"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




16 de Noviembre, 2005


El sueño de Camille Claudel

Publicado en Cuentos el 16 de Noviembre, 2005, 17:17 por Paula Aramburu

La noche del 18 de octubre de 1943, pocas horas antes de morir, Camille soñó que era de noche y que llovía torrencialmente, y que en medio de esa lluvia que le golpeaba el cuerpo enfundado en telas negras y bordó, caminaba sola y descalza por entre las tumbas del cementerio.

Sus pies se hundían en la tierra líquida, y esa tierra, ahora barro, se le escurría suave y tibia por entre los dedos. Ese barro tibio entre sus delgados dedos era una sensación agradable. Pero el viento, la lluvia y el largo de las telas que la cubrían desde el cuello hasta los pies, le impedía avanzar, y esa no era una sensación agradable.

Casi sin aliento, se aferra enloquecida con las manos a la tierra que se hace agua. Una vez más, cae. Ahora la tierra que rodea las tumbas es una pendiente resbaladiza y profunda, y no hay nada que impida su caída. Camille se deja caer.

Mientras su cuerpo da vueltas una y mil veces sobre sí mismo, arrastrando escombros, basura, barro y agua, piensa que esa noche la soledad y el abandono de su amante se han presentado ante ella como la propia muerte. 

De repente, algo detiene su caída. Se ha despertado?

Unos brazos la sostienen y la levantan con fuerza. Ella mira hacia arriba. Es Rodin. El la mira fijo, muy fijo. Una sombra de culpa y odio oscurecen su mirada. Ella reconoce en Rodin, muerto hace veintiséis años, el saco gris oscuro de su hermano Paul. Ella desvía los ojos y le pregunta: por qué me abandonaste?

El, ellos, la miran consternados. No hay palabras.

Rodin se abre el saco y saca del bolsillo interno una carta. Es una poesía que escribió Paul para ella, hace ya muchos años, demasiados.

En ese instante Camille sonríe, y su sonrisa es pronto una carcajada llena y ruidosa. En el barro, a un costado de sus pies descalzos, ve hundirse en un mar de lodo sucio y viscoso las obras de Rodin. Allá van, hacia el fin de la tierra, El Pensador, Los Amantes...

Por primera vez, Rodin llora delante de ella.

Paul duerme tranquilo sobre un libro que hace de almohada.

Paul duerme y sueña que Camille ha alcanzado el sueño que soñaba a los siete años, cuando iba al cementerio que estaba enfrente de su casa, en las noches de lluvia, a juntar kilos y kilos de barro con los que luego esculpiría esa esculturas que solían dejarlo enmudecido.

Pero Camille sigue dormida y sueña que camina por un desierto de sal, ondulante, suave, escurridizo. En una de sus manos lleva un vaso de agua, en la otra, la carta de su hermano Paul.

Camille camina sola por el desierto de sal, blando, incandescente. Y llora. Y cada lágrima es un grano más de arena que el desierto recibe con voracidad.

Los pies desnudos, la cintura, las manos, se van sumergiendo en la arena profunda.

Camille no despertó.

Era su última noche y ella lo presentía.

Más allá de sus sueños, la muerte la protegería por fin del abandono y la locura.

      

                                                                                       Paula Aramburu

dos textos, una tarea

Publicado en General el 16 de Noviembre, 2005, 13:19 por pachinjavkin

Que nadie se imagine

Yo no quiero que nadie a mí me diga…. Soledad. La vieja trampa. Soportarlo todo. Los olores distintos, los gritos, esa forma burda e inconsciente de demoler a diario lo que alguna vez pudo ser de otra manera. Dos intervalos de nueve meses. Dos hijos, como dos indemnizaciones, por momentos, aún insuficientes.

Mucho tardé en juntar coraje. Demasiado. Pero pude. Soltar todo y largarse, ¡qué maravilla! Para cantarlo Silvio, en la canción será. Ojo, es cierto que al principio soluciona todo, pero después.

La primera vez que vine a este bar me sentía plena. Traje dos libros y ocupé esta misma mesa. Había sol también. Y me miraban. Mucho me miraban. Todavía podía usar el pantalón blanco y con remeras cortas. Todavía, y me miraban, todavía. Hasta han llegado a sentarse. Pero nunca llegaban al otro domingo. Desde hace un tiempo solo dibujo. Bailarinas, bah... bailaoras, como mis fotos de chiquita. Y a veces escribo. Y a veces, en la misma mesa, con libros y sol, disfrazada de mujer independiente, a veces, como una burla inmerecida de mi amor adolescente, te escribo.

Perseverancia

Se sentaba siempre en la misma mesita. Justo en el punto donde el sol duraba más. Yo la había estudiado con detenimiento. Pantalón blanco, remera corta y ajustada al principio. Jean y blusa después. Yo le había tomado el tiempo y llegaba primero para ver si se fijaba o al menos le resultaba una cara conocida. Ustedes saben. Esas ceremonias de ahora en los bares, los domingos. Tres o cuatro diarios, multiplicados por una imprecisa cantidad de suplementos. Y una suerte de búsqueda del tesoro que obliga a cada uno a ir por lo que busca. Y a preguntar, y a mirar las mesas, pero también a los que están sentados. Ella siempre llevaba un par de libros, pero más de una vez se buscaba algunos de los suplementos de opinión, esos llenos de investigaciones raras, opiniones de columnistas eruditos y reportajes a premios nobeles. La estudié, sí, detenidamente, domingo a domingo, y creo que fueron más de cien. Ella siempre sola. Yo aprendiendo y preparándome.

Yo era a su vez, un cliente habitual. La dueña, una de esas cuarentonas lindas, codiciadas por pibes más jóvenes, compañeros del gimnasio o amigos de su sobrino, se había percatado de mis observaciones. Pero no podía contar con ella, era evidente que los sábados se los dedicaba a sus encuentros y nunca llegaba antes de las dos o tres. Demasiado tarde para pedirle algún favor. El mozo siempre le reservaba la mesa y parecía insobornable o hasta celoso el hijo de puta. Le guardaba la mesa y le conseguía el suplemento. Yo creo que si lo dejaban la acompañaba hasta la casa el hijo de puta. Persevera y triunfarás. Sí, bizarro, un refrán vulgar, pero por algo se decía tanto.

El cinco de noviembre fue domingo. Por enfermedad o por vacaciones, el mozo faltó. Era increíble. Tanto estudio, tanto esperar la oportunidad y no sabía qué hacer. Instintivamente ocupé la mesa. Recogí uno a uno todos los suplementos de opinión. Pedí un cortado doble, para que la taza ocupara menos lugar que la del café con leche. Es una taza distinta, no todos los bares la tienen. Un poco mas chica. La medialuna la comí rápido, con la mano, para devolver el platito y hacer más lugar. Puse cerquita la otra silla y los pies encima, para evitar que me la pidan. Nunca falta el que te la pide igual, pero con los pies apoyados podes argumentar un golpe, una operación en la pierna, que se yo, algo que te permita defender la silla, y la expectativa. Faltaban diez o quince minutos para que llegue, y las ideas se me fueron acomodando. Su cara de desconcierto al principio, mi oferta veloz, sin darle tiempo a que piense: discúlpeme, no sabía... yo suelo venir los sábados... pero faltaba más, ya se la desocupo; de ningún modo, por favor... no, no, no, es que no sabía y acá afuera están todas ocupadas, no se haga problema, mire... si no lo toma a mal, podemos compartirla, yo la invito, de ningún modo invito yo o al menos... compartimos, bueno, después vemos, siéntese.

En esos minutos intuía el diálogo y también lo que sobrevendría. Es difícil estar sólo, así es, los chicos crecen y dejan lugares sin ocupar. Pero una mujer así tan interesante, como puede estar sola. Yo estoy bien, esa mentira forzada para no parecer desesperado, pero es lindo compartir algunas cosas, es una etapa en la que uno quisiera una revancha. Cada uno en su casa al principio. Después, cuando todo sea más natural, a lo mejor, mudarnos.

Veinte o veinticinco años había imaginado. A esta altura estarán pensando que ese día faltó o que no se sentó en la mesa. O que vino disfrazada, con un melón en la cabeza o algo así. O que se pasó la tarde tejiendo en otra mesa, o jugando con una muñeca con su ropa de trabajo. No, no. Persevera y triunfarás dice el refrán. Lo escribí en la compu y lo enmarqué. Si, lo enmarqué. Está colgado abajo del dibujo de la bailarina.

Igualito a Robert Redford

Publicado en Parodias el 16 de Noviembre, 2005, 12:50 por gabrielagervasoni
Igualito a Robert Redford

La sorprendió un estruendo. Después se mantuvo un rugido violento que venía de afuera, del balcón. En el living también pasaba algo extraño. El ventilador giraba en forma casi sobrenatural. Los objetos volaban, algunos rozando el cuerpo de Clara.
El ruido y el viento se sintieron durante un largo rato, hasta que ella decidió salir al balcón. Se enfrentó a una escena majestuosa, entre aterradora y mística. El helicóptero estaba suspendido en el aire, a escasos metros de la baranda de hierro. Parecía colgar del piso de arriba, como una lámpara o una telaraña. Adentro había dos hombres, con gorras idénticas de color negro y auriculares. Los tripulantes tiraron un paquete que, por efecto del viento, voló y terminó rompiendo el blindex de la mesa ratona. En medio de la tormenta que había irrumpido en su departamento, Clara pudo entrar al living justo en el momento en que el ruido y el viento cesaron.
Estuvo algunas horas sentada con las piernas replegadas observando el paquete cerrado. Estaba perturbada, emocionada y de alguna forma contenta. Finalmente lo abrió y encontró una nota. En letra grande y redondeada, casi femenina, alguien había escrito sólo dos palabras. ¿Quién podría ser capaz de montar semejante escenografía nada más que para dejar unas palabras anónimas? Un millonario, un artista, un loco...
Clara no pudo pegar un ojo en toda la noche. Los vidrios en el piso y el desorden del departamento eran una realidad verificable por lo que, a pesar de lo absurdo de la situación, ella no estaba loca. Después, comenzó a elucubrar explicaciones para los vecinos, seguramente alborotados por el incidente. ¿Habrían llamado a la policía, a los bomberos?
Al otro día se fue a trabajar. Esquivó la mirada de los vecinos, temerosa de que le exigieran explicaciones. Nadie le habló, parecía que todos habían olvidado el escándalo de la noche.
A los cinco días volvió el estruendo, el rugido de un motor, el viento indomable. Esta vez los efectos fueron más violentos, porque las puertas y ventanas estaban abiertas de par en par: Clara quería asegurarse de que el helicóptero no pasara desapercibido para ella. Volaron libros, fotos, revistas; rodaron las macetas y los cuadros. Esta vez los esperaba. Ya no tenía la cara de espanto de la primera vez, sino el gesto exagerado del que quiere seducir, encantar. Había elegido un look falsamente casual o neodoméstico: bata de seda a la rodilla, camisón haciendo juego y lencería negra sobre la piel brillante y perfumada. Los pies descalzos. Previendo el huracán mecánico se había recogido el pelo en un rodete. Le endulzaba los labios un brillo casi imperceptible.
Le costó llegar hasta la baranda del balcón, caminaba contra el viento y el cuerpo le pesaba. Se cansó de gritar "¿quién es, quién es?" No escuchaba y tampoco podía ver las caras de los dos hombres (aparentemente los mismos del primer abordaje). El viento le cerraba los ojos, la cortina le azotaba la espalda. Las lágrimas, el polvo y el viento apenas le permitían ver. ¿Quién es, quién es?, repetía. Arrojaron otro paquete que, ésta vez, destrozó el vidrio de la puerta del balcón. Ella rescató el regalo hurgando en los restos de cristal, arrepentida de no haberse calzado para la ocasión. El dolor de los vidrios penetrando en la planta del pié y en las manos sirvieron para sumarle realidad a la situación; ante la evidencia de la sangre no podía dudar que estaba despierta. El paquete tenía otra nota idéntica a la anterior.          
Casi no pudo volver a dormir ni comer. Usaba los días sólo para trabajar y las noches para pensar explicaciones y revivir los dos hechos más asombrosos de su vida. La situación le recordaba una escena en la cual Roberto Redford lleva a Demi Moore en un helicóptero para tener sexo en un crucero gigante que los espera en medio del mar. Inmediatamente el remitente adquirió cara, cuerpo, historia; y fue igualito a Robert Redford.
Pasaron tres noches insomnes, eternas, hasta que el helicóptero volvió a flotar al borde del balcón. Volvieron el ruido, la hélice enfurecida y el huracán individual. Esa noche había tantas estrellas en el cielo que daba miedo. Se había puesto un vestido negro y ajustado, llevaba el pelo atado en una cola alta y lacia. La puerta del balcón estaba cerrada (adrede) y sobre el vidrio Clara apoyó un cartel. "¿Quién es? –¿Who is? -¿Chi é?- ¿Qui est?" rezaba el cartón. Estuvo segura de ver que uno de los hombres acercaba la vista para leer la pancarta y después notó que los tripulantes hablaban, pero le fue imposible leer los labios o comprender sus gestos. Entonces, con gran esfuerzo, abrió la puerta del balcón; el tornado literalmente chupó el cartel. El helicóptero partió y, entre los vidrios de la ventana de la cocina que quedaron pulverizados sobre el piso, Clara encontró otra cajita envuelta en papel dorado.
Tampoco pudo dormir esa noche, ni la siguiente. Pegó las tres notas (idénticas, anónimas) sobre el espejo de su cuarto. Había entrado en una locura inmanejable, lo único que lograba hacer era leer las cartas y esperar a que el desconocido se mostrara. Ya no pensaba en los vecinos, no le importaba la ruina en que había quedado convertido su departamento y, menos todavía, su trabajo o los amigos que alguna vez había tenido. Cuando le revoloteaba la idea de que estaba soñando se miraba los pies y las manos lastimadas, consultaba las facturas de la vidriería y sobre todo, despegaba del espejo las escuetas declaraciones de amor.
Ningún vecino, ni siquiera la portera (que vivía del oxígeno de los chismes) le preguntó jamás que pasaba en su balcón algunas noches tormentosas. Evidentemente estaba rodeada de insensibles, de personas con los sentidos gastados y sueño pesado. En algún punto le hubiera gustado que se percataran del revuelo que un hombre, igualito a Robert Redford, era capaz de levantar sólo por acercarle una nota de amor.
No dejaba de pensar en el momento en que el galán (seguramente bastante maduro, como el actor) asomara desde el helicóptero estirando el brazo para subirla. Veía su brazo fuerte, masculino, los gemelos dorados cerrando un puño ancho y por fin las manos grandes arrancándola del sexto piso. "Un pañuelo", pensó, "la próxima vez tengo que ponerme un pañuelo en la cabeza; tipo Jackie, o como en Casablanca..."
El cuarto descenso del helicóptero la encontró más Marilyn que Jackie, recostada sobre el sofá con bastante champagne sosegándole las ideas. El vestido blanco le apretaba la cintura y la falda se abría en un vuelo que habría sorprendido al mismísimo Arthur Miller. El escote profundo denunciaba la ausencia de lencería y las sandalias (altísimas) le alargaban las piernas premeditadamente. Sobre una bandeja esperaban entrar a escena un pañuelo de gasa, las tres notas y una copa vacía.
 El helicóptero se acercó más que nunca, con movimientos sensuales, atrevidos. Parecía estar dentro del balcón. Clara se sujetó el pañuelo y levantó una nueva pancarta. "¿Quién es? –¿Who is? -¿Chi é?- ¿Qui est?" Era una pregunta desesperada. Agitaba el cartel con esfuerzo, mientras se sujetaba el vestido (la falda se le pegaba a las pestañas pastosas). Las plantas se le venían encima. Trastabillaba sobre las sandalias blancas, que apenas podía dominar. Terminó tirándose al suelo para evitar rodar balcón abajo. Con la mano derecha se aferró al envoltorio dorado mientras con la otra se sostenía de la reja. Tragó un poco de tierra del cactus mexicano. El helicóptero partió muy lentamente y mientras se alejaba, la tranquilidad volvía al sexto piso. Las incómodas sandalias le facilitaron el paso hacia el living, otra vez cubierto de cristales.
Gracias al Chandon y el estímulo adicional de un Valium (siguió el estilo Marilyn hasta el final) esa noche durmió. Esta vez el paquete había chocado contra ella y, como había pasado con casi todos los vidrios que daban al oeste de su departamento luminoso de dos dormitorios, ahora ella estaba destrozada.
Dijo que lo peor de la cuarta nota no fue que iba dirigida a una tal Perla, sino el final, donde el misterioso millonario, artista o loco había escrito "SOY YO".
También comentó que, por vergüenza, sólo le contó lo que había pasado a una persona, según ella, la única capaz de creerle y no mandarla a un manicomio: el vidriero. 
 

FIESTA FIN DE CURSO T A L L E R

Publicado en General el 16 de Noviembre, 2005, 11:13 por scalona

HACEMOS LA CEREMONIA-FIESTA

DE CIERRE DEL TALLER  2005 en EL BERLÍN, 

Pje. Zabala  1168 de Rosario,

el MARTES 29 de noviembre desde las 21 hs.-

La entrada será libre y gratuita al público. 

Habrá el bufet y servicio de bar habitual del BERLÏN,

debiendo abonar el público, cada uno, lo que consuma.

El acto consistirá en LECTURA DE LOS TEXTOS de los participantes del taller.-

Música en VIVO a cargo de artistas invitados y nuestros propios juglares:

Tomás, Marcelo Sánchez, un servidor y algún otra caradura...

para finalizar, BAILE CON SELECTAS GRABACIONES.

DE LOS TEXTOS, o una síntesis, vamos a imprimir una REVISTA para entregar al público, de modo que, NECESITO CUANTO ANTES, que seleccionen los textos que van a leer o incluir en la publicación.  QUE NO SE PASE de tres carillas o páginas de A-4 por cada uno...

NO SE DUERMANNNNNNNNNNN.... 

INVITEN... BLOGEN... CLIKEN

María Virginia

Publicado en General el 16 de Noviembre, 2005, 10:24 por Van Helsing

                   Gabriel recuerda bien aquella tarde en que practicaban gimnasia en el club. Recuerda, claro, los buzos azules que los obligaban a vestir y la rebeldía inocente de colocar las gruesas medias de algodón blanco sobre los pantalones, fabricando a la vista una especie de bota. Varones y mujeres trabajaban por separado, pero aquella tarde el profe Raúl había faltado y la profesora de gimnasia -una chica delgada, de cuerpo fibroso y pelo corto- se había hecho cargo de los dos grupos. Tras el habitual desorden inicial logró establecer las rutinas para la entrada en calor, en las dos canchas de básquet que el club del barrio prestaba a la escuela una vez por semana, los lunes, cuando estaba cerrado para los socios.

Pero en ambos grupos faltaba un alumno: él en los varones, María Virginia en las mujeres. Se habían quedado charlando, a un costado. Ella estaba sentada sobre la baranda metálica que bordeaba la cancha, con las piernas un poco abiertas, y él la observaba casi desde el suelo, en cuclillas. Se había agachado para atarse un cordón y se había quedado como un indio, acechando, observando a esa protohembra enfundada en un buzo de gimnasia ajustado, con la cabeza coronada de rulos castaños, la piel blanquísima, la boca roja, los ojos grandes y la sonrisa esplendorosa.

Para colmo el sol que empezaba a bajar la iluminó por detrás, y Gabriel se sintió cada vez más pequeño, embelesado. La epifanía se extendió hasta que la disolvió un grito.

-      Señorita, deje de “parlar” y vaya a su grupo. Y usted también.

La profesora sonreía con las manos en la cintura, en la pose propia de un futbolista cuando mide con la vista dónde intentará colocar el tiro libre.

Gabriel se paró de golpe, a la vez que María Virginia, con un saltito calculado tocaba tierra, balanceando los pechos prominentes, y quedaba casi en sus brazos. Se saludaron y fueron a integrarse a sus manadas.

María Virginia tenía en armonía el cuerpo y el alma. Una armonía turgente, tibia, promisoria. Las demás cachorras lo advertían y aceptaban su liderazgo natural, sus aires de reina, su caprichos de recreo.

En la semana siguiente hubo muchas miradas de ella y muchos silencios de él. Cuando meses más tarde Gabriel la invitó a salir, ella le dijo que el momento ya había pasado. Se lo dijo sin violencia, con un dejo de picardía. Ya fue, te lo perdiste, ahora estoy en otra cosa.

Gabriel conserva la torpeza de aquellos años y la recuerda siempre en la dulzura de esa tarde. Aunque siguieron viviendo en el mismo barrio, al año siguiente comenzaron la secundaria y se vieron muy poco. Evitó cuidadosamente asistir a las reuniones de los exalumnos, año tras año. Siempre pensó que las mujeres como María Virginia se casaban con actores de Hollywood, con estancieros o con empresarios exitosos.

No quería correr el riesgo de verla malcasada con un suboficial de la Prefectura, llena de hijos, envejecida y divorciada de sí misma, con el alma por un lado y el cuerpo por otro.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-