"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




23 de Octubre, 2005


Frutos muertos

Publicado en Poemitas. el 23 de Octubre, 2005, 19:48 por Paula Aramburu

muy despacio me acercaré hacia la tangente inquebrantable de tu boca 

allí donde las fresas tan dulces tan secas duermen su sueño de bosque perdido

allí donde los animales tan feroces tan hambrientos se desgarran

las pieles las vísceras las tráqueas

allí donde desesperados matan el esquema inútil de sus tristezas

sólo restan un par de palabras pequeñas en tu boca de frutos muertos

pero yo besaré tanto tus labios que el mar desbordará sus orillas

y así desapareceré intangible en tu dique de sales y algas

y escribiré en el agua una impronta nueva y una queja en tus manos blandas

y me esconderé un tanto enloquecida en los pliegues de tus pasos

esta noche quizás

decida no quemar mis sueños

y miraré hacia el cielo esta noche

aunque decidas no mirarme

 

Mientras, tanto...

Publicado en Poemitas. el 23 de Octubre, 2005, 19:32 por maripau

:: Mientras ::

Mientras desabrocho el saco de invierno

dejáme que te cuente de mis nuevas respuestas.

Un vecino en el ascensor me habla siempre del clima:

- Parece que va a estar lindo, hoy...

- Si, parece que va a estar lindo...

Repito lo que me dice

llegamos a planta baja.

-

Tengo una colección de imanes en la heladera

y una experiencia obsoleta

que me sirve desde vos y en adelante.

-

Él

viene a la tarde

y los silencios todavía son incómodos.

Me mira fijo, con una intensidad que inquieta.

Amenaza con demoler mi imperio.

El portero ya lo deja entrar

y yo me doy cuenta que lo espero.

Me enoja, si no viene

y después me molesta si no se va.

No le digo ni una cosa ni la otra.

Aunque lo segundo se me nota.

 Cree que conocer mis cosquillas le da alguna garantía.

¿Se dará cuenta del color de ausencia en las paredes?

-

En busca de las tibiezas perdidas

muchas cosas me demoran.

Un lunar, puede llevarme adonde quiero ir

a esos tiempos en que eras dueño de mi espalda.

-

¡Tengo una felicidad tan de entre casa...!

Encuentro cosas que ni me acordaba de haberlas perdido.

Consigo algún imán nuevo.

Me hace reír.

Termino un libro más.

Se me ve feliz.

Y es una imagen tan creíble...

No sé si es vuelo o caída

o un estado de permanencia entre días gritones

a través de una llanura respirable bajo el cielo raso

y unos pies de estatua para cruzarla.

-

La constelación de mi rutina es la tristeza de lo simple:

la certeza de que nada hace efecto en vos.

-

Mañana le voy a explicar al vecino

que en septiembre

el frío está en otra parte

y que es mejor cuando lo esperamos

que no lleguen los días de verano.

-

Voces

Publicado en Poemitas. el 23 de Octubre, 2005, 19:18 por Paula Aramburu

Llora el cielo bajo el silencio un

mar de aguas secas

un mar de

sangre negra que duele y se vuelca

sobre la tierra muda sin

padre sin hijos sin nombre

Llueve el cielo lágrima tras lágrima

un mar de aguas muertas

aguas rojas que caen

tristes

en la recta circular de tus heridas

Escucho el eco de las voces de los

niños

escucho el horror que lloran los brazos de una

madre sin hijo sin casa ni espejos

escucho todavía escucho los gritos que surgen

sordos por entre las

paredes derrumbadas y

escombros cenicientos

que surgen sordos por 

entre los cuerpos

por entre la sangre de los huesos de los cuerpos

por entre los restos de los

cuerpos deshuesados

Son tus manos gemidos azules sin tierra

y caminos bifurcados en la niebla son mis noches blancas

Lloro el silencio de tu cielo, de tu sangre y de

tus cuervos

lloro la tristeza de tu nombre sin Nombre

lloro escombros y sepulturas y

estrellas y cruces

Lloro diez veces

diez años

ochenta y cinco voces.

 

tareas - Martes y Jueves

Publicado en General el 23 de Octubre, 2005, 12:09 por scalona

El texto de  Onetti  y la guía de trabajo sobre distintos discursos alrededor de la construcción del personaje.

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DIAZ GREY, LA CIUDAD y EL RIO

 

Cap. 2º  La vida breve (novela 1949 – Juan Carlos Onetti)

 

 

         Estiré la mano hasta introducirla en la limitada zona de luz del velador, junto a la cama. Hacía unos minutos que estaba oyendo dormir a Gertrudis, que espiaba su cara vuelta hacia el balcón, la boca entreabierta y seca, casi negra, más gruesos que antes los labios, la nariz brillante, pero ya no húmeda. Alcancé en la mesita una ampolla de morfina y la alcé con los dedos, la hice girar, agité un segundo el líquido transparente que lanzó un reflejo alegre y secreto. Serían las dos o dos y media; desde medianoche no había oído el reloj de la iglesia. Algún ruido de motores o tranvías, alguna vibración inidentificable entraba a veces en el olor a remedios y agua de colonia del cuarto.

            Antes de medianoche ella había vomitado, había llorado apretando contra su boca el pañuelo empapado en agua de colonia mientras yo le golpeaba suavemente un hombro, sin hablarle, porque ya había repetido, exactamente tantas veces como me era posible en el curso de un día: “No importa, no llores”. Mientras jugaba con la ampolla creía seguir oyendo, como manchas de ruidos antiguos que hubieran quedado en los rincones del cuarto, los sonidos resueltos, casi desesperados, con sus perceptibles matices de vergüenza y odio, que ella había hecho con la cabeza resignada sobre la palangana. Había sentido crecer contra mi mano la humedad de su frente, mientras pensaba en el argumento para cine de que me había hablado Julio Stein, evocaba a Julio sonriéndome y golpeándome un brazo, asegurándome que muy pronto me alejaría para de la pobreza como de una amante envejecida, convenciéndome de que yo deseaba hacerlo. “No llores –pensaba-, no estés triste. Para mí es todo lo mismo, nada cambió. No estoy seguro todavía, pero creo que lo tengo, una idea apenas, pero a Julio le va a gustar. Hay un viejo, un médico, que vende morfina. Todo tiene que partir de ahí, de él. Tal vez no sea viejo, pero está cansado, seco. Cuando estés mejor me pondré a escribir. Una semana o dos, no más. No llores, no estés triste. Veo una mujer que aparece de golpe en el consultorio médico. El médico vive en Santa María, junto al río. Solo una vez estuve allí, un día apenas, en verano, pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza. El médico vive allí, y de golpe entra una mujer en el consultorio. Como entraste tú y fuiste detrás de un biombo para quitarte la blusa y mostrar la cruz de oro que oscilaba, colgando de la cadena, la mancha azul, el bulto en el pecho. Trece mil pesos, por lo menos, por el primer argumento. Dejo la agencia, nos vamos a vivir afuera, donde quieras, tal vez se pueda tener un hijo. No llores, no estés triste”.

            Me recordé hablando; vi mi estupidez, mi impotencia, mi mentira ocupar el lugar de mi cuerpo, y tomar su forma. “No llores, no estés triste”, repetí mientras ella se aquietaba en la almohada, sollozaba apenas, temblaba.

            Ahora mi mano volcaba y volvía a volcar la ampolla de morfina, junto al cuerpo y la respiración de Gertrudis, dormida, sabiendo que una cosa había terminado y otra cosa comenzaba, inevitable; sabiendo que era necesario que yo no pensara en ninguna de las dos y que ambas eran una sola cosa, como el fin de la vida y la pudrición. La ampolla se movía entre mi índice y mi pulgar y yo imaginaba para el líquido una cualidad perversa, insinuada en su color, en su capacidad de movimiento, en su facilidad para inmovilizarse apenas se sosegaba mi mano, y refulgir sereno en la luz, fingiendo no haber sido agitado nunca.

            Estaba un poco enloquecido jugando con la ampolla, sintiendo mi necesidad creciente de imaginar y acercarme a un borroso médico de cuarenta años, habitante lacónico y desesperanzado de una pequeña ciudad colocada entre un río y una colonia de labradores suizos, Santa María, porque yo había sido feliz allí, años antes, durante veinticuatro horas y sin motivo. Este médico debía poseer un pasado tal vez decisivo y explicatorio, que a mí no me interesaba; la resolución fanática, no basada en moral ni dogma, de cortarse una mano antes de provocar un aborto; debía usar anteojos gruesos, tener un cuerpo pequeño como el mío, el pelo escaso y de un rubio que confundía las canas; este médico debía moverse en un consultorio donde las vitrinas, los instrumentos y los frascos opacos ocupaban un lugar subalterno. Un consultorio que tenía un rincón cubierto por biombo; detrás de este biombo, un espejo de calidad asombrosamente buena y una percha niquelada que daba a los pacientes la impresión de no haber sido usada nunca. Yo veía definitivamente, las dos grandes ventanas sobre la plaza: coches, iglesia, club, cooperativa, farmacia, confitería, estatua, árboles, niños oscuros y descalzos, hombres rubios apresurados; sobre repentinas soledades, siestas y alguna noche de cielo lechoso en las que se extendía la música del piano del conservatorio. En el rincón opuesto al que ocupaba el biombo había un ancho escritorio en desorden, y allí comenzaba una estantería con un millar de libros sobre medicina, psicología, marxismo y filatelia. Pero no me interesaba el pasado del médico, su vida anterior a su llegada, el año anterior, a la ciudad de provincias, Santa María.

            No tenía nada más que el médico, al que llamé Díaz  Grey, y la idea de la mujer que entraba una mañana, cerca del mediodía, en el consultorio, y se deslizaba detrás del biombo para desnudarse el torso, sonriendo, mientras se examinaba maquinalmente la dentadura en el inmaculado espejo del rincón. Por alguna causa que yo ignoraba aún, el médico no estaba en aquel momento con el guardapolvo puesto; tenía un traje gris, nuevo, y se estiraba los calcetines de seda negra sobre los huesos de los tobillos mientras esperaba que la mujer saliera de atrás del biombo. Tenía también a la mujer y pensé que para siempre. La vi avanzar en el consultorio, seria, haciendo oscilar, apenas, un medallón con una fotografía, entre los dos pechos, demasiado pequeños para su corpulencia y la vieja seguridad que reflejaba su cara. La mujer se detuvo de pronto, alargó una sonrisa en los labios; despreocupada y paciente, alzó los hombros. Por un instante, la cara sosegada se dirigió con curiosidad hacia la del médico. Después, la mujer volvió los talones y retrocedió sin apuro hasta desaparecer en el rincón del espejo, de donde saldría casi enseguida, vestida y desafiante.

            Dejé la ampolla entre los frascos de la mesita y el estuche del termómetro. Gertrudis alzó una rodilla y volvió a bajarla; hizo sonar los dientes, como si mascara la sed o el aire, suspiró y se quedó quieta. Sólo le quedaba, vivo, un encogimiento de expectativa dolorosa en la piel de las mejillas y en las pequeñas arrugas que le rodeaban los ojos. Me dejé caer, suavemente, boca arriba.

            ...El torso y los pequeños pechos, inmóviles en la marcha, que la mujer mostró a Díaz Grey eran excesivamente blancos; sólo en relación a ellos y a su recuerdo de leche y papel satinado resultaba chillona la corbata del médico. Muy blancos, asombrosamente blancos, y contrastando con el color del rostro y el cuello de la mujer.

            Oí gemir a Gertrudis y me incorporé, a tiempo para verla plegar los labios y aquietarse. La luz no podía molestarla. Miré la blancura y el sonrosado de la oreja de Gertrudis, demasiado carnosa, muy redonda, visiblemente conformada para oír. Estaba dormida, la cara siempre hacia el balcón, hermética, mostrando solo el filo de un diente entre los labios.

            ...Además del médico, Díaz Grey, y de la mujer –que desaparecía detrás del biombo para salir con el busto desnudo, volvía a esconderse sin impaciencia y regresaba vestida- tenía ya la ciudad donde ambos vivía. “No quiero algo decididamente malo –me había dicho Julio-, no una historia para revista de mujeres. Pero sí un argumento demasiado bueno. Lo suficiente para darles la oportunidad de estropearlo.”

            Tenía ahora la ciudad de provincia sobre cuya plaza principal daban las dos ventanas del consultorio de Díaz Grey. Sigilosamente, lento, salí de la cama y apagué la luz. Fui caminando a tientas hasta llegar al balcón y palpar las maderas de la celosía, corrida hasta la mitad. Estuve sonriendo, asombrado y agradecido porque fuera tan fácil distinguir una nueva Santa María en la noche de primavera. La ciudad con su declive y su río, el hotel flamante y, en las calles, los hombres de cara tostada que cambian, sin espontaneidad, bromas y sonrisas.

            Oí golpear las puertas del departamento vecino, los pasos de la mujer que entraba en el cuarto de baño y comenzaba después a pasearse, canturreando, sola.

            Estuve primero acuclillado, con el frente apoyado en el borde de la celosía, respirando el aire casi frío de la noche. Trapos blancos se sacudía y restallaban a veces en la azotea de enfrente. Un armazón de hierro, orín, musgo, ladrillos carcomidos, mutiladas molduras de yeso. Detrás de mí, Gertrudis continuaba durmiendo, roncando suavemente, olvidada, liberándome. La vecina bostezó y empujó un sillón. Volví a inclinar la cabeza hacia las barrancas y el río, un río ancho, un río angosto, un río solitario y amenazante donde se reflejaban apresuradas las nubes de la tormenta; un río con embarcaciones empavesadas, multitudes con trajes de fiesta en las orillas y un barco de ruedas que montaba la corriente con un cargamento de maderas y barriles.

            A mi izquierda, la mujer encendió una luz blanca en su balcón. “Algo no demasiado bueno, pero tampoco irremisiblemente tonto. Sugeriría además, una gota de violencia.” La mujer canturreaba, más audible ahora, e iba pisando el parquet con unos tacones brillantes y altos. No había pasos de hombre; ella vino hasta la celosía y la levantó sin dejar de cantar, hizo que la débil luz blanca se extendiera hacia el este, en la noche oscura. Continuaba canturreando con la boca cerrada; su sombra, casi inmóvil, se alargaba en las baldosas del balcón, desgarrada en los barrotes; las manos levantadas se movían con precisión y pereza, tocaban los broches de la ropa o deshacían el peinado. Después, dejó caer los brazos y resopló. Un olor a puerto vino con el viento. La mujer caminó hacia el centro de la habitación y comenzó a reír en el teléfono. Gertrudis murmuró una pregunta y volvió a roncar. La risa de la mujer crecía aguda y poderosa y se cortaba de golpe, moría dejando un silencio oscuro, casi redondo, rellenado por una especie de odio y desesperación familiares.

            -Decíle que tenga paciencia, Gorda. Que se aguante. Muy poco hombre, decíle –jadeaba apenas la voz de la mujer-. Que se lo pregunte a él... No, no tomé nada... Que nos deje hablar, decíle. Oíme, Gorda; no va a llover porque refrescó. Oíme. Se pasó la noche diciendo “mis dos palomitas blancas”, y se le caía la baba, palabra. Al final, claro... Pero es un caballero. Un caballero, Gorda, ya te voy a contar. ¿Vas a venir mañana? No, no quiero hablar con él, no le pasés el tubo. ¡Tenía un calor! Sólo pensaba en sacarme la faja, y ahora tengo frío. Ni pienso llamarlo, como si se hubiera muerto. Así se lo estuve diciendo a Ernesto... ¿Sí? Decile que si quiere le doy lecciones. Oíme, Gorda; decíle que a la abuela. No te olvidés mañana, que tenemos que arreglar para el sábado. Ya sabes adónde, decíle. Chau.

            La mujer retomó la canción con la nariz y dio vueltas por el cuarto, descalza ahora. Volvió al balcón, y antes que apagara la luz me llegó un perfume, un aroma que yo había respirado antes, mucho tiempo atrás, en un confusa reunión de calles con terrones, hiedras, una cancha de tenis, un farol meciéndose sobre la bocacalle.

            “La Gorda debe ser la gorda que estuvo ayudándola a esperar y sudando una noche de Carnaval en el departamento de Belgrano, sentada en el sillón que tal vez Ernesto llegó a conocer.

            “Todavía el pecho de Gertrudis puede rezumar sangre si se agita demasiado, según decía el médico, hecho de roscas de grasa, con voz y maneras de eunuco, de ojos cansados, semidisueltos, salientes y, sin embargo, proclamando el hábito de retroceder con la humildad del que se aburre a pesar de sus mejores deseos. Los ojos, mirando a Gertrudis, hartos hasta el fin de la vida de observar entrepiernas, pliegues, combas, blanduras, lugares comunes y anormalidades. Por ti cantamos, por ti luchamos. La cara colgante inclinada sobre adelantos y retrasos, el olor de la carne fresca y cocida que se alza desprendiéndose del perfume de las sales de baño o del de la colonia distribuida previamente con un solo dedo. Abrumado a veces por la involuntaria tarea de analizar el claroscuro, las formas y los detalles barrocos de lo que miraba y tratar de representarse lo que aquello había significado o podría significar para un hombre cualquiera, enamorado.”

            -Un argumento, vamos –había dicho Julio Stein-.; algo que se pueda usar, que interese a los idiotas y a los inteligentes, pero no a los demasiados inteligentes. Debés saberlo mejor que yo, como buen porteño-. Julio había escupido en su pañuelo sin hacer ostentación. Y como el médico triste y amable que miró a Gertrudis, con sus repentinas, destiladas sonrisas que morían rápidamente, como vibraciones en el agua, entre la blandura colgante de la cara, Díaz Grey debería tener los ojos cansados, con una pequeña llama inmóvil, fría, que rememoraba la desaparición de la fe en la sorpresa. Y tal como yo estaba mirando la noche de lento viento fresco, podía estar él apoyado en una ventana de su consultorio, frente a la plaza y las luces del muelle. Atontado y sin comprender, así como yo escuchaba el ruido de la ropa sacudida en la azotea de enfrente, el ritmo irregular de los ronquidos de Gertrudis y el pequeño silencio alrededor de la cabeza de la mujer en el departamento vecino.

            Oí llorar a Gertrudis, seguro de que continuaba dormida. “Mi mujer, corpulenta, maternal, con las anchas caderas que dan ganas de hundirse entre ellas, de cerrar los puños y los ojos, de juntar las rodillas con el mentón y dormirse sonriendo.”

            Díaz Grey estaría mirando, a través de los vidrios de la ventana y de sus anteojos, un mediodía de sol poderoso, disuelto en las calles sinuosas de Santa María. Con la frente apoyada y a veces resbalando en la suavidad del cristal de la ventana, próximo al rincón de las vitrinas o al hemiciclo del escritorio desordenado. Miraba el río, ni ancho ni angosto, rara vez agitado; un río con enérgicas corrientes que no se mostraban en la superficie, atravesado por pequeños botes de remo, pequeños barcos de vela, pequeñas lanchas de motor y, según un horario invariable, por la lenta embarcación que llamaban balsa y que se desprendía por las mañanas de una costa con ombúes y sauces, para ir metiendo la proa en las aguas sin espuma y acercarse, balanceándose, al doctor Díaz Grey a la ciudad donde vivía. Una balsa cargada de pasajeros, con un par de automóviles sujetos con cables, trayendo loa matutinos de Buenos Aires, transportando tal vez canastas de uvas, damajuanas rodeadas de paja, maquinarias agrícolas.

            “Ahora la ciudad es mía, junto con el río y la balsa que atraca en la siesta. Ahí está el médico con la frente apoyada en una ventana; flaco, el pelo rubio escaso, las curvas de la boca trabajadas por el tiempo y el hastío; mira un mediodía que nunca podrá tener fecha, sin sospechar que en un momento cualquiera yo pondré contra la borda de la balsa a una mujer que lleva ya, inquieta entre su piel y la tela del vestido, una cadenilla que sostiene un medallón de oro , un tipo de alhaja que ya nadie fabrica ni compra. El medallón tiene diminutas uñas en forma de hoja que sujetan el vidrio sobre la fotografía de un hombre joven, con la boca gruesa y cerrada, con ojos claros que se prolongan brillando hacia las sienes.”

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EL PERSONAJE – 2º p.

 

ESPACIOS FICCIONALES DONDE TRANSCURRE EL RELATO

 

MODELO:    Cap.  Dos de la novela LA VIDA BREVE  (J.C. ONETTI)

 

 

1.-  ¿En cuántos ámbitos, espacios, dimensiones, sucede el relato de este capítulo?

 

Ayuda:   hay dos dimensiones internas, más ficcionales o imaginarias y tres reales o externas, digamos, más objetivas.    Señalarlas, describirlas en el relato.

 

2.- ¿ Qué recursos literarios usa el autor para cada una ?

 

3.- ¿ En qué punto o frase se tocan, o, son uno mismo, el personaje narrador (1º persona-omnisciente) de la VIDA BREVE (aún no sabemos su nombre) y Juan Carlos Onetti ? ¿Cómo, dónde, por qué...?

 

4.- Señalar al menos una digresión poemática en el capítulo.

 

5.- ¿ Qué personajes hay en este capítulo ?  Decir sus nombres o aproximación, cuáles son, cómo se llaman y en qué historia o historias vive cada uno.  

 

6.- ¿ Qué forma o recurso o estilo va marcando Onetti en su modo de construir la novela ?

 

7.- ¿De dónde dice el autor-personaje  que le surgió el comienzo de su argumento para cine, en realidad, la novela dentro de la novela ?

 

8.- Señalar uno o más párrafos donde están imbricados distintos niveles de discurso, o de acción, o de historia, e incluso, de recursos literarios, mezclados, y sin embargo, claramente entendibles o identificables.

 

9.- ¿Cómo nos enseña el autor-personaje a construir un personaje ficcional (DIAZ GREY) ?

 

10.-  ¿Cómo desmenuzar ese acto germinal donde primero hay una fugacísima imagen mental acerca del sitio, (anclaje espacial-histórico donde va a ubicar su saga o historia universal, SANTA MARÏA, como la Yokpatanawka de Faulkner) y luego mete allí, no solo los primeros personajes, sino, particularmente... qué más...?

 

11.- ¿De dónde saca el personaje de la VIDA BREVE, el lugar donde va a transcurrir la novela (argumento para cine) dentro de la novela ?

 

CUANDO DECIMOS LA NOVELA DENTRO DE LA NOVELA, es porque, remitiéndonos al pto. 1.- hay varios niveles ficcionales imbricados en la narración. Es evidente que el personaje de LA VIDA BREVE, también es un escritor que tiene una historia en ciernes, él le llama argumento para cine. Y al mismo tiempo nos va contando cómo esa novela que está creando, es la misma que estamos leyendo... especie de perro que se muerde la cola, o juego de muñecas rusas... lo maravilloso, obvio, es que no se puede apreciar fácilmente la costura, el linde... es decir, qué es lo real o qué lo inventado... ¿hay alguna diferencia...?

 

¿ Santa María es menos real que Buenos Aires-Montevideo-Rosario ?

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Publicado en Cuentos el 23 de Octubre, 2005, 2:35 por montidoro

Subo los tres escalones más fatigosos de mi vida. Los escalones de la puerta de mi edificio. Llego hasta la puerta del ascensor, la miro, me mira con firmeza, como si estuviera esperando algo de mí. Y un hola desganado surge de mí. Hola le respondí. Nunca había visto ojos más hermosos. Me quedé atónita. Él parecía estar cansado y pensar que ahora somos vecinos. Pensar que rara vez podría responder su hola desganado, mientras sus ojos me inundan. No sé porque me mira tanto. ¿Tendré algo? ¿Le habrá caído mal mi hola bizarro? Pero bue, hoy no es mi día. No se puede estar bien con otros si yo no estoy bien conmigo mismo.

Mientras que la luz comienza una desenfrenada caída, ella lo miraba. Lo miraba sin darse cuenta de que la luz había llegado al fin del abismo y que había manchado el casillero en un rojo Planta Baja.

Esta puerta de mierda no se cuando piensan arreglarla, cada vez hace más ruido. Cada vez cuesta más abrirla. Por favor. Sus palabras, sus cortas palabras, y su gesto me dieron la orden de pasar primero. ¡Pero que lindos ojos! Luego entró él. Y cerró. Éramos él, yo y sus ojos. ¿Qué también le tengo que preguntar a que piso va? ¿A que piso vas? No lo escuché, ya que solo sentía la presencia de los azules. ¿Qué es sorda esta piba o esta fumada? Disculpame, ¿a que piso vas? ¡Huy ¡ diculpame vos, estaba en otra, al octavo. Ah, estos son los nuevos. ¿Serán estos los que rompieron la puerta de entrada entrando los muebles?, ¡que cosa seria che!. Pero que lindos ojos. ¿Vos a que piso vas? No me digas que se me va a poner a hablar porque la tiro por las escaleras. Al octavo también. Me gustaría que me mirara fijo toda la vida, ¡que hermosos ojos por dios! ¿Estudias? Huyyyyyy, ya la estoy acogotando. Si, ¿vos? Si. Va a pensar que soy una arrastrada. ¿Qué estudias? La mato. Psicología.

Un salto frívolo termina con el eterno viaje. ¡Gracias dios mío! Preguntando boludeces no le pude ni preguntar su nombre. No le puedo poner nombre a esos ojos. Unas acciones inapreciables dan como resultado un ascensor cerrado, una chica, un chico y unos ojos observados. Bueno, un gusto, chau. Chau, y se fue. Se fue con los ojos más hermosos del mundo.

Pato de mimbre

Publicado en Poemitas. el 23 de Octubre, 2005, 2:34 por montidoro

Un pato de mimbre

Mira con recelo la canilla.

La observa sin distraer la mirada,

Mientras se pregunta si el agua,

Que fluye por ese frío trozo de fierro,

Proviene de su estanque.

Duda.

Y vuelve a dudar.

Intenta recordar su estanque,

Intenta recordar sus compañeros,

Intenta recordar su origen.

De repente una brisa invernal, lo hacer reflexionar

Y cae al piso sin vida.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-