"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Un regalo de cumplaños para una amiga que vive en Israel (SÍ, DICE CUMPLAÑOS)

Publicado en Cuentos el 3 de Noviembre, 2005, 17:17 por El más peor de todos

Fuga y misterio

A Natalia Ricón

Se detuvo bruscamente. Emocionado.

Solamente otro argentino podía estar silbando « fuga y misterio » en la playa de Natanya,algunos kilómetros al norte de Jerusalem.

Siempre le resultaba grato encontrar alguien con quien poder hablar de Argentina. Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo en Buenos Aires.

Nostálgico, giró la cabeza y el cuerpo buscando al compatriota.

Cuando descubrió quién era el que silbaba , Enrique Benavídez quedó estupefacto. Delante suyo, de perfil,  a una decena de metros, una mujer de unos treinta años miraba ensimismada el agua mientras silbaba a Piazzzola. Estaba sentada sobre una toalla. A su lado, un bolso medio abierto dejaba ver un libro, « El Silencio ».

Reconoció enseguida ese rostro. Por imposible que fuera, delante suyo estaba Raquel Goldberg.

La playa comenzó a girar a su alrededor.

Había conocido a Raquel en el setenta y ocho.

Desde el primer momento quedó enamorado de ella. Lo arrobaba su pelo ensortijado, sus labios carnosos. Lo deslumbró el aroma de su piel.

Nunca pensó que una mujer podía oler así.

Por eso sufría con ella. Sufría por ella.

La cuidaba con cariño. Limpiaba sus heridas, la alimentaba cuando ella no podía comer.

Luego lo trasladaron. y dejó de tener contacto con ella.

Hasta la noche fatal donde nuevamente sus destinos se cruzaron.

Supo enseguida que era ella, a pesar de los moretones y los magullones.

Estaba anestesiada, le faltaban las uñas de los dedos de los pies y volaban sobre el Rio de la Plata. Su piel aún conservaba ese aroma particular, incluso en el momento en que la arrojó del avión hacia el negro vacío de la muerte.

Esa noche lloró amargamente. Al día siguiente habló con su superior y solicitó la baja de servicio activo.

Desde entonces tenía pesadillas con la recurrente escena de Raquel Goldber cayendo hacia su tumba marrón, adormecida, golpeada, rota, atada con alambres y cadenas. Cada noche la veía morir.

Y veinteséis años después la reencontraba allí, en la playa de Natanya. Exactamente como la recordaba antes de pasar por la Escuela.

Era imposible.

Él la había visto morir.

Él la había arrojado del avión.

Enrique Benavídez cayó de rodillas,mientras se tomaba la cabeza con las manos y su pálido rostro adquiría una mueca de terror.

Un sudor frío mojó su cuerpo mientras sentía cómo su conciencia dejaba de ser.

La frente se le abrió contra una piedra del suelo,pero él no lo sintió.

Fué socorrido de inmediato por atros bañistas, mientras el rostro de Raquel lo obervaba con los ojos abiertos cayendo a  su lado hacia el vacío infernal del terror marrón.

Cuando la ambulancia lo traslaba, murmuró una sola palabra: « fantasma »

Evangelina Aranguren dejó de silbar el tango cuando percibió el disturbio a su izquierda. Alcanzó a ver un hombre de unos sesenta años, canoso,con el pelo corto estilo militar. Estaba pálido, muy pálido. Como si estuviera aterrorizado. Como si hubiera visto un espectro.

En un instante larguísimo, el hombre cayó de rodillas, y luego se desplomó, echando espuma por la boca. Casi instantáneamente, dos o tres personas acudieron a socorrer al hombre desmayado.

Conmovida por la escena, Evangelina tardó en tranquilizarse y volver a lo que estaba haciendo.

No silbaba la canción de Piazzola que le hacía recordar las cenas de su infancia, cuando su padre veía el programa periodístico que usaba esa cortina. Por alguna razón, cada vez que pensaba en su niñez, esa canción y el olor de los scones recién horneados acompañaban ese pensamiento.

De a poco, retomó el hilo de sus ideas.

Volvió a pensar en su niñez.

También volvió a pensar en la semana anterior,cuando recibió el paquete sin remitente que contenía un libro y un mensaje. En ese mensaje alguien le revelaba que ella no era la hija del capitán Aranguren. El libro la acompañaba desde Buenos Aires y aún no lo había abierto.

No sabía porqué sus padres adoptivos le habían ocultado la verdad sobre su origen. Pero lo sospechaba.

Carlos Bagnato - Noviembre 2004

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-