"Es necesario que se pregunte para que yo siga vivo, por que yo soy tan sólo su memoria". HAROLDO CONTI. Los caminos, homenaje.




La aventura de un matrimonio

Publicado en De Otros. el 17 de Octubre, 2005, 13:46 por Lilian
El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que termina a las seis. Para volver a su casa tenía un largo trayecto que recorría en bicicleta si hacía buen tiempo, en tranvía los meses lluviosos e invernales. Llegaba entre las seis menos cuarto y las siete, a veces un poco antes, otras un poco después de que sonara el despertador de Elida, su mujer. A menudo los dos ruidos, el sonido del despertador y los pasos de él al entrar, se superponían en la mente de Elida alcanzándola en el fondo del sueño, ese sueño compacto de la mañana temprano que ella trataba de seguir exprimiendo unos segundos con la cara hundida en la almohada. Después se levantaba repentinamente de la cama y ya estaba metiendo a ciegas los brazos en la bata, el pelo sobre los ojos. Elida se le aparecía así, en la cocina, donde Arturo sacaba los recipientes vacíos del bolso que llevaba al trabajo: la caja para los fiambre y el termo, y los depositaba en la pileta. Ya había encendido el calentador y puesto el café. Apenas la miraba, Elida se pasaba una mano por el pelo, se esforzaba por abrir bien los ojos, como si cada vez se avergonzase un poco de esa primera imagen que el marido tenía de ella al regresar a casa, siempre tan en desorden, con la cara medio dormida. Cuando dos han dormido juntos es otra cosa, por la mañana los dos emergen del mismo sueño, los dos son iguales. En cambio otras veces entraba él en la habitación para despertarla con la taza de café, un minuto antes de que sonara el despertador, entonces todo era mas natural, la mueca al salir del sueño adquiría una dulzura indolente, los brazos que se levantaban para estirarse, desnudos, terminaban por ceñir el cuello de él. Se abrazaban. Arturo llevaba el chaquetón impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía, o había niebla, o nieve, según lo húmedo y frío que estuviera. Pero igual le decía: “¿Qué tiempo hace?” y él empezaba como de costumbre a refunfuñar, pasando revista a los inconvenientes que había tenido, empezando por el final: el recorrido en bicicleta, el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía la noche anterior al entrar, y los problemas en el trabajo, los rumores que corrían en la sección, y así sucesivamente. A esa hora la casa estaba siempre helada, pero Elida se había desnudado casi completamente, temblaba un poco, y se lavaba en el cuartito de baño. Detrás llegaba él, con mas calma, se desvestía y se lavaba también, lentamente, se quitaba de encima el polvo y la grasa del taller. Al estar así los dos juntos en el mismo baño, medio desnudos, un poco ateridos, rozándose sin querer, pasándose el jabón, hablando las cosas que tenían que decirse, llegaba a veces un punto en que se insinuaba una caricia y terminaban abrazados. Pero de pronto Elida reaccionaba: -¡Dios mío! ¿Qué hora es ya?- y corría a ponerse la falda a toda prisa, de pie, y con el cepillo yendo y viniendo por el pelo, y adelantaba la cara hacia el espejo de la cómoda, con las horquillas apretadas entre los labios. Arturo la seguía, encendía un cigarrillo, y la miraba de pie, fumando, y siempre parecía un poco incomodo por verse allí sin poder hacer nada. Elida estaba lista, se ponía el abrigo en el pasillo, se daban un beso, abría la puerta y ya se la oía bajar corriendo las escaleras. Arturo se quedaba solo. Seguía el ruido de los tacones de Elida peldaños abajo, y cuando dejaba de oírla, la seguía con el pensamiento, los pasos veloces en el patio, el portal, la acera, hasta la parada del tranvía. El tranvía, lo escuchaba bien: chirriar, pararse, y el golpe del estribo cada vez que subía alguien. “Lo agarró”, pensaba, y veía a su mujer apretada entre la multitud de obreros y obreras en el tranvía, que la llevaba a la fábrica como todos los días. Apagaba la colilla, cerraba los postigos de la ventana, la habitación quedaba a oscuras, se metía en la cama. La cama estaba como la había dejado Elida al levantarse, pero de su lado, el de Arturo, estaba casi intacta, como si acabaran de tenderla. Él se acostaba de su lado, como corresponde, pero después estiraba una pierna hacia el otro, donde había quedado el calor de su mujer, estiraba la otra pierna y así poco a poco se desplazaba hacia el lado de Elida, a aquel nicho de tibieza que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella y hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía. Cuando volvía Elida por la tarde, Arturo hacía rato que daba vueltas por las habitaciones: había encendido la estufa, puesto algo a cocinar. Ciertos trabajos los hacía él, en esas horas anteriores a la cena, como hacer la cama, barrer un poco, y hasta poner en remojo la ropa para lavar. Elida encontraba todo mal hecho, lo que hacía era una especie de ritual para esperarla, una manera de salirle al encuentro aunque quedándose entre las paredes de la casa, mientras afuera se encendían las luces y ella pasaba por las tiendas en medio de esa animación fuera del tiempo de los barrios donde hay tantas mujeres que hacen la compra por la noche. Por fin oía los pasos por la escalera, muy distintos de los de la mañana, ahora pesados, porque Elida subía cansada de la jornada de trabajo y cargada con la compra. Arturo salía al rellano, le tomaba de la mano la cesta, entraban hablando. Elida se dejaba caer en una silla de la cocina, sin quitarse el abrigo, mientras él sacaba las cosas de la cesta. Después: -Vamos, un poco de ánimo- decía ella, y se levantaba, se quitaba el abrigo, se ponía ropa de entrecasa. Empezaban a preparar la comida: cena para los dos, después la merienda que él se llevaba a la fábrica para el intervalo de la una de la madrugada, la colación que ella se llevaría a la fábrica al día siguiente, y la que quedaría lista para cuando él se despertara por la tarde. Elida a ratos se movía, a ratos se sentaba en la silla de paja, le daba indicaciones. Él, en cambio, no paraba, quería hacerlo todo, pero siempre un poco distraído, con la cabeza ya en otra parte. En esos momentos a veces estaban a punto de chocar, de decirse unas palabras, porque Elida hubiera querido que él estuviera mas atento a lo que ella hacía, que pusiera mas empeño, o que fuera mas afectuoso, que estuviera mas cerca de ella, que le diera mas consuelo. En cambio Arturo, después del primer entusiasmo porque ella había vuelto, ya estaba con la cabeza fuera de casa, pensando en darse prisa. La mesa puesta, con todo listo y al alcance de la mano, para no tener que levantarse, llegaba el momento en que los dos sentían la zozobra de tener tan poco tiempo para estar juntos, y casi no conseguían llevarse la cuchara a la boca de las ganas que tenían de estarse allí tomados de las manos. Pero todavía no había terminado de filtrarse el café y él ya estaba junto a la bicicleta para ver si no faltaba nada. Se abrazaban. Parecía que solo entonces Arturo se daba cuenta de lo suave y tibia que era su mujer. Pero cargaba al hombro la bici y bajaba con cuidado las escaleras. Elida lavaba los platos, miraba la casa de arriba abajo, las cosas que había hecho su marido, meneando la cabeza. Ahora él corría por las calles oscuras, entre los escasos faroles, quizás ya había dejado atrás el gasómetro. Elida se acostaba, apagaba la luz. Desde su lado, acostada, corría una pierna hacia el lugar de su marido buscando su calor, pero advertía cada vez que donde ella dormía estaba mas caliente, señal que también Arturo había dormido allí, y eso la llenaba de una gran ternura. Italo Calvino

  
Autores
María Paula Cerdán, Francisco Kuba, Verónica Laurino, Marcelo Scalona, Caro Musa, Claudia Malkovic, Silvina Potenza, Marcela González García, Soledad Plasenzotti, Natalia Massei, Mónica M. González, Ariel Zappa, Cintia Sartorio, Cecilia Mohni, Silvia Estévez, Julia M. Sánchez, Matías Settimo, Marisol Baltare, Maximiliano Rendo, Matías Magliano, Andrea Parnisari, Roberto Sánchez, Alina Taborda, Nicolás Foppiani, Mayra Medina, Alfredo Cherara, María B. Irusta, Ale Rodenas, Laura Rossi, Germán Caporalini, Rosana Guardala Durán, Rosario Spina, Sergio Goldberg, Luisina Bourband, Alejandra Mazitelli, Tomás Doblas, Laura Berizzo, Florencia Manasseri, Beti Toni, Nahuel Conforti, Gabriela Ovando, Diana Sanguineti, Joaquín Yañez, Joaquín Pérez, Alvaro Botta, Verónica Huck, Florencia Portella, Valeria Gianfelici, Sofía Baravalle, Rubén Leva, Marcelo Castaños, Luis Astorga, Juan Pedro Rodenas, Esteban Landucci, Dora Suárez, Laura Cossovich, Alida Konekamp, Diego Magdalena, Franco Trivisonno, Gerardo Ortega, Roberto Elías, Facundo Martínez, Ariel Navetta, Graciela Gandini, Jimena Cardozo, Soledad Cerqueira, Juan Gentiletti, Sebastián Avaca, Emi Pérez, Adriana Bruniar, Mariano Boni, Flor Said, Elina Carnevali, Roxana Chacra, Lorena Udler, Nora Zacarías.-