"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




El retrato

Publicado en Cuentos el 2 de Diciembre, 2005, 17:24 por gabrielagervasoni

EL RETRATO

 

                        Federico era el único hijo de mi tía Carmen y de un camionero que nunca conocimos. Cada tanto mi primo hablaba del camión de su papá, de las rutas por donde había andado y cosas así. Yo le seguía el juego porque percibía su necesidad de crearse un padre, de inventar anécdotas cotidianas similares a las nuestras.

                        Mi primo vivía enfermo. Desde los ochos años usó un broncodilatador que jamás pudo abandonar. El asma era una defensa que empuñaba cuando tenía miedo, vergüenza, e inclusive cuando sólo quería llamar la atención. Tal vez por su aparente fragilidad todos los consentían. A veces creí odiarlo de pura envidia.

                     Aunque no me divertía con él y a pesar de sus privilegios, por tener la misma edad pasábamos mucho tiempo juntos. Sus interminables horas en la cama lo habían convertido en un gran lector de cuentos que me repetía de memoria. Para mí era más divertido escucharlo a él que leer yo mismo. El sedentarismo debe haber animado su imaginación que, para aquel entonces, me parecía fuera de lo común.

                        -En el patio de tu casa, hace cinco mil años, vivió un dinosaurio grande como el monumento a la bandera –me confesó una vez.

                        -¿En serio? –pregunté fascinado.

                        -Qué tonto que sos –me dijo- Lo acabo de inventar y vos te lo creíste.

                        -¿Cómo se te ocurrió?

                        -De la nada –fanfarroneó- Miré el techo y vi un dinosaurio, hace cinco mil años, en el patio de tu casa…

                        Cuando me hacía esas “pruebas” me avergonzaba mucho, porque algunas veces decía cosas ciertas que yo no sabía y quedaba como un burro. Y si decía pavadas también demostraba mi ignorancia, porque llegué a creerle cualquier cosa.

                        Al cumplir doce años, de un día para el otro, Federico se inclinó por la pintura. El abuelo le regaló pinceles, acuarelas y un soporte grande de madera que ellos llamaban “antril” en vez atril. El arte aumentó las diferencias entre nosotros, mi envidia y el recelo que siempre le tuve. Pero bueno, todos estaban chochos pensando que, con un poco de suerte, al fin barrio Azcuénaga tendría un pintor de cuadros entre tantos pintores de brocha gorda.

                        -Mirá qué realismo –decía alguien.

                        -Es impresionismo –se escuchaba; y era “el artista”, corrigiendo a todo el mundo, como si fuera un enano de ochenta años.

                        Un domingo a la hora de la siesta, Federico me invitó a su cuarto, el que años atrás había sido de mi madre. Mi hermano Santiago y mis otros primos quisieron entrar con nosotros, pero él les dijo que eran chicos y molestaban. Carlitos, el menor de todos, se quedó afuera de la habitación dándole patadas a la puerta.

                        -Dejalos –dijo mi hermano- son dos putitos, dos mariquitas de mierda.

                        Nosotros, desde la habitación, escuchamos perfectamente lo que había gritado Santiago, pero nos hicimos los tontos. Federico siguió mostrándome las chucherías que había acumulado gracias a mis abuelos generosos y al turro de su padre. De repente vi una muñeca y me cayó muy mal, pésimo. Estaba al lado de una Ferrari que era mía y, aunque pensé en recuperarla, la dejé ahí, temeroso de que al agarrarla mi mano tocara la muñeca.

                        Mi primo estaba pintando un retrato de su madre. Ahora creo que era malísimo, pero en aquel momento me impresionó el parecido entre la pintura y la foto de Carmen.

                        -Te voy a hacer un retrato a vos, ¿querés? –me preguntó.

                        -¿A mí?

                        -Si, a vos, ¿no querés?

                        -Si, bah… me da lo mismo –me di cuenta de que había contestado mal, así que traté de arreglarla- No quiero que te tomes tanto trabajo.

                        -Yo quiero –respondió él.

                        Ahí nomás sacó una hoja canson, unas acuarelas y empezó a pintar. Aunque yo lo había visto hacerlo antes, ser su modelo era diferente, me ponía nervioso pensar que hiciera una caricatura de mí.

                        -No me hagas tan orejudo –le pedí.

                        -No sos orejudo, sos lindo.

                        Quedé paralizado. Salvo mamá, nadie me había dicho antes que yo fuera lindo. Si tengo que ser sincero, la verdad es que siempre fui bajito, orejón y más bien gordito. Me puse tan incómodo que no sabía para dónde mirar.

                        -En serio, –insistió- sos lindo. Yo te quiero más que a todos esos brutos que están ahí afuera gritando, pateando. Son tan tontos!

                        No dije una sola palabra durante un largo rato. Miraba mis zapatillas, la repisa, cualquier cosa con tal de no enfrentarme con los ojos de mi primo. Él siguió pintando casi media hora más, hasta que dejó el pincel, se recostó sobre la cama y me llamó; me senté al lado de él.

                        Tenía la pintura fresca todavía sobre el almohadón. Cuando miré la hoja me vi idéntico… pero lindo. Me había hecho unos ojos celestes tan grandes que las orejas casi no se veían. Creo que me había pintado como yo quería ser.

                        -¿Te gusta?

                        -Me encanta, está buenísimo –contesté.

                        Entonces Federico me puso la mano en el hombro y me palmeó, como hacen los hombres. Después me abrazó muy fuerte. Yo me dejé abrazar. Hasta que volvió, como un eco, la voz de Santiago. Todavía no la puedo olvidar. Gritaba:

                        -¡Son dos putitos, dos mariquitas de mierda!

                                                                                                                     Gabriela Gervasoni

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-