"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Igualito a Robert Redford

Publicado en Parodias el 16 de Noviembre, 2005, 12:50 por gabrielagervasoni
Igualito a Robert Redford

La sorprendió un estruendo. Después se mantuvo un rugido violento que venía de afuera, del balcón. En el living también pasaba algo extraño. El ventilador giraba en forma casi sobrenatural. Los objetos volaban, algunos rozando el cuerpo de Clara.
El ruido y el viento se sintieron durante un largo rato, hasta que ella decidió salir al balcón. Se enfrentó a una escena majestuosa, entre aterradora y mística. El helicóptero estaba suspendido en el aire, a escasos metros de la baranda de hierro. Parecía colgar del piso de arriba, como una lámpara o una telaraña. Adentro había dos hombres, con gorras idénticas de color negro y auriculares. Los tripulantes tiraron un paquete que, por efecto del viento, voló y terminó rompiendo el blindex de la mesa ratona. En medio de la tormenta que había irrumpido en su departamento, Clara pudo entrar al living justo en el momento en que el ruido y el viento cesaron.
Estuvo algunas horas sentada con las piernas replegadas observando el paquete cerrado. Estaba perturbada, emocionada y de alguna forma contenta. Finalmente lo abrió y encontró una nota. En letra grande y redondeada, casi femenina, alguien había escrito sólo dos palabras. ¿Quién podría ser capaz de montar semejante escenografía nada más que para dejar unas palabras anónimas? Un millonario, un artista, un loco...
Clara no pudo pegar un ojo en toda la noche. Los vidrios en el piso y el desorden del departamento eran una realidad verificable por lo que, a pesar de lo absurdo de la situación, ella no estaba loca. Después, comenzó a elucubrar explicaciones para los vecinos, seguramente alborotados por el incidente. ¿Habrían llamado a la policía, a los bomberos?
Al otro día se fue a trabajar. Esquivó la mirada de los vecinos, temerosa de que le exigieran explicaciones. Nadie le habló, parecía que todos habían olvidado el escándalo de la noche.
A los cinco días volvió el estruendo, el rugido de un motor, el viento indomable. Esta vez los efectos fueron más violentos, porque las puertas y ventanas estaban abiertas de par en par: Clara quería asegurarse de que el helicóptero no pasara desapercibido para ella. Volaron libros, fotos, revistas; rodaron las macetas y los cuadros. Esta vez los esperaba. Ya no tenía la cara de espanto de la primera vez, sino el gesto exagerado del que quiere seducir, encantar. Había elegido un look falsamente casual o neodoméstico: bata de seda a la rodilla, camisón haciendo juego y lencería negra sobre la piel brillante y perfumada. Los pies descalzos. Previendo el huracán mecánico se había recogido el pelo en un rodete. Le endulzaba los labios un brillo casi imperceptible.
Le costó llegar hasta la baranda del balcón, caminaba contra el viento y el cuerpo le pesaba. Se cansó de gritar "¿quién es, quién es?" No escuchaba y tampoco podía ver las caras de los dos hombres (aparentemente los mismos del primer abordaje). El viento le cerraba los ojos, la cortina le azotaba la espalda. Las lágrimas, el polvo y el viento apenas le permitían ver. ¿Quién es, quién es?, repetía. Arrojaron otro paquete que, ésta vez, destrozó el vidrio de la puerta del balcón. Ella rescató el regalo hurgando en los restos de cristal, arrepentida de no haberse calzado para la ocasión. El dolor de los vidrios penetrando en la planta del pié y en las manos sirvieron para sumarle realidad a la situación; ante la evidencia de la sangre no podía dudar que estaba despierta. El paquete tenía otra nota idéntica a la anterior.          
Casi no pudo volver a dormir ni comer. Usaba los días sólo para trabajar y las noches para pensar explicaciones y revivir los dos hechos más asombrosos de su vida. La situación le recordaba una escena en la cual Roberto Redford lleva a Demi Moore en un helicóptero para tener sexo en un crucero gigante que los espera en medio del mar. Inmediatamente el remitente adquirió cara, cuerpo, historia; y fue igualito a Robert Redford.
Pasaron tres noches insomnes, eternas, hasta que el helicóptero volvió a flotar al borde del balcón. Volvieron el ruido, la hélice enfurecida y el huracán individual. Esa noche había tantas estrellas en el cielo que daba miedo. Se había puesto un vestido negro y ajustado, llevaba el pelo atado en una cola alta y lacia. La puerta del balcón estaba cerrada (adrede) y sobre el vidrio Clara apoyó un cartel. "¿Quién es? –¿Who is? -¿Chi é?- ¿Qui est?" rezaba el cartón. Estuvo segura de ver que uno de los hombres acercaba la vista para leer la pancarta y después notó que los tripulantes hablaban, pero le fue imposible leer los labios o comprender sus gestos. Entonces, con gran esfuerzo, abrió la puerta del balcón; el tornado literalmente chupó el cartel. El helicóptero partió y, entre los vidrios de la ventana de la cocina que quedaron pulverizados sobre el piso, Clara encontró otra cajita envuelta en papel dorado.
Tampoco pudo dormir esa noche, ni la siguiente. Pegó las tres notas (idénticas, anónimas) sobre el espejo de su cuarto. Había entrado en una locura inmanejable, lo único que lograba hacer era leer las cartas y esperar a que el desconocido se mostrara. Ya no pensaba en los vecinos, no le importaba la ruina en que había quedado convertido su departamento y, menos todavía, su trabajo o los amigos que alguna vez había tenido. Cuando le revoloteaba la idea de que estaba soñando se miraba los pies y las manos lastimadas, consultaba las facturas de la vidriería y sobre todo, despegaba del espejo las escuetas declaraciones de amor.
Ningún vecino, ni siquiera la portera (que vivía del oxígeno de los chismes) le preguntó jamás que pasaba en su balcón algunas noches tormentosas. Evidentemente estaba rodeada de insensibles, de personas con los sentidos gastados y sueño pesado. En algún punto le hubiera gustado que se percataran del revuelo que un hombre, igualito a Robert Redford, era capaz de levantar sólo por acercarle una nota de amor.
No dejaba de pensar en el momento en que el galán (seguramente bastante maduro, como el actor) asomara desde el helicóptero estirando el brazo para subirla. Veía su brazo fuerte, masculino, los gemelos dorados cerrando un puño ancho y por fin las manos grandes arrancándola del sexto piso. "Un pañuelo", pensó, "la próxima vez tengo que ponerme un pañuelo en la cabeza; tipo Jackie, o como en Casablanca..."
El cuarto descenso del helicóptero la encontró más Marilyn que Jackie, recostada sobre el sofá con bastante champagne sosegándole las ideas. El vestido blanco le apretaba la cintura y la falda se abría en un vuelo que habría sorprendido al mismísimo Arthur Miller. El escote profundo denunciaba la ausencia de lencería y las sandalias (altísimas) le alargaban las piernas premeditadamente. Sobre una bandeja esperaban entrar a escena un pañuelo de gasa, las tres notas y una copa vacía.
 El helicóptero se acercó más que nunca, con movimientos sensuales, atrevidos. Parecía estar dentro del balcón. Clara se sujetó el pañuelo y levantó una nueva pancarta. "¿Quién es? –¿Who is? -¿Chi é?- ¿Qui est?" Era una pregunta desesperada. Agitaba el cartel con esfuerzo, mientras se sujetaba el vestido (la falda se le pegaba a las pestañas pastosas). Las plantas se le venían encima. Trastabillaba sobre las sandalias blancas, que apenas podía dominar. Terminó tirándose al suelo para evitar rodar balcón abajo. Con la mano derecha se aferró al envoltorio dorado mientras con la otra se sostenía de la reja. Tragó un poco de tierra del cactus mexicano. El helicóptero partió muy lentamente y mientras se alejaba, la tranquilidad volvía al sexto piso. Las incómodas sandalias le facilitaron el paso hacia el living, otra vez cubierto de cristales.
Gracias al Chandon y el estímulo adicional de un Valium (siguió el estilo Marilyn hasta el final) esa noche durmió. Esta vez el paquete había chocado contra ella y, como había pasado con casi todos los vidrios que daban al oeste de su departamento luminoso de dos dormitorios, ahora ella estaba destrozada.
Dijo que lo peor de la cuarta nota no fue que iba dirigida a una tal Perla, sino el final, donde el misterioso millonario, artista o loco había escrito "SOY YO".
También comentó que, por vergüenza, sólo le contó lo que había pasado a una persona, según ella, la única capaz de creerle y no mandarla a un manicomio: el vidriero. 
 

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-