"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Oblongas

Publicado en General el 8 de Noviembre, 2005, 9:39 por Van Helsing

Las oblongas fueron las armas en nuestra sorda y supuestamente exitosa batalla contra el sistema, allá en los oscuros principios de los ochenta. Por si alguien no lo recuerda, eran los tiempos de José Mercado.

 Hacíamos el doble turno del Politécnico, así que entre las once y las trece teníamos un sabroso intermedio, tres días por semana. Al principio lo ocupábamos en comer y estudiar, y poco a poco la geografía cercana, hasta entonces terra incognita se nos fue revelando; casi todos nosotros teníamos quince años ‑de aquel entonces‑ y veníamos de la profundidad de los barrios. Conocimos el Parque Urquiza, con sus cañones, el planetario y el Sembrador, las barrancas, la Plaza López, el centro y, sobre todo, las salas de flippers.

 Al principio, Fabio descubrió que en el Club Temperley, a pocas cuadras del Poli, por Ayacucho, había dos máquinas en las que se podía jugar, en un momento en que estaban prohibidas para los menores de 18.

 Después apareció un local, bastante escondido, quizás en la calle Cochabamba o Pasco, y también a pocas cuadras, que pertenecía a una institución para chicos discapacitados: dos o tres máquinas y una mesa de billar, donde el alemán Lembach hacía esas maravillas que nos hacen preguntarnos todavía por qué no se está ganando la vida como Paul Newman en El color del dinero. En el local deambulaban chicos con Síndrome de Down, y en nuestra crueldad adolescente, verbal y secreta, el lugar tenía un nombre que ahora nos da vergüenza, aunque nunca tuvimos un gesto equivocado hacia esos chicos pacíficos que nos interrogaban con sus miradas hondas y dulces.

 Algunas veces, con horas libres anunciadas a tiempo, hacíamos un viaje hasta Arroyito, que se repetía en alguna salida de fin de semana, hasta el bar de don Karami, en Avenida Génova y bastante cerca de la cancha de Central. El bar estaba en la esquina, y el salón y la barra formaban una "L" gloriosa, donde cabían las mesas, el flipper y una mesa de Casín, en la que los parroquianos jugaban a las cartas por plata. Nosotros no pasábamos de una gaseosa y de una infinidad de fichas jugadas en la máquina a la cual era casi imposible sacarle un partido. Salvo, por supuesto, que jugara el Alemán. Adrián nos había hecho conocer ese refugio de la cultura, en la zona norte donde muchos vivíamos.

 Pero la cuestión de las oblongas surgió con el libre acceso a las salas de juego. En Alem y Pellegrini, justo frente a la parada del 210, en la vereda opuesta al mítico bar Blanco, se abrió un local enorme en una esquina obscenamente vidriada. Pronto se llenó por igual de flippers y prehistóricos videojuegos, en los que había que recorrer un circuito de autos rodeado de palmeras o destruir formaciones de naves espaciales que se abalanzaban sobre los angustiados disparos del jugador.

 Entonces, una mañana o una tarde, escuché la palabra mágica: oblongas. Pensé en La caja oblonga de Poe, que tiene adentro una muerta y sal, esa caja que entra en emergencia cuando el barco que la transporta naufraga, y se hunde en el océano arrastrando al marido doliente.

 Pero estas oblongas eran una creación de Oscarcito y del Loro Esteban. Habían encontrado la forma de hacer fichas de plomo, con moldes de yeso. La línea de producción estaba bastante ajustada, algo así como cuatro fichas por minuto, con varios moldes que tenían una vida útil de unas veinte coladas. Así que las fichas se reproducían, eran primorosamente retocadas a lima, y salían al ruedo. A nosotros nos costaban el triple de su peso en plomo, lo cual era bastante justo teniendo en cuenta el trabajo y el material inutilizable. Claro que el plomo era fácil de conseguir, en cualquier galponcito de los fondos de nuestras casas.

La cuestión era cómo introducir las fichas sin que el dueño del local se diera cuenta. Al principio era sencillo, hasta que aparecieron las primeras cajas de las máquinas atiborradas de oblongas. De allí en más, la técnica era comprar algunas fichas y, mientras se estaba jugando ‑con tres o cuatro de nosotros como barrera visual‑ introducir la oblonga, que se deslizaba graciosamente para confirmar con un ruido seco su ingreso glorioso al corazón de la máquina. Las oblongas llegaron en nuestro auxilio cuando el vicio se nos hacía insostenible.

 Por un tiempo creímos que le estábamos ganando al sistema, aunque lo único que hacíamos era seguir presos de ese territorio hipnótico del cual habría de sacarnos, poco después, la guerra que se llevó la vida de los conscriptos y el despotismo de los generales, almirantes y brigadieres de la dictadura.

 A pesar de lo que digan los desmalvinizadores, muchos de nosotros tuvimos noticias, recién ahí, de que existía el imperialismo. Un poco más tarde, supimos que ese imperialismo había prohijado la dictadura, la deuda, la noche de horror que se llevó la vida y la libertad de miles de compatriotas. Y que su industria fabricaba también esas maquinitas, doblegadas durante un tiempo por las ingenuas oblongas que se escondían en nuestros bolsillos.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-