"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




22 de Octubre, 2005


No ves...?

Publicado en Poemitas. el 22 de Octubre, 2005, 19:57 por Paula Aramburu

No acerques tanto tu cara a la mía

por favor...

No ves que podría besarte?

No me susurres esas cosas al oído,

no ves que podrías convencerme?

No me roces la mano de ese modo.

No ves que podría no soltarte?

No me mires.

No me mires de esa manera.

No ves que podrías enamorarme?

No, no... por favor, no me abraces.

No me abraces tan fuerte

tan cerca

tanto.

No ves que podría quedarme?

El viaje

Publicado en Pavadas hechas texto, el 22 de Octubre, 2005, 19:40 por Paula Aramburu

El sol comienza a desaparecer sobre la línea del horizonte detrás de las montañas azules. El resplandor me encandila. Estoy casi ciega.

Unas horas atrás llovía desesperadamente. Ahora sólo algunas gotas se deslizan por el vidrio. Miro a través de una de ellas. Enfoco. Ya nada es lo mismo.

El sol se transforma en una sombra de fuego. La tierra es naranja, me quema las manos. La noche inminente devora los pájaros en su último vuelo hacia ninguna parte.

La velocidad estalla contra mi cara. El vidrio se quiebra. Mi cuerpo se estremece.

Las vías desaparecen debajo del tren. Un punto negro, otro azul, una línea de arena los une en el infinito. Abro los ojos en medio de un desierto.

Medianoche. La luna despierta en el fondo de la noche gris.

Silencio. Ruido. Silencio. Estoy casi sorda. Ya nada es lo mismo.

Atravieso oscuridad, ruido y silencio.

El duerme. Sentado frente a mí con los brazos cruzados sobre un libro de láminas confusas, plácido y tierno, duerme. Me detengo.

Refugio mi no sueño en esa imagen abstracta, enigmática y sombría. Me absorbe hasta el final del viaje. No puedo detenerme.

Levanto los ojos y me asomo una vez más al infinito de esta desértica noche. Ni una luz, ni una sombra, nada me indica el paso del tiempo.

Hundo mi cuerpo en el asiento. Tengo frío. Apoyo mi cabeza contra el vidrio que comienza a empañarse. Respiro una bocanada de aire profundo y cierro los ojos.

Kafka o el gatocordero

Publicado en General el 22 de Octubre, 2005, 19:39 por scalona

   

            Una vez, cuando era muy pequeño, había conseguido una moneda de diez centavos y tenía muchos deseos de dársela a una vieja mendiga que solía apostarse entre las dos plazas. Ahora bien, me parecía una cantidad inmensa de dinero, una suma que probablemente ningún mendigo había recibido jamás, y por tanto me avergonzaba hacer algo tan extravagante ante la mendiga. Pero de todos modos tenía que darle el dinero; cambié la moneda, le di un centavo a la vieja, luego di la vuelta entera a la manzana de la Municipalidad y de la arcada, volví a aparecer como un nuevo benefactor por la izquierda, volví a darle un centavo a la mendiga, me eché nuevamente a correr y repetí dichoso diez veces la maniobra. (O tal vez menos, porque creo que en cierto momento la mendiga perdió la paciencia y desapareció). De todos modos, al final me sentía tan agotado, también moralmente, que me fui corriendo a mi casa y lloré hasta que mi madre me repuso los diez centavos.

            Ya ves, tengo mala suerte con los mendigos, no obstante me declaro capaz de entregar toda mi fortuna presente y futura, cambiada en los billetes de menos valor, a una mendiga junto a la Ópera, siempre bajo la condición de que tú estés a mi lado y que yo pueda sentir tu proximidad.

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        (*)   Kafka, autor de este relato, caracterizaba a los escritores como una clase de bichos raros que producen al mismo tiempo, simpatía y temor, piedad y rechazo, atención y repulsa, decía él, algo así como si fuéramos la cruza entre un gato y un cordero, exactamente, UN GATOCORDERO.  Una de las explicaciones tiene que ver con nuestro carácter de permanentes ventrilocuos del idioma, es decir, personas capaces de hablar encima de lo hablado, o escribir encima de lo escrito;

hablamos todo el tiempo el lenguaje expresivo o comunicacional, pero también el literario, un plus. A menudo los mezclamos, lo cual nos convierte, obviamente, en sabedores de muchas claves de los discurso; generalmente, mientras entretenemos con nuestros textos, o insuflamos romanticismo a alguna situación, somos festejados;

ahora bien, cuando empezamos a deformar las promesas de los cánones (Barthes) ahí nos ven la parte de "gato" y la cosa se complica;

entonces, se sospecha que inventamos, "engañamos", desciframos, memorizamos, eternizamos, etc etc etc... todo muy peligroso; o, cuanto menos, incómodo. 

ESPEJITO ESPEJITO

Publicado en Cuentos el 22 de Octubre, 2005, 18:05 por analialardone
    Cayó y se vió trizado el cielo, lo descubrió en ese instante en el que llevaba un incurable letargo en las sombras de su solitaria casa. Lo miró fijo como para descubrirle el secreto, como quien mira las manos del mago, pero no había más que eso... Celesteblancoamarillento, colores enmarañados que creaban bellezas semitransparentes. Y ella pensó en la muerte, pero eso no era la muerte, lo sabía. Sus ojos lograban reflotar su designio a través de los cristales mutilados por culpa de la torpeza. Una luz ajena que para ella se apagaría, tal como todo se extinguía en su vida, la llamaba desde el piso sin cederle la posibilidad de levantar la cabeza. Reclinada, casi en cuclillas, recordaba cuantas tristezas había ganado; en una deslucida agenda de teléfonos sin usar del tamaño de la palma de su mano, las había ido volcando en las noches heladas de los pasados siete inviernos. Recordaba qué joven que se veían sus dedos mientras escribía en ese entonces.    
    Como pocas veces había sucedido desde su último sueño placentero, esa mañana la perfección resucitaba, dibujándose con exactitud en el frágil adorno desmenuzado sobre la única baldosa rosada gracias al efecto decolorante del sol. El resto, formaba una enorme y enjuta plataforma roja, en algunas partes ahuecada por roturas viejas donde se asomaba algún tallo prominente que le daba aspecto de abandono. Y ella rememoraba la muerte, sobre todo ahora que sus huesos sentían el frío que entraba por sus rodillas. Eran tan sugerentes los pequeños rayos de luz, que fueron por segundos la puerta del túnel que atravesaba aguardando su deceso. Cautivada, sujetaba inmóvil su mirada, y en ese rapto de agonía, yació inexorable lo que duró el cielo en quitarse del patio, hasta ver que los cristales ya se iban opacando.
    Buscó una escoba, mientras volvía a evocar la rauda muerte. No eran siete años hacia adelante, sino hacia atrás, estaban
enumerados en su agendita, congelados. Había descubierto el truco del mago. El atomizado espejito se transformó en materia deshechable, y se confundió entre papeles, restos de yerba y comida, matando el éxtasis que la había hecho salir al patio después de tanto tiempo. Sintió un relámpago sobre su cabeza y en un arrebato instintivo, levantó la vista y sonrió feliz. Sabía que su hora había llegado.

Tess Gallagher

Publicado en General el 22 de Octubre, 2005, 16:50 por scalona

 

Dejo de escribir el poema

 

para doblar la ropa. Sin que importe quién vive

y quién muere, sigo siendo una mujer.

Siempre tengo muchas cosas que hacer.

Pongo juntas las mangas de su camisa.

Nada puede detener

nuestra ternura. Volveré

al poema. Volveré a ser

una mujer. Pero por ahora

hay una camisa, una gigantesca

camisa en mis manos, y en alguna parte

una niña pequeña de pie junto a su madre

observando para aprender cómo se hace.

Del Libro LA LUNA SOBRE EL PUENTE

Minnesota, 1992, recopilación de poemas elegíacos escritos tras la muerte de su esposo, Raymond Carver.

el obraje del amor

Publicado en Pavadas hechas texto, el 22 de Octubre, 2005, 13:18 por Herná Botta
para todos los giles que andaban preguntando por las andanzas de un obrero del amor en España!

Las lanzas

Publicado en General el 22 de Octubre, 2005, 13:12 por Hernán Botta

Las lanzas

No sé por qué atenta escuchas

portuguesa linda

mi canción de amor

(“Caprichosa”, fado)

 

 

- ¿Tienes fuego?- escuchó que le preguntaban desde atrás.

- No - empezó a responder sin darse vuelta y luego giró – además, no creo que te dejen fumar acá.

Madrid se cocinaba bajo el sol. Apenas salió a la calle sintió el sofocón y mientras desayunaba en el bar que el Roge le había mostrado unas mañanas antes, decidió que ése era el día ideal para visitar El Prado. Seguramente, en sus cálculos, el calor no se haría sentir en el museo.

Como la fila de personas que esperaban para entrar no era larga, apenas salir del Metro, se vio a la sombra de los soportales donde están las boleterías.

- Seguro que acá no se puede fumar – le confirmó luego de advertir el cartel que ella por su posición no podría ver: “EN ESTE MUSEO NO SE PUEDE: FUMAR, TOMAR FOTOGRAFÍAS CON FLASH, NI  INGERIR ALIMENTOS O BEBIDAS FUERA DE LOS LUGARES DESTINADOS AL EFECTO”.

Al principio no fueron sus ojos lo que le llamó la atención, sino la dulce mueca de decepción que ella esgrimió al enterarse de la veda. Él supo que esa mueca no se deja escapar de la cara de cualquier persona. Fue graciosa y magnética.

 

si después cuando te pido

que me des un beso

me respondes no

 

-         Pero tú, ¿de dónde eres?

-         Soy argentino – y anticipándose a la pregunta supo sobrevendría, agregó – estoy en España de paseo, bah... ahora de paseo, porque estuve en Galicia por cuestiones académicas, docentes. ¿Y Vos?

-         Soy portuguesa – sorprendió ella – pero vivo en Alcalá de Henares desde hace 5 años, donde estudio. Salud – precisó.

En el instante de la compra de las entradas, él advirtió la vestimenta de ella: jeans gastados, zapatillas de básquet y una remera que a él se le antojó de seda. Él pagó las dos entradas, ganándose el derecho de recorrer el museo juntos.

 

deja de ser caprichosa

portuguesa

y dame de una vez el sí

 

-         En realidad, a mí el arte mucho no me va – dijo él – y vengo concretamente a ver  la pintura de Velázquez, y en especial, “Las lanzas” – agregó con cierto aire de suficiencia.

-         Yo ya vine tres veces – le respondieron esos ojos verdes, en los que él imaginó un paseo al atardecer por la costa de Coimbra a la luz de los faroles, ¿o sería ella del viejo barrio judío Da Luz, en Oporto? – y el cuadro al que te refieres se llama “La rendición de Breda”.

En efecto, más allá de la riqueza del museo, su motivación principal era admirar la obra del gran artista sevillano, pintor de Corte de Felipe IV, tan bien descripta y reconocida por Pérez Reverte en el marco de las “Aventuras de Capitán Alatriste”. Desde que leyó la tercera parte de la saga, hace ya de esto unos años, se imaginó frente a la obra, para ver si era verdad que detrás de la escena principal, en la cual el maestre holandés Justino de Nassau, en señal de rendición incondicional, le entregaba la llave de la ciudad de Breda al general español Ambrosio Spínola, jefe de los tercios viejos de la campaña de Flandes, justo “bajo el caño horizontal del arcabuz que el soldado sin barba ni bigote sostiene al hombro” (según narra Pérez Reverte) aparece semitapado el perfil aguileño del insigne capitán Diego de Alatriste y Tenorio.

 

en Portugal tengo un nido

hasta ahora abandonado

donde si escucha el oído

siempre oirás cantar un fado

 

La recorrida le pareció maravillosa, la compañía fue determinante para esa sensación. Ella, en su cuarta visita, se detendría especialmente a admirar las escuelas flamenca y alemana de los siglo XIV y XV. Si bien a él no le interesaba mucho, la siguió a lo largo de los pasillos, de los estilos, y sintió que la seguiría a lo largo de los siglos. Así pasearon contándose sus vidas entre las pinturas, sintiendo él que era al revés: que Rubens, Van Dyck y Durero eran quienes admiraban a ellos. La tarde era de ellos, y la noche también lo sería, pensó él.

 

- Bueno, pues, fijate: al lado de donde está toda esa gente, está “tu” obra; anda, mírala.

Un enjambre de personas se apretujaba en torno a “Las Meninas”, empujándose para salir en la foto en exclusiva, sin invasores desconocidos. Por allá otro grupo, más pequeño éste, admiraba “El triunfo de Baco”, y un poco hacia su izquierda vio la obra que lo había traído hasta acá. Se acercó despacio al lienzo, no sin cerciorarse que ella lo seguía a muy corta distancia.

Nada de lo que imaginaba podía presagiar la sorpresa que le causó la pintura. Le resultó más grande, perfecta y hasta poética de lo pensado. Apreció el contraste de los colores, el detalle de la grandeza en los rostros de los soldados y oficiales, vencedores y vencidos, todos posando para la posteridad. Más allá de que se sepa que la obra fue realizada nueve años después de la toma de Breda, e incluso que pocas de las facciones representen las reales del momento al punto que el propio pintor aparece autorretratado, el último de la derecha, llevando una pica, y hasta que donde solo se ven lanzas disciplinadas existieron también muchas más banderas y estandartes, la escena le pareció de un realismo brutal. Nunca podrían haber sido distintos los acontecimientos. Toda la majestuosidad de la España de los Austrias se hallaba en esa tela.

-         Te invito a tomar algo, un café, o algo...

-         Acepto.

 

si tu quieres portuguesa

vamos juntos para allá

y juntitos sentiremos

la canción de Portugal

 

“Colacao” para él y “Coca-cola” para ella. Miradas, sonrisas, furtivas insinuaciones que duraron en la tarde que se hizo eterna para él.

-         Voy al toilette, ¿me miras mis cosas?

-         Por supuesto.

La vio dirigirse a los baños envuelta en seda. “Seda”, pensó, y pensó en la novela de Alessandro Baricco sobre los amores imposibles. Enseguida desestimó el pensamiento.

Los sueños de él duraron hasta la llegada de ella, que dijo que se le hacía tarde y que debía marcharse. No importa, pensó él, la invito para cenar esta noche.

- No puedo, vuelo esta madrugada a Malabo, Guinea Ecuatorial, en el marco de una misión humanitaria; me enrolé como enfermera; y esta noche me despido de mis amigos. Fue una placer conocerte, y que disfrutes tus días en España.

Un tanto aturdido dejó el inmenso edificio, caminó por el Paseo del Prado sin saber su rumbo, miró hacia todos lados y se dejó tragar por la boca del Metro.  El desaliento, no le pareció nada suave en ese instante.

 

si tu quieres portuguesa

vamos juntos para allá

y juntitos sentiremos

la canción de Portugal.

 

Las almejas y el sol

Publicado en Poemitas. el 22 de Octubre, 2005, 2:50 por analialardone

Me basta

el título de no propiedad sobre las cosas

pero sí poder acariciarlas y resguardarlas del viento.

Por ejemplo, me alcanza con detenerme en tus ojos.

No encontrarte, pero sí encontrarlos a ellos.

Me bastan

las líneas rectas pero inconstantes de tu rostro

como dibujadas sobre un pañuelo.

Que puedo ver que las almejas se hunden

refugiándose del calor del sol.

Me bastan

esos lentos segundos sobre tu hombro que devuelve vida.

A veces, contadas veces, que prestaste esa corta distancia.

Cuando para guardarlo en el bolsillo de la historia

robamos juntos pedazos de atardeceres.

Me basta

saber que en alguna parte del cómplice olvido

están latentes las fracciones

y no se escabullen con la frecuencia que deberían.

Cuando a la mañana entro en ese nuevo capitulo

de respirar con conciencia y nacer

también me basta

saber que ahí estuvieron tus manos,

extendidas

en dirección a un supuesto amor.

Me basta el nunca

que se parece tanto al tal vez.

Sentir que amaste a pesar de que las almejas

aun se escondan del sol.

Pálida

Publicado en Cuentos el 22 de Octubre, 2005, 0:17 por tomasboasso

PÁLIDA

     Se veía venir. Recién me entero y tendré que aceparlo. No te creas que no me duele, pero se veía venir. Comprendo que en este momento yo no sea para vos lo que supe ser, pero de ahí a hacer lo que hiciste; podrías haberme dejado y listo, pero no, venís y me saludás como si nada, aunque todo.

     Entonces ahora llegás y me dan ganas de escupirte todo lo que siento, pero ni voluntad para eso tengo; saludás y te hago un ademán, eso sí, sin mirarte y sin soltar el control remoto, calma antes de la tormenta, los canales pasan cada vez más rápido y mi dedo se empieza a enfurecer y ya no aguanto; me levanto para decirte que ya sé todo y cómo pudiste, tantos años. Voy hasta la habitación y ya te veo por la puerta entreabierta, te empezás a descambiar y te grito: ¡pará! ¡pará! Nunca te había visto así. Estás diferente, un aire nuevo en tu cuerpo; algo detiene mi furia y me regresa al pasado y se conecta conmigo. ¿Qué es lo que te hace distinta? ¡pará! ¡pará! no te saques esa bufanda… te queda tan linda… y sí que te queda linda, eso debe ser, es de esas bufandas que las mujeres ya no usan, nueva bufanda triste, pálida, otoñal, que te envuelve como a un chocolate blanco justo para devorar, entonces dejatelá, sacate todo pero no esa envoltura de virgen con lágrimas. Te beso y te sorprendés, pero me seguís el juego, por lo menos seguís teniendo un poquito de culpa y es viento a favor para mí, que te tiro sobre la cama, nostálgica de pasión, olvidada de tu piel que en este momento roza sus sábanas. Empiezo a comer por debajo a este chocolatito blanco, saboreo con algo de bronca todavía los primeros bocados. Tan distinta te hace esa bufanda, te quisiera así para siempre, toda una piel que busca un pedacito de paño lívido, envidia de todos tus costados y orgullo del cuello. Siento entre mis dedos tu suave universo y la brisa de lana que lo rodea; toda la vida así, como una estatua que me ame con sólo mirarla y decirle qué triste que estás, y qué bien que se siente. Podría mirarte y besarte para el resto de mis días, a pesar de todo te juro que lo haría… te juro que lo haría. Y qué fríos tus labios sobre mí, como si hubiesen traído la helada de la ciudad, como si quisieran demostrar que a ellos también les hace falta su minuto de bufanda, con la que juego, porque envuelvo prolijamente tu cuello en ella y ubico una de sus extremidades entre tus pechos, la otra punta quedó atrás entre tu cuerpo y la cama, te levanto, la encuentro, la sostengo y pienso atentamente dónde ubicarla. Mientras tanto sos mía, te poseo y entro en vos como hace mucho tiempo no lo hacía, recordando cuando éramos jóvenes y la tristeza tenía algo parecido a la esperanza. Empiezo a escuchar tus gemidos y mi mano se impacienta porque no encuentra el lugar adecuado para esa extremidad de lana que sobra y no deja de bailar en el aire; gritás y no lo podés creer, gritás de placer, mi mano se desespera, no acierta su lugar en el mundo; gemís, mis dedos ansiosos, gemís, mi otra mano se conecta con la punta de la bufanda que reposaba en tu pecho; gritás, tiro de las puntas, gritás, de placer, de dolor, gritás, tiro, no gritás más, no podés, bufanda pálida, cara morada, colores romanos, tiro, cierro los ojos, aprieto, pateás, me duele, bicicleta con mi cuerpo, pedales, mis manos enloquecidas, juego de colores, Roma, tristeza y dolor, angustia, mis manos que no responden, me desespero, suelto.

     Chocolatito eternamente envuelto; estatua que con sólo mirarla me ama; cuerpo desnudo, inmutable y pálido, como la bufanda triste, pálida.

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-