"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Otro cuento viejo...

Publicado en Cuentos el 3 de Noviembre, 2005, 17:18 por El más peor de todos

Memoria de un dia

Hacía tiempo que no veía a Osvaldo. Casi desde que había vuelto de Europa, un par de años antes, más o menos por el ochenta y cuatro, o el ochenta y cinco.

Se había marchado al viejo mundo en el setenta y ocho. No éramos amigos en esa época, sino más bien conocidos. Yo era compañero de la facultad de  Julio, el hermano de Osvaldo. Estudiábamos Arquitectura. Solíamos pasar muchas horas de estudio y de ocio en su casa de la zona sur. Osvaldo, que es un par de años más grande, y estudiaba psicología. A veces se acercaba, con la excusa de tomar mate, especialmente cuando venían Martina y Ofelia, dos compañeras nuestras en la Universidad que en ese tiempo estaban muy bien.

Creo que lo que en verdad nos unió y tejió nuestra amistad fue la muerte de Julio, en el setenta y siete. Ese momento nos impactó muy profundamente, especialmente a Josefa, la mamá de Julio, que nunca entendió ni asumió la muerte de Julio. Un poco por mi propio dolor, y otro poco para acompañar a Josefa, seguí yendo a la casa de los Juárez después de la muerte de Julio. Eran tantos los momentos felices que encerraban esas paredes, que a mí me resultaba acogedor pasar un par de horas, día por medio, tomando mate con Josefa, mientras ella llevaba de acá para allá su corpachón, atendiendo los quehaceres domésticos . En ese momento fue cuando Osvaldo se acercó un poco más y comenzamos a reconocernos amigos, cada uno de nosotros era para el otro un espejo donde ver al que ya no estaba. Un gesto, una frase, tal vez una costumbre.

Fue una época dura.

Más o menos un año después de la muerte de Julio, Osvaldo se fue a Francia, nunca supe bien por qué. Viajó casi de un día para el otro. En ese tiempo, como una idea absurda, imaginé que algo parecido al remordimiento lo impulsaba, y que buscaba poner kilómetros entre él y su dolor.  Al principio nos escribíamos, pero con el tiempo, como es de esperar, las cartas se fueron distanciando. También se espaciaron las visitas a la casa de la zona sur. Mi noviazgo con Silvia y esas cosas de la vida fueron poniendo en segundo plano la amistad de la familia de Julio. Volví a visitar la casa de Osvaldo cando supe de la muerte de Josefa. Daba lástima verla chiquita y consumida dentro del féretro. Tanto dolor había soportado ese cuerpo.

Ni ese día, ni otro, tuve noticias de Osvaldo.

Tres o cuatro años después de la muerte de Josefa, y por pura casualidad, supe que Osvaldo había vuelto. Lo vi desde lejos, en una calle de barrio Echesortu. No sé si él me vio.

No volví a cruzarlo hasta que nos topamos, frente a frente, en la peatonal Córdoba.

Aprovechando el calor del verano de Rosario, y la enorme casualidad de encontrarnos así, de golpe, y con pocas obligaciones, invité a mi amigo a tomar algo, para celebrar el encuentro y ponernos al día con nuestras novedades.

La conversación era fluida y amena, Osvaldo contaba anécdotas de sus andanzas por París y Bilbao. Por supuesto que hablamos de mujeres.

- Sin embargo, después de recorrer muchos kilómetros, flaco, puedo decir que no hay nada mejor que una buena rosarina – dijo Osvaldo en un momento, casi casi como volviendo a ser el de antes. Me acordé de los terribles escándalos que se armaban en la puerta de la casa de Osvaldo, cuando se le  juntaban algunas de sus novias.

En aquella época los hermanos eran conocidos en el barrio por sus andanzas amorosas. Ambos tenían un porte gallardo y una forma de hablar que las chicas encontraban atractiva.

Con ese recuerdo fresco, levanté los ojos y no pude evitar comparar al vital y mujeriego Osvaldo con ese ser humano que caminaba conmigo. Las canas y las arrugas habían hecho estragos, y los brazos fuertes con los que acostumbraba levantar a Josefa en un discutible gesto de cariño, estaban fláccidos y flacos cayendo desacompasadamente a los lados del cuerpo. Pero lo peor eran los ojos. Estaban  vacíos, como cansados. Como los ojos de los viejos, cansados de haber visto tanto.

Subimos por Córdoba hacia Boulevard Oroño, e inevitablemente pasamos por la esquina de Córdoba y Moreno, en diagonal a la Plaza San Martín.

Invité a Osvaldo a tomar una cerveza en el bar que hacía poco habían abierto en el edificio donde antes, en los "años de plomo" de la dictadura, estaba el Comando del II Cuerpo de Ejército.

Era (es) un hermoso edificio, con una bellísima terraza y parque asomándose a la ochava del Paseo del Siglo. La construcción data de principios de siglo, y fue una mansión donde vivió durante muchos años una de las familias patricias de la ciudad. Como muchas de estas joyas de la arquitectura, esta casa fue, durante muchos años, utilizada con fines públicos, especialmente en los setenta, donde fue uno de los escenarios más significativos del terror dictatorial.

A pesar día caluroso, o precisamente por eso, elegimos el exterior. Nos sentamos en la terraza en una mesa de esas de madera, con una enorme sombrilla de lona. Desde nuestra  mesa alcanzábamos a ver, cruzando la plaza San Martín, la enorme mole del edificio de la ex - jefatura de policía, otra hermosa edificación de macabra fama y que ocupa una manzana entera.

Una moza de ajustados pantalones y busto generoso se acercó a tomarnos el pedido. Pedimos cerveza.

La conversación derivó de temas triviales a los años de la muerte de Julio, y al exilio de Osvaldo. No pudimos evitar, dado el lugar donde estábamos, recordar los secuestros, las torturas y las muertes producidas en esos años por el "Proceso ". Muchos de esos sucesos fueron planificados y ejecutados en el edificio donde estábamos ahora.

- Tal vez - dije con amargura, bajando los ojos - en este mismo lugar donde estamos sentados, alguien decidió sobre la vida o la muerte de otro. Quién sabe qué historias encierran estas paredes.

En este mismo edificio, entre los años setenta y seis y ochenta y tres, moría gente. Asesinada por quienes deberían brindarle protección, torturados y masacrados por policías y soldados conjurados para exorcizar quién sabe cuántos demonios de la sociedad. Y los que no morían fusilados, arrojados desde un avión al lecho del río marrón, o simplemente deshechos físicamente por los golpes y la picana, quedaban deshechos en el alma.

Muertos por dentro. 

El gobierno militar de la época, la "Dictadura" había emprendido una cruzada, una guerra santa contra todo y todos los que pensaban distinto. Sin distinción de sexo, edad, condición social y pertenencia política. Treinta mil personas murieron en esos años. Algunos de ellos, los más afortunados, tuvieron un entierro. Otros ni siquiera habían tenido cadáver. Simplemente se habían ido. Eran y son  "desaparecidos".

Sin cuerpo no hay delito.

Sin delito no hay condena.

Esa era la macabra consigna.

En ese recuerdo nefasto estaba nuestra charla cuando repentinamente, a la mitad de una frase, Osvaldo se levantó y salió de la terraza.

- No me siento bien - dijo con mala cara y agarrándose el pecho y el abdomen. Estaba pálido y sudaba.

Se adentró en el edificio, hacia el lugar donde está la barra. Dio vuelta una esquina y lo perdí de vista. Supuse que la cerveza y el calor estaban haciendo efecto y Osvaldo buscaba los baños.

Nada más errado.

Algunos minutos después, un inusual movimiento del personal del "Rock and Feller´s" me llamó la atención. La moza de pechos turgentes y un muchacho con aspecto de vigilador pasaron apurados, casi corriendo cerca de mi mesa.

Intrigado, me levanté, y tratando de no alertar a los demás parroquianos, me dirigí al sector del bar donde se registraba la agitación.

A un costado de la barra, medio oculta por la decoración, había una puerta que se abría a una angosta escalera que bajaba a un sótano o subsuelo.

Algunas voces venían de allí

Miré a mi alrededor. El desolado panorama  me animó a bajar.

La escalera, con escalones de madera gastados, bajaba haciendo una "ele", y terminaba en una especie de corredor angosto y oscuro.

Al final del corredor, una pequeña puerta de madera aparecía desencajada del marco. De hecho, el marco mismo estaba como arrancado.

Detrás de la puerta desvencijada se adivinaba una habitación que había pasado de largo en la restauración general del edificio.

Las voces del interior me dejaron adivinar que algo ocurría ahí adentro.

Entré.

Una única lámpara eléctrica colgando de un solitario portalámparas daba una luz insuficiente. Se trataba de un típico sótano de las casas de principios de siglo. Techos bajos, opresivos, en bovedilla, pisos de un mosaico calcáreo gastado y manchado. Paredes con revoque blando, arenoso y despintado. Había olor a humedad.

Cerca de la pared a mi izquierda, sobre el manchado y remendado piso, estaba el cuerpo exánime de Osvaldo Juárez. Tenía el hombro y el brazo derecho del saco desgarrado y manchado con la misma pintura verde de la destrozada puerta. A su alrededor, tres personas del bar intentaban reanimar a mi amigo.

En la pared, grabado en el revoque y resaltando la amarilla blancura de las letras escritas hace tiempo atrás, se alcanzaba a leer, con letras cuadradas,  "Osvaldo Juárez estuvo acá. Agosto 1976"

Carlos Bagnato - Marzo 2003

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-