"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




Un cuentonto viejito...

Publicado en Cuentos el 24 de Octubre, 2005, 13:23 por cbagnato

Contratapa

La página en blanco. Nada más que la maldita página en blanco.

Y el reloj.

El tiempo que se escapa, acercándome cada vez más al límite de la entrega.

Casi había expirado el plazo para enviar mi artículo para la contratapa del diario.

No había cigarrillo o café que me hiciera tener una idea mínimamente rescatable para escribir.

Para colmo, el director de contenidos me había puesto un tema imposible: "Pinza". Me había dado el tema con una sonrisa en la boca. Disfrutando el aprieto en el que me había puesto. Jamás en mis diez años de trabajo en el diario había fallado en la entrega de mi artículo semanal para la contratapa del domingo. Y no iba a dejar que esta vez fuera la primera.

Había escrito con fiebre, borracho, sin dormir, hambriento, e incluso mientras trabajo en otras lugares, a escondidas de mis jefes de turno.

Pero esta vez, la madrugada avanza y la hoja seguía inmaculada.

Pinzas.

La lámpara de mi escritorio ilumina un círculo amarillo sobre los papeles desordenados.

Pegado en el monitor, un papelito sucio por los años y el manoseo, con una frase de Carver "Un punto colocado en el lugar correcto tiene más fuerza que un hierro".

Pinzas.

La pantalla de monitor en blanco.

La taza de café vacía. El envoltorio de la hamburguesa en un rincón del escritorio, detrás de los disquetes.

Abro uno a uno los cajones, buscando, tal vez inspiración.

Pero nada. Papeles viejos. Envoltorios de hamburguesas. Una foto que hace tiempo decidí no ver nunca más.

Me rasco la cara y me refriego los ojos. Me levanto hacia la cocina, pero a mitad de camino me detengo y cambio de rumbo.

Descuelgo el abrigo del perchero, tomo las llaves del departamento y bajo por el ascensor. En el palier del edificio, se siente el frío del sábado por la noche.

Me pongo el abrigo y salgo a la calle.

¿Dónde encontrar una pinza a esta altura de la madrugada?

Había decidido que la inspiración vendría sola si podía tener el objeto en mis manos. Sabía de sobra que no existía una sola pinza en mi departamento. Soy de los que llaman a un electricista para cambiar una lámpara. Un inútil para el trabajo manual. Tampoco iba a tocarle el timbre a ningún vecino.

Pinzas, pienso.

En la esquina, miro indeciso. ¿Dónde ir?

A pocas cuadras una estación de servicio abierta veinticuatro horas parece la mejor opción.

Pinzas. Solamente a una mente retorcida como la de Heriberto se le ocurre que debo escribir sobre ese tema. Conocía de sobra el sistema que utilizaba para torturarme con los contenidos de mis contratapas domingueras. Una enciclopedia y un dado de diez caras. Lo arrojaba cuatro veces para definir el número de la página, luego dos veces más para saber cuál palabra era la reclamada por el azar.

Heriberto Contreras adoraba atosigarme, presionarme.

Perdedor, no dejaba de repetirme. Especialmente después que mi última esposa me abandonara por él.

Cavilando comencé a caminar hacia la estación de servicio.

El tráfico era bastante denso. Demoré ujn par de minutos en cruzar.

En la esquina había un grupito de jóvenes con caras torvas y actitud poco amistosa.

¿Era realmente un perdedor?

Esa bruja me abandonó por él.

Caminé sin desviarme. Debía pasar cerca del grupo de pelos de colores y ropa oscura.

¿Un cigarro, maestro?, me espetó uno de los holgazanes.

Metí la mano en el bolsillo del abrigo.

Saqué el paquete que llevaba sin abrir.

Con toda naturalidad, el peludo lo tomó y se lo guardó. Iba a decir algo, pero preferí la pérdida de los cigarrillos.

¿Era un perdedor?

Dame un poco, le digo a uno de los que, tirados en la esquina, tiene la botella de cerveza en la mano.

Con cara de atontado, el chico, de unos dieciséis años, alarga una mano llena de tatuajes Tomo el envase y apuro un sorbo amargo y fuerte.

Devuelvo la bebida agradeciendo con un gesto de la cabeza.

¿Era un perdedor?

Seguramente que el cobarde de Contreras no su hubiera animado a pasar por esa esquina, y mucho menos a pedir cerveza a los malentrazados.

Reconfortado sigo adelante.

Pinzas, pienso.

Pero la página sigue en blanco.

A media cuadra de la estación de servicio, una indiscreta luz en una ventana me distrae. Una sombra femenina se desnuda. La magia se rompe cuando otra sombra se acerca y la abraza. Sin dejar de mirar hacia arriba, camino despacio.

Un golpe en la sien me trae a la realidad. La columna indicadora de la parada de taxis.

Todavía dolorido, entro en la paya de la estación de servicio. En el bar, una multitudinaria fauna nocturna se entrega a distintas actividades.

Dentro del bar, la sensación de zoológico se multiplica.

El murmullo incesante. Alguna esporádica risa. Una voz aguda y chillona sobresale de la letanía general.

Olor a pelos, a ropa, a maquillaje, a cigarrilos baratos.

Detrás del mostrador, un empleado ofuscado y harto esfuerza una sonrisa.

Pinzas, digo.

No tengo, dice.

Caramba, que contrariedad, digo.

Lo siento, dice.

Una Coca Cola Light, entonces, digo.

Tómela usted mismo, dice.

¿Cuánto le debo?, digo

Uno con treinta, dice.

Pinzas, pienso.

Quién sabe qué piensa el empleado ofuscado y harto, que vuelve a fingir una sonrisa cuando me da el vuelto.

Salgo al frío de la madrugada.

Destapo la gaseosa.

La cabeza trabajando a destajo para resolver el problema.

No tengo pinza.

No tengo inspiración.

No tengo contratapa.

No tengo compañía para un sábado a la noche.

¿Soy un perdedor?

Perdido en las divagaciones, regreso a mi departamento, pero por otro camino, no sea cosa de cruzarme de nuevo con algún impresentable de esos de la esquina.

Repentinamente un olor nauseabundo sube desde el suelo.

¡Mierda!, digo

Eso mismo. Acabo de pisar un enorme pedazo de mierda, regalo de, por lo menos, un Gran Danés. O dos.

Limpio mi zapato contra un saliente de la vereda rota. Todavía tengo el zapato sucio cuando retomo el camino.

Y el penetrante olor que sube y me acompaña me recuerda las palabras de Heriberto Contreras.

Llego a la puerta de mi edificio.

Un vómito de tamaño industrial, como todas las desgracias de esta noche aciaga, me obliga a caminar cauteloso sobre el piso de mármol.

Consigo pasar más o menos impune.

Llamo el ascensor.

Subo hasta mi departamento en el tercer piso.

Con cuidado, me saco los zapatos sucios en el palier. Al lado de la bolsa de residuos. Espero que ningún vecino diligente y madrugador saque mi basura con los zapatos haciéndole compañía. No es que los zapatos estén buenos, o sean de marca. Pero son los únicos que tengo.

Y, sinceramente, merecen jubilarse. Más si los veo llenos de mierda y vómito.

Entro al departamento.

La lámpara del escritorio está encendida.

Pinza.

El monitor de la computadora en blanco.

Busco el diccionario.

Pinza: f. Instrumento de diversas formas y materias cuyos extremos se aproximan para sujetar algo: tiene las pinzas de tender la ropa en un cajón del tendedero.
 Pinza: apéndice prensil de ciertos artrópodos, como el cangrejo, el alacrán, etc.: ten cuidado con las pinzas de los cangrejos, no te vayan a agarrar un dedo.
 Pinza: pliegue de una tela terminado en punta, que sirve para estrecharla o como adorno: me gustan los pantalones de pinzas.
 Pinza: pl. Instrumento, generalmente de metal, parecido a unas tenacillas, que sirve para coger, sujetar o arrancar cosas menudas: se quita los pelos de las cejas con unas pinzas de depilar.

Nada de contratapas domingueras.

Ni siquiera me saco el abrigo o caliento el café.

Pongo un disco. No un CD, un disco. De pasta. De "Bechet‑Spanier Big Four", con Muggsy Spanier en corneta, Sidney Bechet en clarinete y saxo soporano, Carmen Mastren en guitarra y Wellman Braud en contrabajo. Los registros son de 1940. El disco tiene el título de Ragtime Jazz. Tal vez porque hay dos versiones realizadas en 1957, con la denominación de "Muggsy Spanier" con un personal desconocido. De las versiones originales de 1940 falta en el LP solo una "If I Could be With You".

¿Soy un perdedor?

Me siento frente a la máquina.

Pinzas.

La maldita página en blanco.

Y el reloj que marca, inexorable, el paso del tiempo.

Carlos Bagnato

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-