"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




28 de Octubre, 2005


Un diálogo de sordos

Publicado en Cuentos el 28 de Octubre, 2005, 21:00 por dvaldez

Una tarde

 

-         ¿Ya terminaste la carta?- Preguntó el jefe calándose los anteojos

-         Se la pasé a Segovia que redacta mejor que yo- Contestó Mario despreocupadamente.

-         ¿Y los documentos, los metiste en un sobre sellado como te dije?

-         Sellado y con una cinta por las dudas.

-         Bien. Acordate que tiene que despacharse hoy sin falta.

-         No hay problema, ya le indiqué a Segovia que cuando termine meta la carta y el sobre en uno más grande y la deje en mesa de entradas para que la procesen urgente.

-         Con aviso de retorno.

-         Con aviso, si.

-         Bien. Si el ingeniero Echeverría la recibe mañana, como máximo tendrá los documentos un par de días, así que la respuesta la estaremos recibiendo entre viernes y lunes. El martes como mucho.

-         Colombres

-         ¿Cómo?

-         El ingeniero Colombres. Usted dijo Echeverría.

-         Si, Echeverría, el de Sistemas Litoral.

-         No, no. Usted me dijo que la carta era para el ingeniero Colombres, de Echeverría 2470.

-         No, Mario. La calle es Colombres. El ingeniero es Echeverría.

-         No, ¿en serio? Entonces me mandé una cagada.

-         ¡No me digás que la mandaste equivocada!. Andá urgente y decile a Segovia que arregle todo ya. Y bajá de las nubes Mario, por favor.

-         Usted me dijo ingeniero Colombres. Mire, lo tengo anotado acá. ¿Ve?

-         Bueno si, no importa. Rajá antes que se piante y arreglá el quilombo.

Mario salió de la oficina sin protestar, mascullando justificaciones por lo bajo mientras se acercaba a la sección de compras.

-         No Marito, el sobre ya salió- Segovia  fruncía los ojos tratando de descifrar lo que la computadora le mostraba . Hace veinte minutos pasó Pancho y me pidió que le entregara todo lo que había. Anda apurado el guacho.

Segovia acercó su cara a la de Mario y en tono de confidencia le dijo:

-         ¿Viste la pendeja esa que siempre venía a la mesa de entradas a preguntar cualquier boludez?

-         ¿Cuál?- Peguntó Mario- ¿la pelirroja tetona?

-         Esa. ¿Le viste el orto? ¡Mamita! ¡Le comía el pantalón! Bueno, resulta que parece que andaba caliente con el Pancho. Se arrima el otro día y no sé qué pavada le pregunta. Palabra va, palabra viene, y no va que el pendejo se la levanta. Como los dos estaban laburando, quedaron en verse hoy. Pero la mina está casada y a las siete tenía que estar en la casa, así que el pancho se pidió una hora de permiso y lo llamó al Tuerto para que venga a retirar la correspondencia antes de tiempo. ¡Le deben haber volado las manos precintando las sacas! Ahora ya debe de estar meta y meta con la minita. Lo que es ser joven…

 

 

-         Imprimo una copia nueva corregida y envío todo de vuelta, jefe. Lo llevo yo mismo hasta el Correo.

-         No Mario. La carta se puede arreglar, pero el documento era original. No podemos mandarle una copia así nomás, va a quedar como el culo. ¡Qué cagada che! Necesito esa respuesta antes del miércoles. Se la tengo que llevar al Gerente y vos sabés como es Ávila. ¡Pero qué boludo! ¿Cómo te confundiste, cómo?

-         Mire: Usted me dijo ingeniero Colombres de la calle Echeverría. ¡Lo tengo en el papel! ¡No puedo ser tan pelotudo!

-         Parece que sí. El jueves fue lo mismo. ¿no te dije que me imprimieras tres copias de la comunicación interna en papel A4 y me trajiste cuatro copias en papel A3? ¿Y el helecho? El que me regaló mi mujer ¿Te acordás? Tenía un cartel. ¿Qué decía?

Mario bajó la mirada y con tono culpable recitó:

-         “Soy helecho, no basurero. No arroje sus residuos aquí”

-         ¿Y vos qué hiciste Marito? ¡Le tiraste café! ¡Con restos de galletita en el fondo! ¡Para qué le pongo un cartel! ¡Andá a saber cuanto hacía que le tirabas tus porquerías! Se pudrió. ¿Te acordás del olor que largaba? ¡Y eso no es lo peor! ¡La tengo que aguantar a mi mujer preguntándome todos los días por la planta! “Que no lo riegue mucho”, “Que lo saque un poco al sol”, ¿Qué querés que le diga, que Marito el huevo largo lo hechó a perder?

El jefe apoyó las palmas de las manos en el escritorio y se reclinó con cansancio en el sillón de cuero, cerrando los ojos.

-         Mirá Mario, perdoname. Estoy como loco. Hagamos una cosa: Imprimite una copia corregida, llamala a Adela y averiguá a que hora termina el recorrido el Tuerto. Te vas hasta el correo y lo esperás. Le pedís el sobre, cambiás la carta y mañana en vez de venir para acá te llamás un remís y le llevás el sobre personalmente al ingeniero. De paso, le recordás que necesitamos la respuesta lo antes posible. Decíselo con tacto, para que no parezca una imposición, ¿OK?

 

Mario colgó el teléfono y se volvió hacia el jefe.

-         Dice Adela que el Tuerto termina a eso de las ocho. Ángel….

-         Si, ¿Qué pasa?

-         ¿Me puedo retirar? Ya son las cinco y media y tengo que hacer unos trámites y como tengo que estar cerca de las ocho en el correo…..

-         Bueno, si, dale. Andá nomás. Pero antes haceme un favor: llegate hasta el quiosco y comprame un yogurt dietético y unas pastillas de menta, por favor. Tomá la plata.

El jefe rebuscó en los bolsillos y le alcanzó a Mario un billete de veinte pesos.

A los diez minutos volvió Mario con el pedido colgando de una bolsa de plástico blanco. El jefe no estaba.

-         ¡Ángel….!-llamó, mirando para todos lados.

-         Ya salgo- Se oyó la voz apagada del jefe desde el baño.

-         Bueno, me voy. Le dejo las cosas sobre el escritorio. Hasta mañana.

-         Hasta mañana, Mario. ¡no llegués tarde al correo!

Cuando Ángel entró a la oficina, sobre el escritorio lo esperaba una botellita de Coca Cola y un paquete de chicles de mentol, entremezclados con algunos billetes arrugados y monedas desparramadas. Tomó con resignación la botella y la puso a un lado. Abrió despacio el envoltorio de los chicles y se puso una tableta en la boca. Masticando lentamente, se acercó al pechero.

-         “Al menos acertó en algo”- pensó mientras se ponía el saco- “los chicles son dietéticos”

                                                                           DANIEL VALDEZ

EL CANARIO o el dolor de vivir

Publicado en General el 28 de Octubre, 2005, 17:33 por scalona

E L     C A N A R I O

 

 

 

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aún después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: “Antes allí debía de colgar una jaula”. Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

            ...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si le hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharle. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.

            ¡Le quería! ¡Cuánto le quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: “¿Ya estás aquí, amor mío?”, Y en aquel instante parecía brillar sólo para mí. Pareciera que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y sin embargo no lo es. O quizá el dolor de lo que uno echa de menos, sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.

            ...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mi misma diciéndole:

            -¿Ya estás aquí, amor mío?

            Desde aquel instante fue mío.

            ...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: “¡Señora! ¡Señora!”. Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa.  Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversionista nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir. “Eres un verdadero comediante”, le decía riñéndole. Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. En su percha jamás había una mancha. Y sólo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, y, sosteniéndose con una pata, se secaba el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto, me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.

            ...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban “el adefesio”. No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: “¿Sabes cómo la llaman a tu señora?”. Y él ladeó la cabeza, y me miró con un ojito reluciente, de tal forma, que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.

            ...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: “¿Por qué no tiene un fox-terrier bonito? No consuela ni acompaña un canario”. No es verdad, estoy segura. Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como que al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. Supongo que aún estaba medio dormida: pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: “He soñado un sueño horrible” o “Protégeme de la oscuridad”. Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil “¡Tui-Tuí!”. La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. “¡Tui-tuí!”, volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: “Aquí estoy, señora mía: aquí estoy”. Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.

            ...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más le oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. Me sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.

            ...Sin embargo, a pesar de que yo no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?

                               

                                                                   * * * * * * *

           

                                                                  * * * * * * * *

                                                                * * * * * * * *

                                                  Katherine Mansfield

  1888-1923. Nació en Nueva Zelanda y murió en Francia, en el Monasterio Gurdjieff, en Fontainebleau.

Penitencias

Publicado en Cuentos el 28 de Octubre, 2005, 17:18 por gabrielagervasoni

PENITENCIAS

                   -¿Eso querés?

                   No pude contenerme y grité que no, que no quería caer al pozo. Lloré muy fuerte. Para que el aire me llegara a los pulmones tenía que inspirar tan profundo que el cuerpo me temblaba. Ramona me arrastró lejos del pozo tironeándome de la ropa.

                   -A mí no me toman más para la chacota, manga de malcriadas. Vos, Laura, metete de nuevo en la casilla y te quedás quieta hasta que yo te diga –dijo Ramona-. Mi hermana se sacó el colgante del cuello, me lo dio y fue corriendo hasta un baño en desuso que había en el patio.

                   Ese día Laura  perdió el miedo a los bichos imaginarios, al “hombre de la bolsa” y a Ramona. Inexplicablemente desde esa larga penitencia en el baño no creyó más en ninguna de sus amenazas y a partir de ese momento el poder de nuestra niñera se esfumó. Con la nueva actitud de mi hermana se resolvió una parte del problema, porque yo empecé a sufrir sólo mis humillaciones, a sentir impotencia por el abuso de Ramona sólo respecto de mí.

                   Con una frialdad pasmosa para una nena de siete años, comencé a planear la penitencia de Ramona. Debía ser dolorosa pero, sobre todo, definitiva. Laura  fue mi cómplice. A pesar de que pensé que su inocencia podría perjudicarnos, mi hermana fue colaboradora y sumamente reservada. En realidad la penitencia no era sólo para Ramona, por efecto colateral nuestra obra empezaba a tener también un co-protagonista.

                   El plan comenzó a ejecutarse un sábado de sol calcinante. Una llovizna breve había levantado el calor del piso y casi no se podía respirar. El objeto elegido fue una esclava de oro que mi madre había recibido al cumplir quince años. Para Laura  las alhajas eran como una continuación de mamá, por eso antes de tirarla al pozo la tuvo un rato largo en la muñeca. Comprobamos que el pozo realmente era profundo: la pulsera desapareció como si la tierra se la hubiera tragado.

                   Al otro día, en el horario en que Ramona dormía la siesta, fui yo la encargada de alimentar el pozo con los aritos de brillantes de la abuela Elisa (una joya única, según decía Ramona). Cuando decidí tirar al pozo el anillo de compromiso de mamá Laura no estuvo de acuerdo. A ella le gustaban los colores y la sortija tenía dos rubíes, dos zafiros y un brillante. Cuando la convencí y tuve que arrojarlo, Laurita cerró los ojos apretándolos con fuerza, como si le doliera algo dentro del cuerpo.

                   En total, el pozo recibió doce piezas de oro y piedras. Haber tirado más hubiera sido un desatino. Confieso que me sentí capaz de desprenderme de todo lo que mamá guardaba en su habitación, incluyendo sus vestidos, sus zapatos y las pequeñeces que me recordaban sus innumerables y frívolos abandonos.

                   Mis padres volvieron una semana después del día en que tiré al pozo el collar de perlas de doble vuelta. Ellos estaban contentos y bronceados. Ramona les informó que nos habíamos portado bien, lo cual era cierto, ya que la consumación de su penitencia nos había mantenido entretenidas y tranquilas.

                   Una noche oí que mamá llamaba a Ramona a los gritos. Estuvieron en el cuarto de arriba cerca de una hora; corrían muebles, rugían, hablaban y de a ratos se escuchaba chillar a Ramona. Lloraba con verdadera angustia, con desesperación. Me recordó mi propio llanto.

                   A la mañana siguiente nuestra niñera y sus cosas no estaban en la casa. Le pregunté a mamá a dónde había ido Ramona pero ella no contestó.

                   -¿La echaste? –insistí-.

                   -Sí –me dijo-. Son cosas de grandes, cuando crezcas vas a entender.

                   Y entendí.

                   Mamá no.

Gabriela Gervasoni

LAS HORAS

Publicado en Cuentos el 28 de Octubre, 2005, 15:42 por erreve2003

 

                                             LAS HORAS

 

 Veía caer las horas muertas de la noche, a través de la ventana de la habitación 121 del sanatorio. Desde allí podía observar cómo el reloj inglés de la torre de la estación de trenes casi en desuso, le daba forma al tiempo. La verdad que el tiempo es relativo, pensó, una hora puede resultar días para el que espera. Al lado de él su esposa dormía un profundo sueño de calmantes para el dolor y de sedantes. La cirugía estaba programada para las diez de la mañana. Él, ya había firmado los papeles de rigor que deslindaban responsabilidades a los médicos, por si sucedía lo que nadie esperaba que pase.

 Había pedido unos días de licencia en el trabajo, para poder acompañarla durante el post operatorio. No hubo problemas por eso. Se trataba de un trabajo de ventas por comisión No vende, no cobra. Acá el sueldo se lo hace uno, no hay techo para ganar, le había dicho el gerente.

  Comenzaron los primeros colores de la mañana. Era una suerte que la ventana diera al amanecer. Dios me tiró un hueso, dijo en voz baja. En verdad, nunca había creído demasiado en Dios, pero en ese momento optó por la fe. No hay mucho a qué aferrarse en lugares como esos.

 Con precisión quirúrgica la llevaron exactamente a las diez a la sala de operaciones. Sería una cirugía larga y difícil. No llevaría menos de cinco horas, según lo previsto.

 El cirujano salió anticipadamente. Le explicó que el tumor se extendía hasta una zona vital, lo que hacía imposible extirparlo. Algo que no había salido en los estudios. La llevarían unas horas a terapia. Después la bajarían a la sala. En breve, le darían el alta.

 Volvió a la habitación. Le cambió el agua al florero y humedeció las siemprevivas. Después fue hasta la ventana. Apoyó la frente en el vidrio y clavó la vista en algún punto de la nada.

 Afuera el sol caía de lleno sobre la ciudad, con la fuerza perpendicular del mediodía.

 En el reloj inglés, daban las doce.

 

                                                                  Roberto Vince

 

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Publicado en ¡¿Blog?! el 28 de Octubre, 2005, 12:02 por maripau

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Autores
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