"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




3 de Noviembre, 2005


La Caida de Gaturro...

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 20:27 por Paula Aramburu

El rincón más hermoso

Publicado en Poemitas. el 3 de Noviembre, 2005, 17:53 por montidoro

Un cadavérico rincón desenfunda

Una caricia ininterrumpida por el tiempo que me haces falta.

Ahogándome en la humedad de un corazón roto.

Despeinándome en la noche

Una noche que extraña tus ojos

Una noche que no deja mirar a mí alrededor

Una noche que no deja que te encuentre.

Una noche que solo pide soledad de alma y vacío existencial.

Colación de Grados

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 17:53 por scalona

será en la SUB-SEDE,

me están buscando

la fecha, entre el 10 y

el 20 de diciembre...

lectura pública,

música, invitados,

despedida del año,

y después...  ¿qué importa del después...? 

Homero

Publicado en Poemitas. el 3 de Noviembre, 2005, 17:51 por montidoro

Ahí va Homero.

Corriendo junto a su hijo.

Dejando atrás dos cuerpos metálicos,

Que transportan los cartones.

 

Ahí va Homero junto su hijo,

Correteando y mostrando una sonrisa ajena a su realidad.

Ahí va Homero cumpliendo el rol de padre.

Ahí va Homero cumpliendo el rol de hombre,

Y junto a él va su hijo,

Cumpliendo el rol de niño, y de grande.

Ahí van los dos.

Sonriendo hacia la meta.

Ahí van los dos.

 

La meta se desfigura.

Ya no es más el fin que anuncia al ganador,

Ahora es el fin de un momento hermoso.

Ahora solo es un container,

Que muestra una cruda realidad.

 

Ahí está Homero,

Erguido junto al container que devora a su hijo.

Ahí esta la misma lágrima que derramó en el container anterior.

Por las colectividades

Publicado en Cuentos el 3 de Noviembre, 2005, 17:28 por El más peor de todos

¡A los toros!

 

Esteban Aráoz estaba en Pamplona con un firme propósito. Él quería correr con los toros.
Había ahorrado durante tres años para costear su viaje desde Argentina hasta España, la estadía, los trámites, todo.
La mañana del Encierro, Esteban se calzó la boina y el pañuelo que había comprado para esa especial ocasión.
Con firme decisión y gallardo porte caminó hasta el vallado que cerraba las calles donde correrían los toros.
Dobló en una esquina, rumbo el encierro, justo a tiempo para desencontrarse con la mujer que estaba destinada a ser el amor de su vida.

 

Otro cuento viejo...

Publicado en Cuentos el 3 de Noviembre, 2005, 17:18 por El más peor de todos

Memoria de un dia

Hacía tiempo que no veía a Osvaldo. Casi desde que había vuelto de Europa, un par de años antes, más o menos por el ochenta y cuatro, o el ochenta y cinco.

Se había marchado al viejo mundo en el setenta y ocho. No éramos amigos en esa época, sino más bien conocidos. Yo era compañero de la facultad de  Julio, el hermano de Osvaldo. Estudiábamos Arquitectura. Solíamos pasar muchas horas de estudio y de ocio en su casa de la zona sur. Osvaldo, que es un par de años más grande, y estudiaba psicología. A veces se acercaba, con la excusa de tomar mate, especialmente cuando venían Martina y Ofelia, dos compañeras nuestras en la Universidad que en ese tiempo estaban muy bien.

Creo que lo que en verdad nos unió y tejió nuestra amistad fue la muerte de Julio, en el setenta y siete. Ese momento nos impactó muy profundamente, especialmente a Josefa, la mamá de Julio, que nunca entendió ni asumió la muerte de Julio. Un poco por mi propio dolor, y otro poco para acompañar a Josefa, seguí yendo a la casa de los Juárez después de la muerte de Julio. Eran tantos los momentos felices que encerraban esas paredes, que a mí me resultaba acogedor pasar un par de horas, día por medio, tomando mate con Josefa, mientras ella llevaba de acá para allá su corpachón, atendiendo los quehaceres domésticos . En ese momento fue cuando Osvaldo se acercó un poco más y comenzamos a reconocernos amigos, cada uno de nosotros era para el otro un espejo donde ver al que ya no estaba. Un gesto, una frase, tal vez una costumbre.

Fue una época dura.

Más o menos un año después de la muerte de Julio, Osvaldo se fue a Francia, nunca supe bien por qué. Viajó casi de un día para el otro. En ese tiempo, como una idea absurda, imaginé que algo parecido al remordimiento lo impulsaba, y que buscaba poner kilómetros entre él y su dolor.  Al principio nos escribíamos, pero con el tiempo, como es de esperar, las cartas se fueron distanciando. También se espaciaron las visitas a la casa de la zona sur. Mi noviazgo con Silvia y esas cosas de la vida fueron poniendo en segundo plano la amistad de la familia de Julio. Volví a visitar la casa de Osvaldo cando supe de la muerte de Josefa. Daba lástima verla chiquita y consumida dentro del féretro. Tanto dolor había soportado ese cuerpo.

Ni ese día, ni otro, tuve noticias de Osvaldo.

Tres o cuatro años después de la muerte de Josefa, y por pura casualidad, supe que Osvaldo había vuelto. Lo vi desde lejos, en una calle de barrio Echesortu. No sé si él me vio.

No volví a cruzarlo hasta que nos topamos, frente a frente, en la peatonal Córdoba.

Aprovechando el calor del verano de Rosario, y la enorme casualidad de encontrarnos así, de golpe, y con pocas obligaciones, invité a mi amigo a tomar algo, para celebrar el encuentro y ponernos al día con nuestras novedades.

La conversación era fluida y amena, Osvaldo contaba anécdotas de sus andanzas por París y Bilbao. Por supuesto que hablamos de mujeres.

- Sin embargo, después de recorrer muchos kilómetros, flaco, puedo decir que no hay nada mejor que una buena rosarina – dijo Osvaldo en un momento, casi casi como volviendo a ser el de antes. Me acordé de los terribles escándalos que se armaban en la puerta de la casa de Osvaldo, cuando se le  juntaban algunas de sus novias.

En aquella época los hermanos eran conocidos en el barrio por sus andanzas amorosas. Ambos tenían un porte gallardo y una forma de hablar que las chicas encontraban atractiva.

Con ese recuerdo fresco, levanté los ojos y no pude evitar comparar al vital y mujeriego Osvaldo con ese ser humano que caminaba conmigo. Las canas y las arrugas habían hecho estragos, y los brazos fuertes con los que acostumbraba levantar a Josefa en un discutible gesto de cariño, estaban fláccidos y flacos cayendo desacompasadamente a los lados del cuerpo. Pero lo peor eran los ojos. Estaban  vacíos, como cansados. Como los ojos de los viejos, cansados de haber visto tanto.

Subimos por Córdoba hacia Boulevard Oroño, e inevitablemente pasamos por la esquina de Córdoba y Moreno, en diagonal a la Plaza San Martín.

Invité a Osvaldo a tomar una cerveza en el bar que hacía poco habían abierto en el edificio donde antes, en los "años de plomo" de la dictadura, estaba el Comando del II Cuerpo de Ejército.

Era (es) un hermoso edificio, con una bellísima terraza y parque asomándose a la ochava del Paseo del Siglo. La construcción data de principios de siglo, y fue una mansión donde vivió durante muchos años una de las familias patricias de la ciudad. Como muchas de estas joyas de la arquitectura, esta casa fue, durante muchos años, utilizada con fines públicos, especialmente en los setenta, donde fue uno de los escenarios más significativos del terror dictatorial.

A pesar día caluroso, o precisamente por eso, elegimos el exterior. Nos sentamos en la terraza en una mesa de esas de madera, con una enorme sombrilla de lona. Desde nuestra  mesa alcanzábamos a ver, cruzando la plaza San Martín, la enorme mole del edificio de la ex - jefatura de policía, otra hermosa edificación de macabra fama y que ocupa una manzana entera.

Una moza de ajustados pantalones y busto generoso se acercó a tomarnos el pedido. Pedimos cerveza.

La conversación derivó de temas triviales a los años de la muerte de Julio, y al exilio de Osvaldo. No pudimos evitar, dado el lugar donde estábamos, recordar los secuestros, las torturas y las muertes producidas en esos años por el "Proceso ". Muchos de esos sucesos fueron planificados y ejecutados en el edificio donde estábamos ahora.

- Tal vez - dije con amargura, bajando los ojos - en este mismo lugar donde estamos sentados, alguien decidió sobre la vida o la muerte de otro. Quién sabe qué historias encierran estas paredes.

En este mismo edificio, entre los años setenta y seis y ochenta y tres, moría gente. Asesinada por quienes deberían brindarle protección, torturados y masacrados por policías y soldados conjurados para exorcizar quién sabe cuántos demonios de la sociedad. Y los que no morían fusilados, arrojados desde un avión al lecho del río marrón, o simplemente deshechos físicamente por los golpes y la picana, quedaban deshechos en el alma.

Muertos por dentro. 

El gobierno militar de la época, la "Dictadura" había emprendido una cruzada, una guerra santa contra todo y todos los que pensaban distinto. Sin distinción de sexo, edad, condición social y pertenencia política. Treinta mil personas murieron en esos años. Algunos de ellos, los más afortunados, tuvieron un entierro. Otros ni siquiera habían tenido cadáver. Simplemente se habían ido. Eran y son  "desaparecidos".

Sin cuerpo no hay delito.

Sin delito no hay condena.

Esa era la macabra consigna.

En ese recuerdo nefasto estaba nuestra charla cuando repentinamente, a la mitad de una frase, Osvaldo se levantó y salió de la terraza.

- No me siento bien - dijo con mala cara y agarrándose el pecho y el abdomen. Estaba pálido y sudaba.

Se adentró en el edificio, hacia el lugar donde está la barra. Dio vuelta una esquina y lo perdí de vista. Supuse que la cerveza y el calor estaban haciendo efecto y Osvaldo buscaba los baños.

Nada más errado.

Algunos minutos después, un inusual movimiento del personal del "Rock and Feller´s" me llamó la atención. La moza de pechos turgentes y un muchacho con aspecto de vigilador pasaron apurados, casi corriendo cerca de mi mesa.

Intrigado, me levanté, y tratando de no alertar a los demás parroquianos, me dirigí al sector del bar donde se registraba la agitación.

A un costado de la barra, medio oculta por la decoración, había una puerta que se abría a una angosta escalera que bajaba a un sótano o subsuelo.

Algunas voces venían de allí

Miré a mi alrededor. El desolado panorama  me animó a bajar.

La escalera, con escalones de madera gastados, bajaba haciendo una "ele", y terminaba en una especie de corredor angosto y oscuro.

Al final del corredor, una pequeña puerta de madera aparecía desencajada del marco. De hecho, el marco mismo estaba como arrancado.

Detrás de la puerta desvencijada se adivinaba una habitación que había pasado de largo en la restauración general del edificio.

Las voces del interior me dejaron adivinar que algo ocurría ahí adentro.

Entré.

Una única lámpara eléctrica colgando de un solitario portalámparas daba una luz insuficiente. Se trataba de un típico sótano de las casas de principios de siglo. Techos bajos, opresivos, en bovedilla, pisos de un mosaico calcáreo gastado y manchado. Paredes con revoque blando, arenoso y despintado. Había olor a humedad.

Cerca de la pared a mi izquierda, sobre el manchado y remendado piso, estaba el cuerpo exánime de Osvaldo Juárez. Tenía el hombro y el brazo derecho del saco desgarrado y manchado con la misma pintura verde de la destrozada puerta. A su alrededor, tres personas del bar intentaban reanimar a mi amigo.

En la pared, grabado en el revoque y resaltando la amarilla blancura de las letras escritas hace tiempo atrás, se alcanzaba a leer, con letras cuadradas,  "Osvaldo Juárez estuvo acá. Agosto 1976"

Carlos Bagnato - Marzo 2003

Un regalo de cumplaños para una amiga que vive en Israel (SÍ, DICE CUMPLAÑOS)

Publicado en Cuentos el 3 de Noviembre, 2005, 17:17 por El más peor de todos

Fuga y misterio

A Natalia Ricón

Se detuvo bruscamente. Emocionado.

Solamente otro argentino podía estar silbando « fuga y misterio » en la playa de Natanya,algunos kilómetros al norte de Jerusalem.

Siempre le resultaba grato encontrar alguien con quien poder hablar de Argentina. Habían pasado muchos años desde la última vez que estuvo en Buenos Aires.

Nostálgico, giró la cabeza y el cuerpo buscando al compatriota.

Cuando descubrió quién era el que silbaba , Enrique Benavídez quedó estupefacto. Delante suyo, de perfil,  a una decena de metros, una mujer de unos treinta años miraba ensimismada el agua mientras silbaba a Piazzzola. Estaba sentada sobre una toalla. A su lado, un bolso medio abierto dejaba ver un libro, « El Silencio ».

Reconoció enseguida ese rostro. Por imposible que fuera, delante suyo estaba Raquel Goldberg.

La playa comenzó a girar a su alrededor.

Había conocido a Raquel en el setenta y ocho.

Desde el primer momento quedó enamorado de ella. Lo arrobaba su pelo ensortijado, sus labios carnosos. Lo deslumbró el aroma de su piel.

Nunca pensó que una mujer podía oler así.

Por eso sufría con ella. Sufría por ella.

La cuidaba con cariño. Limpiaba sus heridas, la alimentaba cuando ella no podía comer.

Luego lo trasladaron. y dejó de tener contacto con ella.

Hasta la noche fatal donde nuevamente sus destinos se cruzaron.

Supo enseguida que era ella, a pesar de los moretones y los magullones.

Estaba anestesiada, le faltaban las uñas de los dedos de los pies y volaban sobre el Rio de la Plata. Su piel aún conservaba ese aroma particular, incluso en el momento en que la arrojó del avión hacia el negro vacío de la muerte.

Esa noche lloró amargamente. Al día siguiente habló con su superior y solicitó la baja de servicio activo.

Desde entonces tenía pesadillas con la recurrente escena de Raquel Goldber cayendo hacia su tumba marrón, adormecida, golpeada, rota, atada con alambres y cadenas. Cada noche la veía morir.

Y veinteséis años después la reencontraba allí, en la playa de Natanya. Exactamente como la recordaba antes de pasar por la Escuela.

Era imposible.

Él la había visto morir.

Él la había arrojado del avión.

Enrique Benavídez cayó de rodillas,mientras se tomaba la cabeza con las manos y su pálido rostro adquiría una mueca de terror.

Un sudor frío mojó su cuerpo mientras sentía cómo su conciencia dejaba de ser.

La frente se le abrió contra una piedra del suelo,pero él no lo sintió.

Fué socorrido de inmediato por atros bañistas, mientras el rostro de Raquel lo obervaba con los ojos abiertos cayendo a  su lado hacia el vacío infernal del terror marrón.

Cuando la ambulancia lo traslaba, murmuró una sola palabra: « fantasma »

Evangelina Aranguren dejó de silbar el tango cuando percibió el disturbio a su izquierda. Alcanzó a ver un hombre de unos sesenta años, canoso,con el pelo corto estilo militar. Estaba pálido, muy pálido. Como si estuviera aterrorizado. Como si hubiera visto un espectro.

En un instante larguísimo, el hombre cayó de rodillas, y luego se desplomó, echando espuma por la boca. Casi instantáneamente, dos o tres personas acudieron a socorrer al hombre desmayado.

Conmovida por la escena, Evangelina tardó en tranquilizarse y volver a lo que estaba haciendo.

No silbaba la canción de Piazzola que le hacía recordar las cenas de su infancia, cuando su padre veía el programa periodístico que usaba esa cortina. Por alguna razón, cada vez que pensaba en su niñez, esa canción y el olor de los scones recién horneados acompañaban ese pensamiento.

De a poco, retomó el hilo de sus ideas.

Volvió a pensar en su niñez.

También volvió a pensar en la semana anterior,cuando recibió el paquete sin remitente que contenía un libro y un mensaje. En ese mensaje alguien le revelaba que ella no era la hija del capitán Aranguren. El libro la acompañaba desde Buenos Aires y aún no lo había abierto.

No sabía porqué sus padres adoptivos le habían ocultado la verdad sobre su origen. Pero lo sospechaba.

Carlos Bagnato - Noviembre 2004

choco y dulce de leche..... Omarmayyyyyyyy

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 15:22 por scalona

O M A R   trae la segunda y última torta...

 chocolate y dulce de leche...

eeeapépé...... che... locos... no se van a venir con un bizcochuelo ehhh, miren que las ensaimadas de AGUADO y la gateau de LILIAN eran como del shooockeiclúúúú.....

nuestro cielo

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 15:11 por scalona

se verá así... aunque mañana a la noche se cumpla

( lo adelantan todos los pronósticos )

la sempiterna maldición gitana

COLECTIVIDADES = DILUVIO

nuestro cielo, igual se verá así...

de última, si llueve mucho, alguien dirá

como La Knicks (Lorena) a Pereda al final

de El Portador:   "...dame otro abrazo. Abrazada, se me pasa..."

la torta la trae....

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 15:07 por scalona

B A G N A T O... and the winner is... god bless you.....

GABI GERVASONI  viene 21,30 para la previa...

che... no sean malpensados !!!!!

Falta el hielo y un par de brazos más para la utilería...

Encuentro alumbrístico

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 14:52 por El más peor de todos

Confirmo llevamiento torta Stop

Pregunto concurso podemos presentar cuento Y poema o solo unode los dos Stop

nuestro cielo

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 14:49 por scalona

algunas - os... que me preguntaron si podían traer amigas -os... A LA FIESTA  LITERODANCE, aún no me confirmaron quiénes son y cuántos...  digo, saben que no se puede traer novio-novia-amantes-espoSSas - Sosos, ni disfrazados de Neruda... ojito... pero avísenme che...  AHHHH... sí, Susana me confirmó de Juliana... ¿what ells...?

 ¿Y si nos cae el público de la Feria de las Colectividades...?

¿Qué nombre le ponemos a nuestro Stand...?   

¿República de las Letras...?  NO, no.... muy obvio...

¿Letralia...?  hummmmm....

 Ahí me gusta un cachito más... 

igual habría que pervertirlo otro poquito...

SE ANIMAN  ?????

nomalumbré nomalumbré....

Hielo y Lamparitas... t o r t a ? ? ?

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 14:40 por scalona

NECESITO DOS VOLUNTARIA-OS 

que mañana viernes,

vengan tipo 21,30, y traigan,

dos bolsas de hielo rolito,

y ese rato previo para colgar

las luces, poner las mesas, hacer la previa

catando el Nacary Titarelli,   etc etc etc....

me olvidaba,  NADIE VA A

TRAER  UNA TORTA  ? ? ? ?

Una sombra

Publicado en Cuentos el 3 de Noviembre, 2005, 9:40 por Paula Aramburu

El pañuelo blanco sostiene su cabeza en alto.

Es lo único que parece evitar que su cuerpo se derrumbe como una ilusión perdida en lo profundo de la memoria.

Sus ojos muertos gritan dolor.

Su garganta abierta de par en par desgarra miseria.

Sus manos resquebrajadas tejen y destejen redes de odio.

Avanza lenta sosteniendo su alma gris con el último suspiro.

Avanza lenta, muy lenta, por los negros pasillos de esa noche roja como el mismo infierno.

Ella sabe que es un día definitivo.

Sabe también, que todo terminará muy pronto.

Y sabe que sus dioses, una vez más, la han abandonado a su destino más temido.

Ellos se lo han dicho hace tiempo: es muy probable que él ya no esté; le han dicho que es muy probable que él no vuelva; que existe la espantosa posibilidad de que él...

Avanza lenta, con su pañuelo blanco sosteniendo su cabeza en alto.

A su alrededor, algunos locos, perdidos, borrachos, vociferan  en las calles frases sin sentido. Caen de boca en el vacío de la noche enajenada, y se revelan furiosos al pie de la estatua de Temis.

Ella, agitada, aturdida, desorientada, se deja llevar por el pesado vaivén de los recuerdos.

Camina ciega por las calles llenas de ausencia.

En un naufragado intento de recuperar lo irrecuperable, busca su presencia como entonces.

Recorre galerías, bares, esquinas y túneles tratando de recuperar su olor, su aliento, sus gestos.

Pero a su paso, sólo tropieza con hojas de diarios viejos, suelas de zapatos gastadas, flores marchitas, y algún que otro hombre abandonado a su suerte.

El rencor cae pesado, de un solo golpe, sobre su espalda como la noche negra cae sobre el día. Lo innombrable perfora sus ojos como la lanza de los caballeros perfora el corazón de su enemigo.

Ella avanza lenta.

Su cabeza sostenida por el pañuelo blanco.

Ella avanza lenta hasta que tropieza con él, inmerso en la sombra de las tumbas sin nombre.

Después de todo, ellos se lo habían dicho.

 

 

                                                                           Paula Aramburu

                                                                          

        

Tus Fotos

Publicado en General el 3 de Noviembre, 2005, 7:15 por scalona

 

 

TUS  FOTOS

 

 

 

He vuelto a poner tus fotos

por toda mi casa.

Las escondí

cuando nos separamos

pensando que al no verte

escaparían los recuerdos.

 

Algunas

las di vuelta contra la pared.

La del casamiento, la metí

en una caja en el banco

y la de la luna de miel

en el fondo

de una bolsa

con todos los recibos pagos

del API.

 

Pero no sé bien cómo ni porqué...

algunas fotos hablan

se mueven

y se hacen película.

 

Quizá fuera esa invocación de Onetti

que me paso el día leyendo

al final del capítulo uno

de La Vida Breve

cuando él o Díaz Grey

sueñan con un milagro de primavera.

 

Quizá fuera la tormenta de Santa Rosa

Katrina, Wilma

o lo de siempre

tus ojos

atravesando mis derrotas.

Pero justo a comienzos de octubre

aparecieron

tímidamente

los primeros brotes de tus fotos

en mis paredes.

 

Primero

pensé lo más obvio:

el alucinado deseo

de un niño loco de amor.

Sin embargo

ahora

tiene la forma del presagio:

la mujer que limpia

les ha pasado el plumero

y dice

 que primero apareció un contorno

y a la tercer pasada del Blem

nítida

 tu cintura.

Lorenza

largó un grito de susto

o sorpresa y vino corriendo

a decirme... – Señor, tus fotos

(me tutea y me dice Señor) se han erguido otra vez.

 

Desde sus clavos

pienso

hartos de sostener

imitaciones

de mujeres

pintadas por Klimt

o por Schiele.

 

Y ahí estás...

otra vez

perenne

sosegada

infinita

suave

dichosa

como una reina

que sabe

que la forma

es una extensión del contenido.

 

 

 

Marcelo  Scalona


  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-