poder finalmente volver al hogar y mirar orgulloso a su querida familia con la satisfacción del deber cumplido. Varias veces lo ayudé a sentarse cuando el entusiasmo y los litros de alcohol que cargaba lo arrastraban lentamente al suelo por los pies en medio de alguna anécdota graciosa, que contaba entre risitas intoxicadas. Lo mejor, según su opinión, se lo guardó para el final. Cuando las primeras luces del día comenzaban a teñir de gris el poblado, me confesó que gracias a un golpe de suerte pronto lo ascenderían y con nuevo rango y responsabilidades podría retirarse con una excelente pensión. En la tranquilidad de su nuevo hogar campestre podría finalmente dedicarse a su verdadera pasión: coleccionar todas y cada una de las tapitas de gaseosa y cerveza de las que pudiera hacerse. No pude reprimir la curiosidad y tratando de evitar que vomitara mi uniforme nuevo le pregunté de qué se trataba aquel famoso y afortunado golpe. Con una risotada enorme, que estuvo a punto de dejarme sordo y que hizo que los pocos parroquianos que quedaban se dieran vuelta extrañados, me largó una historia que me dejó helado e impotente.

Dos meses atrás, el capitán oficiaba de ayudante del General Otario. Finalmente la guerra daba un giro favorable después de largo tiempo. El enemigo, cercado desde varios frentes, se retiraba en forma desordenada cada vez más profundamente en sus propias líneas. Encerrados en la atmósfera densa y pesada de la sala de estrategias del Cuarte General, se estudiaban mapas y movimientos decisivos. Precisos desplazamientos de tropas fueron preparados y se desplegaron mapas y gráficas computarizadas a lo largo de la ancha pared de proyección del cuarto. Contra toda lógica, el General Otario propuso el asalto a una colina de escaso valor estratégico. Dejarla atrás no impediría el paso del grueso de las fuerzas y podría luego ser tomada fácilmente, cuando quedara aislada. Sin embargo el General insistió tanto en el asalto que finalmente decidieron llevarlo a cabo. Quizás pensaron que el comandante tenía razones importantes que no debía revelar. Algún informe de inteligencia "sólo para sus ojos", tan importante, que ni siquiera en ese cuarto abovedado y a prueba de todo podría comentarse. Los antecedentes intachables del General y su firme decisión terminaron por convencerlos a todos. El capitán no pudo contener la risa histérica que le hacía brotar lágrimas de los ojos cuando me comentó que dicho informe secreto realmente existió. Era un detallado catálogo de los efectivos y pertrechos acantonados en la colina. Cuando el General lo leyó, en la intimidad de su cuarto, dos noches antes, los ojos se le agrandaron como platos y un hilillo de baba, casi imperceptible, se le escurrió por la comisura de los labios. Cuando la colina fue finalmente derrotada, por entre los escuadrones de limpieza, esquivando cadáveres, basura y municiones, un comando de las fuerzas especiales, capitaneado por el propio Otario, se había escurrido rápidamente dentro del sótano de lo que otrora fuera la impresionante mansión que coronaba la colina. Partieron sin un sonido llevando consigo siete cajas de un exquisito cabernet sauvignon cosecha del 72. El general estaba tan contento con su inapreciable botín, que luego de dejar a buen recaudo las cajas, había bajado al llano dispuesto a dar rienda suelta a su exaltación. Felicitó efusivamente a los pocos sobrevivientes que aún quedaban en pie. Dispuso medallas para todos y en un arranque de generosidad, ascensos indiscriminados para todos sus ayudantes, edecanes y soldados. Más tarde Otario le confesaría al capitán que ya se imaginaba llegando en procesión triunfal a la ciudad Capital del enemigo, degustando su exquisito vino, arrebatado de las infieles manos capitalistas, saludando aquí y allá, mientras nubes de flores arrojadas por el pueblo feliz le marcaban el paso. Un triunfo y un capricho -dijo- que el General Otario llevaba clavado como una espina desde hacía mucho tiempo.

Y ahí estaba lo gracioso, me dijo. Un tipo como él, llegado de la academia de guerra un año antes, se había pasado el tiempo de general en general. No había disparado un solo tiro y en la diez de últimas, se encontraba con un ascenso y un futuro retiro confortable.¡Increíble! ¡Las cosas de la guerra!

Después de esto ya no pudo decir más. El rostro se le puso pálido. Con un quejido, intentó ponerse de pie y se desplomó pesadamente y con estrépito sobre las baldosas blancas y negras del suelo. Hipó un par de veces y se vomitó encima. Casi al instante un hedor ácido llenó toda la estancia. Con la punta de la bota lo empujé para dejarlo de costado y que se vaciara a placer y no se ahogase. Me retiré rápido, antes de que alguien me pidiera que lo sacase de allí.

Salí a la calle y con mi bayoneta desinflé las cubiertas del jeep. Me había traído algunos sobrecitos de azúcar y los vacié todos en el carburador. Con la punta del cuchillo hice tiras de los tapizados y con el mango destrocé las ópticas. Me quedé un rato allí, tieso, sin saber qué hacer.

Miré hacia el horizonte, que ya se teñía de rojo y suspiré.

Me limpié las botas refregándomelas en los pantalones y me fui de putas, a reencontrarme con mis compañeros.

                                                                                     DANIEL VALDEZ

Cuando llueve...

Publicado en Poemitas. el 8 de Diciembre, 2005, 18:24 por Paula Aramburu

aunque la marea esté baja y
las olas no tengan fuerza para
llegar a la orilla
aunque la sal y el yodo te quemen la
palma de la mano y
las lajas te hagan correr
descalzo

aunque hablen en vano
y caigas
- sin saberlo –
bajo el peso de sus
lenguas

no te preocupes

siempre habrá 
en esta casa 
un baño tibio de sales marinas
aceite de castañas de pará
 y una copa de vino tinto
esperándote

                             Paula Aramburu

Donde va la gente cuando llueve????

Publicado en General el 8 de Diciembre, 2005, 16:42 por Lorena Aguado

Hoy llovió y cayó piedra. Y yo no pude evitar hacer lo que hago cuando llueve y encima es un día feriado.

Acá les cuelgo la imagen y me permito recomendarles altamente la actividad, aunque supongo que todos la experimentaron en algún momento.

Y no es una cuchara esto...

ES UNA CU-CHA-RI-TA.

...

Publicado en Poemitas. el 8 de Diciembre, 2005, 12:32 por Paula Aramburu

agua y jugo de guayaba

caen a cántaros desde el cielo

riegan el jardín los canteros y

las macetas con flores secas

quién sabe

quizás hoy despierten de la

muerte

como lo hizo la novia – cadáver

al escuchar esa voz

que venía del bosque

abro grande la boca

y grito grito grito

el agua que cae es fresca y

dulce

                          Paula Aramburu

6 8 1 9

Publicado en General el 8 de Diciembre, 2005, 10:36 por scalona

 

 

6 8 1 9

                              

 

          a  Renato

 

Cuando ha pasado la medianoche del domingo

Madame Mary  parece Bagdad después del socorro de Bush.

Ni un alma

hace juego con el conjunto

y todo el fondo rosa salmón

es una costra de sangre reseca.

Guerra y burdel.

 

Lunes ya

el hall de calle San Lorenzo

es una sala de espera

infinita.

Luz de fluorescente

hospital y burdel

el tedio de la impaciencia

el dinero es la sangre de unas chicas

que a esta hora

debieran estar en su graduación

de bachiller.

 

Irreal

apenas regresa

cuando un mozo chino

en camiseta interlock

simula servir

dos cafés y un porrón sin etiqueta:

diez pesos

recoge el ademán

cabezagacha

siervo del Arakei.

De par en par

las chicas toman mate

en el balcón remedando

Sombras y niebla  (*)

y nos convidan

como en la película.

La tele blanco y negro

se relame en Crónica

y la violación de Nuñez.

 Madame Mary se queja:

- ...no es para tanto

dejarse y no querer

están muy cerca.

 

¡Cómo me gustaría ser John Cusack...!

 pienso

y pagar un millón

por una puta no puta

virgen no virgen

pura impura

y sin embargo

apenas he conseguido

ser el payaso Malkovich

arriesgando a Mía

por cualquier tuya.

 

Cuando Vanesa reconoce

la grupa enclenque tras la silla de ruedas

grita:  Mauricio... Mauricio

al Fabri. (**)

Según el día y la hora

hay gente que confunde

Fabricio con Mauricio

y todos los barbudos son

el Che Guevara.

 

La sucursal de Juntacadáveres(***)

tiene una rockacola en un living pastel 

del tamaño del Maracaná

el lunes a la tarde

siguiente

al domingo

que perdieron 1 a 0

con Uruguay.

Cien mil fracasos

diez mil canciones

la máquina de Nescafé de Cortázar

 una heladera llena de Budweisers.

y 3500

 es el compilado de Joaquinito.

 

Bettina pregunta a Samantha por el delineador de ojos

mientras se rasca

adrede

fingida

el cachete tatuado

rumbo al baño

buscando Xilocaína.

 

 - Si es por nosotros

dice Renato

no nos sorprendería

siquiera

que Maia

fuera

de veras

la abejita del cartoon.

 

Maia es el turno de Fabri

y regala media hora:

el reloj de los rengos no camina

fuman

leen Sub y él jura

que hará propaganda del puticlub

en el próximo Festival

a beneficio de la duda.

 

Madame Mary se parece a un conventillo

el elogio de la lentitud

no privilegia costo-beneficio

y el nene puede llorar tres veces.

Una media hora de noventa minutos

en el silencio de un tríptico

desde la cama, Fabri escucha

cuando le digo a Renato:

-...cuchá... cuchá,  Renato ¡qué temazo...! 

La Murguita del Sur y la risotada de Fabri hace salir

al chinito al hall

golpeándole el vidrio difuso.

 

¿Se habrán dormido...?

Ya escuchamos demasiado lo posible

y en la madrugada

duele

repetir las palabras.

Llega el instante tan temido:

Renato

 elige

Arjona.

 

Puedo tolerar Crónica TV

el titular de molde rojo

diciendo que murieron dos personas y un boliviano

contestarle a Mirta cómo recuperar

el régimen de visitas de un nene

cautivo de los abuelos

y hasta darle esperanzas a Madame Mary

si quiere ser la nueva Jueza de Faltas.

 

Puedo tolerar Rosario Flores

Alejandro Sanz

y Luiggi Tenco

ahora

que ho capito che ti amo...

Hasta Leo Mattioli puedo...

Leo también

porque le gustaba al pibe Cañete

ahorcado en Coronda...

un homenaje...

 

Pero todo tiene un límite...

Arjona es el límite.

- Renato... pará

pará Renato...

como si me hubiera puteado la vieja.

 

Renato es un chico grande...

es el padre de Fabricio

pero también es un cínico

o hace qué...

Se sabe lunga esa de cuando el paraíso

se te queda en el corralito.

 

Un duro que no hace otra cosa

que pensar en Clara

su Clarita

la más clara del mundo

la mamá de Fabricio

de Lucas, de Ivana

de Mauricio, de Renato

de Mía

y mía

también.

 

 Sin embargo

la piedad no me duerme los reflejos

y antes de que él apriete 6512

de rabillo

intuyo 6819

y tecleo primero:

Eddie Gormé

La Historia de un Amor

Eddie Gormé y Los Panchos

igual de cursi

pero auténtico.

 

...como no hay otro igual

que me hizo comprender

todo el bien

todo el mal...

que le dio luz a mi vida

apagándola después...

hay que vida tan oscura

sin tu amor no viviré...

 

El payaso Malkovich

sombras y niebla

guerra y burdel

la abejita Maia

el millón de Cusack

la hora laxa de la noche

y una grupa derrengada

tras una silla de ruedas

la ciudad parece infinita

sala de espera

fluorescente

lunes ya

hospital y burdel.

 

Pero yo sé lo que va pensando Renato

de regreso

hasta el final de Fisherton, donde viven:

quizá Fabri le hable de Maia

de Belén, de María o Ivana

o le tararee Vencedores vencidos

desde la cabina del furgón.

 

Pero Renato vuelve blindado

Vive Clara... mi Clarita...

sólo eso...

menos mal...

 

Ni bien pasa Oroño

se vuelve una letanía.

 

 

Marcelo  Scalona

 

 

(*)      Woody Allen.

(**)   Fabricio Simeoni (31), poeta distinguido de la ciudad de Rosario que padece desde el año de vida, atrofia espinal progresiva.

(***)  novela de Juan Carlos Onetti.

 

 

 

 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-