"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




2 de Diciembre, 2005


Ellos

Publicado en General el 2 de Diciembre, 2005, 18:01 por gabrielagervasoni

E L L O S

Ella apaga la luz del velador y, como cada noche, intenta adivinar en la oscuridad lo que está haciendo él.

Él, como cada noche, va perfeccionando su silencio, moviéndose y moviendo las cosas con sonidos cada vez más imperceptibles. 

 

Ella escucha lo que parece ser la caída de una cuchara.

Él saca un frasco de aceitunas de la heladera.

 

Ella cree oír la voz susurrante de él.

Él escucha al vecino del cuarto. Un diálogo lejano y maravillosamente trivial invade la soledad de ese tercer piso sin hijos ni perro.

 

Ella se inquieta y, como todas las noches, se estira el camisón y queda rígida en su mitad de la cama.

Él acomoda la ropa sobre una silla y toma posesión de su parte de la cama. Como todas las noches.

 

Ella entra en un estado casi de inmaterialidad; se olvida de su cuerpo, no lo siente.

Él arruga las sábanas. La almohada única y larga se mueve levemente cuando su cara se hunde en la goma espuma.

 

Ella casi no recuerda la voz de él, pero el perfume mezcla de sudor y desodorante que inunda la cama le resulta inconfundible y sensual.

Él no soporta el perfume de ella, tan asquerosamente suyo. Tan dulce, tan antiguo, tan repetido.

 

Ella piensa que quizá alguna noche él podría volver feliz o borracho y, por error o por necesidad, de nuevo podría arrancarle el camisón y entrar en ella como antes.

Él piensa que el amor, una ilusión o una vida entera se pueden arruinar en un segundo; en el mismo tiempo que tarda en deshacerse un relámpago.

 

Ella se pregunta, como cada noche, por qué él se fue. Y si volverá alguna vez, borracho.  

 

Gabriela Gervasoni

El retrato

Publicado en Cuentos el 2 de Diciembre, 2005, 17:24 por gabrielagervasoni

EL RETRATO

 

                        Federico era el único hijo de mi tía Carmen y de un camionero que nunca conocimos. Cada tanto mi primo hablaba del camión de su papá, de las rutas por donde había andado y cosas así. Yo le seguía el juego porque percibía su necesidad de crearse un padre, de inventar anécdotas cotidianas similares a las nuestras.

                        Mi primo vivía enfermo. Desde los ochos años usó un broncodilatador que jamás pudo abandonar. El asma era una defensa que empuñaba cuando tenía miedo, vergüenza, e inclusive cuando sólo quería llamar la atención. Tal vez por su aparente fragilidad todos los consentían. A veces creí odiarlo de pura envidia.

                     Aunque no me divertía con él y a pesar de sus privilegios, por tener la misma edad pasábamos mucho tiempo juntos. Sus interminables horas en la cama lo habían convertido en un gran lector de cuentos que me repetía de memoria. Para mí era más divertido escucharlo a él que leer yo mismo. El sedentarismo debe haber animado su imaginación que, para aquel entonces, me parecía fuera de lo común.

                        -En el patio de tu casa, hace cinco mil años, vivió un dinosaurio grande como el monumento a la bandera –me confesó una vez.

                        -¿En serio? –pregunté fascinado.

                        -Qué tonto que sos –me dijo- Lo acabo de inventar y vos te lo creíste.

                        -¿Cómo se te ocurrió?

                        -De la nada –fanfarroneó- Miré el techo y vi un dinosaurio, hace cinco mil años, en el patio de tu casa…

                        Cuando me hacía esas “pruebas” me avergonzaba mucho, porque algunas veces decía cosas ciertas que yo no sabía y quedaba como un burro. Y si decía pavadas también demostraba mi ignorancia, porque llegué a creerle cualquier cosa.

                        Al cumplir doce años, de un día para el otro, Federico se inclinó por la pintura. El abuelo le regaló pinceles, acuarelas y un soporte grande de madera que ellos llamaban “antril” en vez atril. El arte aumentó las diferencias entre nosotros, mi envidia y el recelo que siempre le tuve. Pero bueno, todos estaban chochos pensando que, con un poco de suerte, al fin barrio Azcuénaga tendría un pintor de cuadros entre tantos pintores de brocha gorda.

                        -Mirá qué realismo –decía alguien.

                        -Es impresionismo –se escuchaba; y era “el artista”, corrigiendo a todo el mundo, como si fuera un enano de ochenta años.

                        Un domingo a la hora de la siesta, Federico me invitó a su cuarto, el que años atrás había sido de mi madre. Mi hermano Santiago y mis otros primos quisieron entrar con nosotros, pero él les dijo que eran chicos y molestaban. Carlitos, el menor de todos, se quedó afuera de la habitación dándole patadas a la puerta.

                        -Dejalos –dijo mi hermano- son dos putitos, dos mariquitas de mierda.

                        Nosotros, desde la habitación, escuchamos perfectamente lo que había gritado Santiago, pero nos hicimos los tontos. Federico siguió mostrándome las chucherías que había acumulado gracias a mis abuelos generosos y al turro de su padre. De repente vi una muñeca y me cayó muy mal, pésimo. Estaba al lado de una Ferrari que era mía y, aunque pensé en recuperarla, la dejé ahí, temeroso de que al agarrarla mi mano tocara la muñeca.

                        Mi primo estaba pintando un retrato de su madre. Ahora creo que era malísimo, pero en aquel momento me impresionó el parecido entre la pintura y la foto de Carmen.

                        -Te voy a hacer un retrato a vos, ¿querés? –me preguntó.

                        -¿A mí?

                        -Si, a vos, ¿no querés?

                        -Si, bah… me da lo mismo –me di cuenta de que había contestado mal, así que traté de arreglarla- No quiero que te tomes tanto trabajo.

                        -Yo quiero –respondió él.

                        Ahí nomás sacó una hoja canson, unas acuarelas y empezó a pintar. Aunque yo lo había visto hacerlo antes, ser su modelo era diferente, me ponía nervioso pensar que hiciera una caricatura de mí.

                        -No me hagas tan orejudo –le pedí.

                        -No sos orejudo, sos lindo.

                        Quedé paralizado. Salvo mamá, nadie me había dicho antes que yo fuera lindo. Si tengo que ser sincero, la verdad es que siempre fui bajito, orejón y más bien gordito. Me puse tan incómodo que no sabía para dónde mirar.

                        -En serio, –insistió- sos lindo. Yo te quiero más que a todos esos brutos que están ahí afuera gritando, pateando. Son tan tontos!

                        No dije una sola palabra durante un largo rato. Miraba mis zapatillas, la repisa, cualquier cosa con tal de no enfrentarme con los ojos de mi primo. Él siguió pintando casi media hora más, hasta que dejó el pincel, se recostó sobre la cama y me llamó; me senté al lado de él.

                        Tenía la pintura fresca todavía sobre el almohadón. Cuando miré la hoja me vi idéntico… pero lindo. Me había hecho unos ojos celestes tan grandes que las orejas casi no se veían. Creo que me había pintado como yo quería ser.

                        -¿Te gusta?

                        -Me encanta, está buenísimo –contesté.

                        Entonces Federico me puso la mano en el hombro y me palmeó, como hacen los hombres. Después me abrazó muy fuerte. Yo me dejé abrazar. Hasta que volvió, como un eco, la voz de Santiago. Todavía no la puedo olvidar. Gritaba:

                        -¡Son dos putitos, dos mariquitas de mierda!

                                                                                                                     Gabriela Gervasoni

Un regalito para el finde

Publicado en De Otros. el 2 de Diciembre, 2005, 16:29 por Germán Minguei

LAS LINEAS DE LA MANO

De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por
la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para
descubrir que la línea continúa por el piso de parqué, remonta
el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher,
dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y po fin
escapa de la habitación por el techo y desciende en la cedena del
pararrayos hasra la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del
tránsito pero con atención de la verá subir por la rueda del
autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí
baja por la media de nilón de la pasajera más rubia, entra en el
territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta
el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas
la siguen para trepar a bordo), sube al barco de turbinas
sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase,
salva con dificultad la escotilla mayor, y en la cabina donde un
hombre triste bebe cogñac y escucha la sirena de partida, remonta
por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza
hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarnece en la palma
de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre
la culata de una pistola.

JULIO CORTAZAR
"Historias de Cronopios y de Famas" (1962)

Insomnio

Publicado en Poemitas. el 2 de Diciembre, 2005, 16:13 por Paula Aramburu

El sol comienza a asomarse

tímidamente

por los pliegues de las cortinas.

Me saco la ropa

las botas

las medias

y cubro mi cuerpo con esa remera gastada

que guardo debajo de la

almohada.

Acostumbrado a mis curvas

el algodón

se acomoda suavemente a cada uno de mis

huecos y prominencias.

Camino descalza por la casa.

La madera está

fresca, limpia y un

perfume de naranjas

me atraviesa la planta de los pies.

Bajo las persianas

- vos sabés que sólo puedo dormir bien en la oscuridad -

pero una imagen conspira contra el sueño:

tus dedos recorriendo el

filo de los breteles de encaje

a punto de caer

tus dedos

en el abismo del fino encaje blanco.

Ecos

Publicado en Poemitas. el 2 de Diciembre, 2005, 14:04 por tomasboasso

El bombardeo de la lluvia

sobre  las veredas y los toldos;

los quejidos de los autos

y de los truenos;

una leve música que se cuela

por fisuras imposibles;

el silencio ficticio

que envuelve mi habitación;

un portazo doloroso

más allá de todo borde;

el imperceptible roce

de monótonas pitadas;

pierden terreno,

son ecos.

Felipe, ¿la historia... se repite...?

Publicado en General el 2 de Diciembre, 2005, 12:38 por scalona

Felipe, ¿La historia... se repite...?

"pasa como tragedia, vuelve como farsa..."  

                               Karl Marx

El ya lejano ejercicio con la novela SEDA

Publicado en Pavadas hechas texto, el 2 de Diciembre, 2005, 12:28 por Descarga

Fue por una cuestión de azar que Hervé J. se involucró con la seda.  Luego de que en la ciudad francesa de Lavilledieu se instalaran varias hilanderías, una peste quitó la posibilidad de proveerse de los huevos de gusanos en Africa.  Era necesario que alguien viajara a Japón para obtenerlos.  Hervé era esa persona. Había algo natural en ello.  Para él, hacerlo era una prolongación de su mirada.

            Hervé J. tenía una esposa a la que amaba. Ella aceptaba la contingencia de sus viajes y lo despedía con un hasta pronto encantador.  Hervé demoraba meses en completarlos.  En cambio, tardó días en hallar un contrabandista japonés con quien negociar y un instante en recibir la mirada de la muchacha que lo acompañaba.  Los tres reconocerían que un anhelo sobrevoló.  Hervé hubo de repararse en el movimiento del agua. 

            Llegó el tiempo de otra despedida y el retorno. Todo era prosperidad en Lavilledieu y la fortuna de Hervé iba en alza.  De un nuevo viaje,  trajo algo más que huevos de gusanos: el roce de la piel de la joven y un papel con idiogramas. Amó a su esposa, hizo descifrar el idiograma, comenzó a construir un parque y al conocer el mensaje de los ideogramas, sobre todo deseó retornar al Japón.  Lo hizo. Entregó el oro y obtuvo las hojas de morera y los huevos de gusanos.  Bajo un cielo precipitado,  amó a la muchacha de los ojos de pájaro.  

A continuación, en Lavilledieu sobrevino un gran espacio.  Hervé recibió una carta con idiogramas al tiempo que la guerra en el oriente se consolidaba. Amó a su esposa. Hizo descifrar la carta. Era el llamado de una mujer ampliada por el deseo. Volvió a amar a su esposa y, contra las recomendaciones, partió por última vez hacia el Japón.  Ya no había pájaros.  Dio de frente con la guerra y el vestíbulo de la muerte: el desencuentro. Volvió con la carga mortalmente larvada, apagado de labios y sexo.       

            Por último, Hervé J. construyó una jaula para pájaros, guardó la última carta con idiogramas y amó de manera inquebrantable a su esposa hasta la muerte de ella. Cuando crecía  el espacio de sus últimos años, Hervé visitó a la mujer que había descifrado los ideogramas. Confirmó que fue su esposa quien escribió la última carta.   Hervé J. pudo morir al pie de la noticia o dejarse arrebatar por el lago de la manera más dolorosa, sin que el agua tenga ganas. Durante 23 años siguió observando el lago los días de viento.  Hervé no podría decir que por un momento los pájaros tuvieran la intención de cubrir el cielo.  Tampoco que fuera eso lo que allí buscaba.                        

De una lluvia.-

Publicado en Poemitas. el 2 de Diciembre, 2005, 9:21 por maripau

Al otro lado

del derecho a queja

llega también el olor a lluvia.

A pasto seco que se riega,

sol quitado de la hierba,

trepadora resbalándose.

Sube por el balcón

desarma  las fotos aun sin marco.

y anda por ahí agrediendo lo etéreo.

Prende la tele,

el control lejos de mi mano.

Agita las cortinas

va baldeando las sombras.

y quemando lamparitas.

En la cocina una botella se dilata.

La mugre del repasador se esparce.

Ráfaga de asueto húmedo

que se filtra acallando la estela.

Rasca mi cara lavada.

El pijama sobre la cama

vaticina noche blanca.

Me gusta andar descalza

Casi tanto como desnuda.

La corriente adorna la resaca.

Se lleva las ojeras.

Las ganas de llorar.

La llave y tu risa de posdata.

Me baño y decido olvidar.

Afuera lloverá.

La Estrella Fugaz

Publicado en General el 2 de Diciembre, 2005, 7:36 por scalona

La Estrella Fugaz

Yo cumplo un luminoso y secreto destino

lejos

 en un sistema solar joven y extraño

soy puro lis de fuego

y después ya no soy más que una

claridad velocísima y tenue

que se confunde con la claridad.

                              RAÚL GUSTAVO AGUIRRE

                                   Olivos BA.  1927-1983

Escritores que escuchan

Publicado en Fotitos. el 2 de Diciembre, 2005, 0:21 por Lorena Aguado

Omar y Maripau

Publicado en Fotitos. el 2 de Diciembre, 2005, 0:20 por Lorena Aguado

Marcelo cantando

Publicado en Fotitos. el 2 de Diciembre, 2005, 0:18 por Lorena Aguado

Invitados Especiales

Publicado en Fotitos. el 2 de Diciembre, 2005, 0:17 por Lorena Aguado

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-