Publicado en De Otros. el 16 de Mayo, 2012, 12:52
por MScalona
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Como es natural mañana escribiré para Jazz Hot una crónica del concierto de esta noche. Pero aquí, con esta taquigrafía garabateada sobre una rodilla en los intervalos, no siento el menor deseo de hablar como crítico, es decir de sancionar comparativamente. Sé muy bien que para mí Johnny ha dejado de ser jazzman y que su genio musical es como una fachada, algo que todo el mundo puede llegar a comprender y admirar paro que encubre otra cosa, y esa otra cosa es lo único que debería importarme, quizá porque es lo único que verdaderamente le importa a Johnny.
Es fácil decirlo, mientras soy todavía la música de Johnny. Cuando se enfría… ¿Por qué no podré hacer como él, por qué no podré tirarme de cabeza contra la pared? Antepongo minuciosamente las palabras a la realidad que pretenden describirme, me escudo en consideraciones y sospechas que no son más que una estúpida dialéctica. Me parece comprender porqué la plegaria reclama instintivamente el caer de rodillas. El cambio de posición es el símbolo de un cambio en la voz, en lo que la voz va a articular, en lo articulado mismo.
Cuando llego al punto de atisbar ese cambio, las cosas que hasta un segundo antes me habían parecido arbitrarias se llenan de sentido profundo, se simplifican extraordinariamente y al mismo tiempo se ahondan. Ni Marcel ni Art se han dado cuenta ayer de que Johnny no estaba loco cuando se sacó los zapatos en la sala de grabación. Johnny necesitaba en ese instante tocar el suelo con su piel, atarse la tierra de la que su música era una confirmación y no una fuga. Porque también siento esto en Johnny, y es que no huye de nada, no se droga para huir como la mayoría de los viciosos, no toca el saxo para agazaparse detrás de un foso de música, no se pasa semanas encerrado en las clínicas psiquiátricas para sentirse al abrigo de las presiones que es incapaz de soportar. Hasta su estilo, lo más auténtico en él, ese estilo que merece hombres absurdos sin necesitar de ninguno, prueba que el arte de Johnny no es una sustitución ni una completación. Johnny ha abandonado el lenguaje hot más o menos corriente hasta hace diez años, porque ese lenguaje violentamente erótico era demasiado pasivo para él. En su caso el deseo se antepone al placer y lo frustra, porque el deseo le exige avanzar, buscar, negando por adelantado los encuentros fáciles del jazz tradicional. Por eso, creo, a Johnny no le gustan gran cosa los blues, donde el masoquismo y las nostalgias… Pero de todo esto ya he hablado en mi libro, mostrando cómo la renuncia a la satisfacción inmediata indujo a Johnny a elaborar un lenguaje que él y otros músicos están llevando hoy a sus últimas posibilidades. Este Jazz desecha todo erotismo fácil, todo wagnerianismo por decirlo así, para situarse en un plano aparentemente desasido donde la música que da en absoluta libertad, así como la pintura sustraída a lo representativo queda en libertad para no ser más que pintura. Pero entonces, dueño de una música que no facilita los orgasmos ni las nostalgias, de una música que me gustaría poder llamar metafísica, Johnny parece contar con ella para explorarse, para morder en la realidad que se le escapa todos los días. Veo ahí la alta paradoja de su estilo, su agresiva eficacia. Incapaz de satisfacerse, valle como un acicate continuo, una construcción infinita cuyo placer no está en el remate sino en la reiteración exploradora, en el ejemplo de facultades que dejan atrás lo prontamente humano sin perder humanidad. Y cuando Johnny se pierde como esta noche en la creación continua de su música, sé muy bien que no está escapando de nada. Ir a un encuentro no puede ser nunca escapar, aunque releguemos cada vez el lugar de la cita; y en cuanto a lo que pueda quedarse atrás, Johnny lo ignora o lo desprecia soberanamente. La marquesa, por ejemplo, cree que Johnny teme la miseria, sin darse cuenta de que lo único que Johnny puede temer es no encontrarse una chuleta al alcance del cuchillo cuando se le da la gana de comerla, o una cama cuando tiene sueño, o cien dólares en la cartera cuando le parece normal ser dueño de cien dólares. Johnny no se mueve en un mundo de abstracciones como nosotros; por eso su música, esa admirable música que he escuchado esta noche, no tiene nada de abstracta. Pero sólo él puede hacer el recuento de lo que ha cosechado mientras tocaba, y probablemente ya estará en otra cosa, perdiéndose en una nueva conjetura o en una nueva sospecha. Sus conquistas son como un sueño, las olvida al despertar cuando los aplausos le tren de vuelta, a él que anda tan lejos viviendo su cuarto de hora de minuto y medio.
JULIO CORTÀZAR, El Perseguidor p.39-42
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Publicado en Cuentos el 16 de Mayo, 2012, 1:05
por MScalona
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Moebius
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Son siete cuadras hasta el picaporte dorado de la puerta blanca con el timbre redondo del consultorio tres. Es el tercer timbre, porque es el consultorio tres. Lo recuerdo ahora, ayer, todos los días, excepto los miércoles a las diecinueve cuando llego a la puerta blanca del picaporte dorado, levanto la mirada y me encuentro con los tres botones numerados de menor a mayor y de izquierda a derecha. El primer impulso es apretar el segundo que tiene un número 2 y está ubicado entre el primer y tercer timbre redondo de plástico, que es el que tendría que tocar sin dudar; pero dudo y el dedo va hacia el botón del medio y pienso si es el timbre, si no era otro, si no era el tres y en cómo resolví el miércoles anterior este dilema. Es el tres y siempre es el mismo timbre todos los miércoles aunque prefiera los números pares, pero así no funcionan los timbres, ni los consultorios. Tampoco los psicoanalistas.
Primer cuadra. Vereda impar.
El informe vence mañana y faltan algunos puntos. La vecina salió en calzas a pasear su proyecto de perro. La miro y sabe que la miro y me deja mirarla como si no le importara que los dos sepamos. Ya lo estoy viendo a Carlos culpándome por no haber terminado el trabajo. Debería usar esas calzas todos los días. El médico del 9° B me mira de reojo como queriendo saludar y con esfuerzo digo hola. Me pongo los auriculares mientras con la excusa del perro seguramente se va a acercar a ella preguntándole sobre el alimento balanceado, la edad, el veterinario, el nombre y esas cosas de las que no puedo hablar por falta de interés y de conocimiento. Llegaré mañana a la reunión con tranquilidad y cuando él suba la ceja y tuerza la boca como un pulgar hacia abajo facial, lo voy a mirar fijamente y con una voz serena y firme como nunca me escuchó le voy a decir que fue Ernesto, su pollo, quien no entregó los puntos. No me explico cómo un perro tan chico puede cagar tanto.
Doblo a la izquierda.
Subo el volumen. Parece que a esta hora salimos todos los postergados; gente que se golpea para pasar primero y viejos que arrastran los pies. Me adelanto con vergüenza y culpa por tener las piernas más ágiles, por ser más joven, por el impulso del apuro, por no quedarme detrás de ellos y a su ritmo. Cuando yo arrastre los pies voy a extrañar la velocidad, pero ahora integro la masa del desasosiego urbano, aunque llegar tarde o unirme al tráfico de peatones que aun pueden adelantarse resultan opciones irritantes. También podría terminar el informe antes de la reunión. Si tomo un taxi en la esquina llego antes al consultorio y tendré que sentarme en el sillón de la sala de espera hasta que se haga la hora.
Cruzo. Tercer cuadra.
La esquina del bar. Después de aquella tarde, nunca más entré. Todos los miércoles miro hacia esa mesa, como si no nos hubiéramos sentado en otras. Recuerdo cuando me contabas sobre la Curva de Moebius. Tiene una extraña propiedad: no posee nada que se pueda llamar dentro y fuera. Te miré con esa cara. Cortaste la servilleta de papel formando una banda, le pediste al mozo la birome, hiciste una línea de puntos sobre uno de los lados, le diste un giro, uniste ambas puntas. Parece que va a llover. Algún día debería sentarme en esa mesa y pedir un café como si nada hubiera pasado.
Semáforo.
Siempre lo mismo: basta que piense en que puede llover para que empiece a ver gente que ya salió con el paraguas por si acaso. Por qué no soy de los que salen con paraguas en vez de ser de los que salen con apuro? Enciendo un cigarrillo.
Si uno se pone a andar por la cara interior de la banda, de repente aparece por la cara exterior y viceversa, dijiste, y llevaste mi dedo a pasear por la línea de puntos azules hasta que desaparecieron.
Es el tercer timbre, claramente.
Quinta cuadra.
Terminar el informe antes. Yo, todo yo. No, que se haga cargo. Yo no soy su asistente, cumplí con mi parte y no soy ningún pelotudo que se deje pisotear; prefiero ser un hijo de puta, como Ernesto, de vez en cuando, para variar, para salirme del rol de buen compañero que salva al equipo desde el anonimato. Gotas. Tendría que haber tomado un taxi. Voy a llegar mojado al consultorio porque no llevo paraguas porque no soy previsor porque siempre salgo a último momento con el tiempo contado para llegar caminando con buen clima hasta la puerta blanca de picaporte dorado donde me olvido el número pero a dos cuadras se que es el tres. Si tuviera un asistente, un pelotudo como yo que hiciera todo mi trabajo, recordaría el paraguas por lo menos.
Avenida. Llueve tanto.
Y después dijiste : Ves? No hay dentro ni fuera, ni arriba, ni abajo…
La curva de Moebius no es orientable. Los auriculares no son a prueba de agua.
Los Ernestos y los Carlos del mundo siempre consiguen paraguas, recuerdan los números de los timbres, saben de perros y no caminan con los zapatos mojados. No quisiera ser ellos ni por un instante, ni por todo el reconocimiento del mundo, porque yo no soy así, yo pienso en el otro, yo trabajo para un equipo, yo puedo dejar los egoísmos personales por una causa común. Soy mejor persona que ellos y entonces no tengo que engranar por mezquindades como un informe que a nadie le aporta nada ni es de relevancia en la vida de ninguna persona. Debería ocupar mi tiempo en lo que realmente importa.
Séptima.
Y no vengo a recostarme mojado en un diván para perder el tiempo porque algo debo estar buscando, como todos. Como el del noveno, que quiere a la vecina y sabe que tiene que hablar de perros y aunque yo también quiera a la de las calzas, no debe ser tanto así o haría algo, no se, le hablaría del clima pero de seguro prefiere los perros que la lluvia. Es el número tres, ninguno de los otros. Si me enfermo mañana podría faltar a la presentación, el informe hablaría de mi trabajo y Ernesto quedaría expuesto frente a Carlos, que lo miraría con la ceja levantada y me perdería la satisfacción.
Llego a la puerta blanca de picaporte dorado que hoy tiene los vidrios empañados y aunque quisiera tocar el segundo botón redondo de plástico, estoy seguro que es último timbre impar de la derecha donde el dedo se hunde… hasta que desde adentro algo suena, empujo y se abre.
…es como la curva del eterno presente, sentenciaste, mientras bebías un sorbo de té.
Belén
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Publicado en cumpleaños! el 15 de Mayo, 2012, 13:04
por MScalona
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—– Original Message —–
Sent: Tuesday, May 15, 2012 10:12 AM
Subject: sol de otoño
… en el mail anterior olvidé cambiar el asunto. éste es el que encabeza el mensaje: sol de otoño.
El 15 de mayo de 2012 10:00, natalia massei < nataliamassei@gmail.com> escribió:
queridos compañeros, quería contarles que Manuela nació este sábado 12… un solcito de otoño. estamos muy bien y muy felices.
abrazos a todos,
natalia
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Publicado en General el 15 de Mayo, 2012, 1:22
por MScalona
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http://www.rosario-12.com.ar/2003/04/06/tespectaculos.htm
www.rosario12.com.ar
ABRIL 2003
EL POETA DE "LOS PAJAROS PERDIDOS" OTRA VEZ EN ROSARIO
Mario Trejo volvió a casa
En Barcelona sus ingresos "se desvanecieron por cuatro". A Buenos Aires la encontró "horrible, fría e inanimada". Entonces quedaba Rosario, donde "mis amigos de fierro me pueden contener".
Por Marcelo Scalona
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El próximo martes a las 21 Mario Trejo conversará con el público en el Café de la Opera.
"Escribo todo el tiempo, pero últimamente me ha vencido el inglés, es el idioma más completo". |
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No es sencillo contar todo lo que es, ha hecho y significa Mario Trejo en el mundo del arte y la cultura argentina. Poeta, dramaturgo, actor, periodista, letrista de tango, fotógrafo, guionista de cine, profesor, y especialmente, esa clase de artista amigo y maestro de los otros artistas, discípulos o condíscipulos. En ese tono, agradece que no le haga la clase de preguntas hospitalarias o administrativas que sólo interesan (dice él citando a Marcel Duchamp) "a los imbéciles y a los profesores de literatura española". Trejo es un poeta "millonario de palabras" (se lo acaba de escribir Liliana Heer en una dedicatoria), acostumbrado a transitarlas en cinco idiomas (castellano, inglés, francés, italiano y portugués), y mientras recita a Dylan Thomas o a Rimbaud en sus lenguas madres, recuerda las tres horas en que escribió "Los Pájaros Perdidos" con Astor al piano y en Roma, o las anécdotas de Onetti o la entrevista al Che Guevara o cómo era filmar con Bernardo Bertolucci. Muchos juguetes para mí, temblando además porque mi entrevistado ha escrito ese monumento poético que es "El Uso de la Palabra".
‑¿Mario, cómo es este regreso?
‑Hay encuentros, reencuentros y desencuentros. Antes, en todos los regresos, algo encontraba. O se caía el peso o se caía Alfonsín, una vez volví y estaba Menem y hasta encontré trabajo. Pero esta vez aquí me siento como en el aprendizaje del desaprendizaje: duro, triste e incómodo trabajo... recuerdo el verso de Olga Orozco, "ayúdame a construir la casa". Ahora significa tirar abajo una casa para hacer otra... ¿pero qué hacés con los escombros? Los códigos han cambiado y te sentís como el gran matemático de Bagdad (Omar Kahayam) en la neblina de Londres.
‑¿Y por qué volviste a Argentina, y elegiste Rosario y no Buenos Aires?
‑Yo vivía bien en Barcelona, pero de pronto, el año pasado, como le pasó a todos los argentinos, mis ingresos se desvanecieron por cuatro. La percepción de los derechos de autor se ha hecho muy lenta, engorrosa y escasa. Tengo amigos de fierro en Buenos Aires, pero la ciudad está horrible, fría, inanimada y, como diría Cadícamo, "nadie invita a morfar, todo el mundo en el riel". En cambio Rosario es más humana, comprensible, siento que aquí (mis otros amigos de fierro) me pueden contener y yo también.
‑¿Proyectos de trabajo?
‑Tengo que escribir tres cosas para la colección de "El Argonauta": el prólogo a la reedición de la revista "Letra y lírica", en la que Oliverio Girondo, originalmente llamó a colaborar a Enrique Molina, Miguel Brascó, Alberto Vanasco y a mí como secretario de redacción. Quiero hacer una selección de textos que tienen, como diría Borges, "algunas líneas que han insistido en persistir". Por ejemplo: que hay que cuidarse de la derecha cuando es diestra, y de la izquierda cuando es siniestra... o aquella otra que dice que solamente hay dos patrias, la infancia y la amistad. Además voy a publicar un nuevo libro de poemas donde busco celebrar los clásicos y lo clásico.
‑¿Qué es un clásico?
‑Son los que te pegan un hachazo irreparable en la cabeza, y como decía Vanasco, son Shakespeare, Rimbaud y Dostoievsky... (recita en inglés) "¿what have they done of your tongue William Shakespeare? (¿qué le han hecho a tu lengua William...?)
‑¿Los poemas ya están escritos?
‑Yo escribo todo el tiempo, pero últimamente me ha vencido el inglés, es el idioma más completo. El italiano es el más bello fonológicamente, y luego el portugués, y por último el francés que tiene muchas repeticiones. Por eso me duele el cercenamiento que le hacen ahora al idioma inglés, con el videoclip y la publicidad. Estoy escribiendo unos poemas breves que marcan el retorno a los clásicos, a Bécquer, a Thomas, a Baudelaire. Y tienen que ser breves, porque como decía Macedonio a propósito de Víctor Hugo: "el lector ya se fue y el gallego sigue hablando..." Eso es lo que voy a leer el martes en el Café de la Opera.
‑¿Y de los argentinos?
‑(Agarra una foto de Discépolo que tengo en mi estudio, se la coloca en el pecho y se pone de pie). Los Contursi, Celedonio Flores, los dos Homeros, Cadícamo, Lepera, Catulo, Piana y Discépolo, maestro de todos... los argentinos, en este imperio editorial tenemos que rescatar lo nuestro. Por ejemplo, el poeta (medio rosarino) Daniel Giribaldi, cuyos "Sonetos Mugre" corren parejos con los de Quevedo. ¿Sabés que pasa...? ¿Cuál es la diferencia entre los ricos y nosotros los escritores, le preguntó Hemingway a Scott Fitzgerald? La guita, nada más. Esto es igual. En el mundo hay primera clase y ninguna clase. Nada más.
‑¿Y el tango arrima a primera clase?
‑Es arte verdadero, porque el tango, no es "ni la viejita, ni la maté porque era mía". No. El tango es el tiempo que se va... "que veinte años no es nada". Eso es el tango... el tiempo. Es Proust el tango. La fugacidad, la eternidad efímera le llamaba Sarduy.
‑A propósito... para "Los Pájaros Perdidos", ¿Piazzolla te sugirió el tema?
‑Estábamos en Roma. Yo colaboraba con Bertolucci en el guión de "Novecento" y nos encontramos en el hotel. Me dio la música grabada en un casette, y al rato la llamó a Amelita, se sentó al piano y primero preparé el monstruo... que se llama. Le marcás una letra cualquiera arriba de los compases y después sí, hacés la letra verdadera.
‑¿De dónde salió la metáfora de los pájaros perdidos?
‑Muchos años antes, una noche, estaba con mi amigo el actor Raúl Santana en la playa, en Gesell. Era de noche, mirábamos el mar, la playa y Raúl me dice: "Mario, los pájaros no mueren, se gastan volando... se disuelven". Esa es la fugacidad del arte, la poesía está ahí, ya está escrita, solamente hay que estar atentos.
‑¿Es cierto que la escribiste en una hora y media?
‑Mejor poné tres horas, así me creen. ¿Sabés de que me acuerdo siempre? Cuando terminé de escribirla, Amelita me hizo un café con leche y un sandwich de jamón crudo. Ella me lo hizo. ¿Eso es Bill Evans...? (escucha "El Pavo Real" y empieza a imitar en francés al presentador del Festival de Montreaux... "Yerrí Mulligán", "Erí Gomés") y de pronto dice: ‑ Pero no son tontos, Lanusse, lo pronunciaban en español. Decían Lanusse, porque "L' anús" es el ano.
-¿En Rosario tenés algún proyecto?
‑Quiero hacer un grupo de estudio literario, poesía y prosa, y trabajarlo en cuatro idiomas: inglés, francés, portugués e italiano.
‑¿Vas a ir a votar el 27, qué expectativa te generan las elecciones?
‑Cambia la etiqueta, el contenido es el mismo. Tenemos sentimiento político pero no pensamiento político. Igual que los norteamericanos; la diferencia, como diría Fitzgerald, es que ellos tienen la guita. Sin embargo, quiero dejar un mensaje esperanzador para los argentinos, cuando uno piensa en los talentos que tenemos... de aquí salió Borges, la Argerich, Baremboim, Lalo Schifrin, Astor, Xul Solar... y Salgán... y Pugliese, y Troilo, para mí Troilo y Goyeneche son lo máximo.
Entonces me empieza a cantar los dos últimos tangos inéditos que escribió, con música de Virgilio Espósito. Me recita Góngora en castellano y otra vez Dylan Thomas en inglés y Baudelaire en francés. Y como ya es tarde, nos vamos a cualquier fonda a seguirla, buscando en una noche neblinosa, el café con leche y el sandwich de jamón crudo. Algún sabor fugaz e inolvidable como el que siempre trae una mujer.
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Rosario: "En Buenos Aires `nadie invita a morfar, todo el mundo en el riel'. Rosario es más humana, comprensible, siento que aquí me pueden contener".
Tango: "No es `ni la viejita, ni la maté porque era mía'. No. El tango es el tiempo que se va... "que veinte años no es nada". Eso es el tango... el tiempo".
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Publicado en Ensayo el 13 de Mayo, 2012, 20:48
por MScalona
El hombre que hacía música con las ideas
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-SER BARTHESIANOS.-
por Beatriz Sarlo
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En 1958, Barthes inició un estudio sobre la moda. Todavía no había escrito una tesis de doctorado porque había pasado de un tema a otro sin alcanzar ese género fatal de la disertación académica. Entonces se le ocurrió que Lévi-Strauss fuera su director de tesis. Naturalmente, fue rechazado, pero recibió la indicación de que se ocupara sólo de la moda escrita, consejo que Barthes siguió al pie de la letra. André Martinet también recibió la visita de Barthes por la cuestión de la tesis. En el curso de un almuerzo, Barthes lo convenció a Martinet (entonces una estrella de la lingüística) y éste aceptó. Pero el tema de tesis nunca llegó a registrarse en la Sorbona y Barthes prefirió escribir un libro, su libro más pesadamente semiológico, El sistema de la moda. Después ya no volvió a insistir con la fantasía de aprobar un doctorado. Eso le faltó para siempre. Cuando lo rechazó, Lévi-Strauss no equivocaba el motivo: para él, Barthes era "demasiado literario". Pasó casi medio siglo desde entonces y Barthes siguió siendo "demasiado literario", es decir un escritor que tomaba sus argumentos de la literatura o los convertía a la literatura, pasándolos por su albedrío o su capricho. El sistema Barthes es arborescente pero nunca enciclopédico, construido por elecciones estratégicas en el cuerpo de la lengua francesa y otros pocos territorios, la poesía del haiku y el mismo Japón, el Werther de Goethe o los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola. De la literatura, su obra recibió el poder de encantamiento. Barthes vuelve barthesianos a sus lectores, del mismo modo en que Proust los hace proustianos. No es una cuestión de gusto, ni siquiera es una cuestión de ideas, ni de estilo. Se trata, más bien, del descubrimiento de una sensibilidad y de sus reflejos, dónde pone los acentos, cuáles son los detalles que le importan. Los que seguimos leyendo a Barthes somos barthesianos de por vida. Se trata, sencillamente, de una conversión.
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Publicado en Cuentos el 13 de Mayo, 2012, 20:29
por MScalona
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Sintió que no podía detener la caída, la suela del zapato gastada, lisa y la vereda con un charquito imperceptible después de la lluvia. El derrumbe de su masa corporal hizo un ruido al caer como si se tratara de algo inerte. El llavero sonó como un leve pájaro metálico.
Mientras duró el viaje de su altura hasta el suelo, Pedro Ramón Miralva, creyó percibir que algo dentro suyo se desprendía y cambiaba de lugar.
El resbalón se produjo a las seis de la tarde, lo sabía porque 5 minutos antes había consultado el reloj, para ver si Carla podía estar llegando del trabajo y encontrarla en la puerta o doblando en la esquina, en dirección contraria a los autos, verla venir recién bajada del colectivo.
Mientras caía veía sus recuerdos como alucinaciones.
No hubo orden cronológico, más bien los episodios se le iban presentando como quien mira fotos desordenadas.
En el borde del trampolín de la pileta del club Juventud Unida, queriendo demostrar que ya no tenía miedo al agua, la malla de lycra gruesa azul eléctrico, los ojos mirando el agua como un gran útero insondable, el tirarse, el llegar, tomando contacto con el amniótico más frío de lo esperado y hundirse, dejarse llevar hasta el fondo, contener la respiración y el vértigo de su primera vez moviendo los pies desesperados y pequeños para llegar a la superficie y al fin sacar la cabeza convencido de no tener branquias, porque ya sentía la sensación de ahogo, y más rápido los pies ayudados por los brazos, asomarse por arriba del líquido azul y ver en el borde de la gran pileta a su madre aplaudiendo.
En el salón de segundo grado de la escuela Carlos Casado en el turno de la mañana, escribiendo al dictado lo más rápido que podía para demostrar que era un alumno capaz de sacarse diez no solo en matemáticas, el lápiz Faber verde con rayitas negras como una prolongación de sus dedos, los ojos fijos en los renglones, escribiendo con esfuerzo justo un milímetro arriba de cada uno, apurarse, perderse, retomar, el dolor del costado de la mano derecha y el descuido. Sus anteojos de marcos gruesos, pesados para un niño de su edad, marrones, imitación carey, al suelo, estrellados, rotos. Dejarlos tirados para no perder tiempo, quedar cuatro palabras atrasado, seguir, seguir, adivinando los renglones porque no veía, terminar el dictado justo y sin errores. Diez.
La primera fiesta, en lo de Griselda, sus catorce años expectantes, la cerveza comprada en el kiosco del Tuerto, tomada a escondidas y en exceso, aprovechando la distracción de los adultos viendo Grandes valores del tango, cuando Soldán todavía no había mostrado su amor por los gatos.
El gato salvado del animalcidio.
Estela, su primera novia, que lo dejaría muerto de amor a los seis meses.
El adiós sui géneris, su primer recital, ir colado con su hermano mayor, el Negro y el Facha, que fumaban porros y a él de daba miedo porque era mucho más chico, casi un nene, y Charly dice: sin síncopa muchachos, y no entiende bien pero le gusta, sin síncopa, sin síncopa.
La agrupación, la militancia.
Si Evita viviera sería montonera.
Se salvó porque vivía en un pueblo chico, la cana los miraba con una mezcla de paternalismo fachistoide y compasión.
Además se sabía que no eran pibes peligrosos, llevaban ropa usada al barrio Nueva Roma, visitaban enfermos de pocos parientes en el hospital, se reunían en la casa de alguno a fumar, a escuchar esa” música horrible”, pero nada grave porque era una ciudad chica y todos se conocían, ni daba para pedirles documentos, los pendejos se hubieran reído: pero señor, no me conoce, yo fui a la primaria con el Ariel, su hijo del medio, mi viejo le arregló la bicicleta, de paso le digo que el Ariel todavía no le pagó.
Para los 15 ya sabía hacer asados, era un arma de seducción poderosa, una vez por semana iban con la barra,( pibes y pibas) al club a comer asado, el vino comprado en damajuana, después la guardaban vacía en un escondite secreto cerca del club que más tarde también serviría para esconder algunos libros y cartas de compañeros de Bs As, porque hubo un momento en que la cosa se puso bien fiera, el Ariel ya hacía tiempo que le había pagado el arreglo de la bici a al viejo.
Después Rosario, la facultad, otro tiempo.
El centro de estudiantes, aguante el Santiago Pampillón , aunque ahora estaría con la Martín Fierro de una, le dijeron que los pibes de la Masotta son re capos, alto nivel académico, qué buenos tiempos, cuánto hace que no va a la facultad, está hecha toda nueva, no la reconocés, no piensa en ir, le dolería tanto cambio externo y adentro los nuditos marineros apretados de siempre. Uf!
Algunos pacientes le preocupan, supervisa, supermastercard, supernaranja, Asumió lo de River, eso ya no le preocupa. Estaba mejor del estómago hasta ayer, ayer al escucharlo se le hizo una perforación nada que envidiarle a las que hará YPF con Miguel Galuccio a la cabeza. Moría de dolor, se doblaba para respirar, hacía tanto tiempo que no le pasaba, cuando quiere matar a alguien y obvio no puede, le pasa. Aprendió a manejar lo de matar, ni a gancho ve TN, hace zapping rapidísimo por si se le aparece Lanata o Fernando Iglesias, un día soñó con Fernando Iglesias, la noticia de que se había visto a Satanás merodeando por una de las calles cercanas al Ponte Vecchio en Florencia tenía al mundo en vilo, sobre todo a los que la cultura occidental le hizo creer que son culpables de crímenes horrendos aunque nunca hayan comprado Raid, el sometimiento por la culpa, la garantía de estos 2000 años de delirios aceptados, bueno él era uno de esos, en el sueño de Pedro el culpable, el diablo tenía la cara de Fernando Iglesias, se despertó sudado y le agarró colitis, de la fea, la que explota.
Pero ayer no tomó las precauciones suficientes, tenía encendida la radio, sonaba Calamaro: Soy tuyo… me gusta desarmarme… así con esa letra no sabe bien que pasó, pero apareció hablando el gordo González, cada palabra del gordo era una trompada en la boca del estómago, se fue derecho a la guardia, le dieron omeprazol y rivotril. Se fue aliviando. Igual a la noche el gordo González con Fernando Iglesias entraban con tridentes a su casa, de nuevo la diarrea.
A la médica de la urgencia le comentó algo, quería decírselo a alguien, preguntar quienes eran los normales, él, que se lo tomaba así o los que podían escuchar al gordo González y seguir con sus con sus vidas como si nada.
Una semana después sobrevino la caída, esa ruptura de la linealidad de sus días, esa precipitación al borde del vacío, era estimulante, le agrandó los ojos.
Se juró que nunca más se dejaría perforar el estómago por cretinos. Había pasado tres días haciendo sufrir a su cuerpo sin salida posible, pero ahora lo veía claro, empezaría a tomarlo con calma, como los otros, como sus amigos, incluso lo de Carla, que ya debe haber dejado de vivir con ese tipo por el que lo dejó hace un año, ella es así, le dura eso. Se prometió no intentar averiguar nada. María debería saber algo o si no, Juan. Volvió a prometerse.
Se fue a dormir con Molinari baila. (*)
Se le iban cerrando los ojos al leer el último párrafo de la página 27,
mi fuego kamikaze, mi fuego kamikaze, mi fuego ka…
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ANDREA P.
(*) Molinari baila.
Beatriz Vignoli
El ombú Bonsai
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Publicado en Cuentos el 11 de Mayo, 2012, 11:49
por MScalona
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LA PROFE DE
LITERATURA
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Al escribir así, algo mío se va. Me pierdo. Tengo sensaciones incomprensibles.
Hace unos veinte años atrás me preguntaron si podía imaginar la primavera siendo anciana. En ese momento me pareció una pregunta horrible, mi profesora de literatura me hacía pensar.
- ¿Se imaginan al 21 de septiembre dentro de veinte años?
- Uf, se me vino una cortina de humo encima. No profe.
No era cualquier pregunta, sobretodo porque venía de la mano de ella, mi profe, un ser especial. Una mezcla de desparpajo con cientos de libros volando por encima de sus rulos. Yo podía verlos, y la amaba, no sé si a ella o a los libros que se le metían adentro y salían de su boca para entrar en mi corazón.
Pensar se me volvió un vicio irresistible tanto o más que la primavera. Verla llegar dolía pero no tanto como verla partir.
Fuenteovejuna decía, y yo temblaba, me imaginaba a Lope de Vega como a un demente que interfería entre mi profe y yo, ella lo amaba y yo ni siquiera conocía su rostro. Fuenteovejunafuenteovejuna era casi un mantra invertido para mí. Lo repetía para alejarlo.
Obra de tres actos y nosotras tres (la profe, Marcela y yo) en ese pueblo inexistente cargado de una extraña similitud a esos silencios a la salida de la escuela.
Todo era muy raro y nadie parecía entender, ni yo a veces.
La madre superiora rondando la clase y ella, mí profe se metía con los Reyes Católicos. Imaginarlo me estremecía, temía que la escucharan, la castigaran. —No te voy a ver más, no te voy a ver más- pero entre dientes murmuraba, seguí seguí. Yo quería que la Madre Superiora irrumpiera en el aula, y absorta ante sus palabras comenzara a gritar y darnos la oportunidad de con sólo parpadear nuestros deseos se metiera entre las páginas de Fuenteovejuna para ser despojada de ese hábito negro que tanto nos intimidaba. Bien merecido lo tenés pensaba, pero nunca lo logramos, ni nosotras ni los que andaban por las calles sin que supiéramos demasiado de que se trataba.
Nunca me atrevía a levantar la mano, responder me ruborizaba (o no, pero me sentía roja). Marcela en cambio ocupaba los primeros bancos y cualquiera de sus intervenciones eran festejadas por mi profe.
Más atrás, correrme entrar en estado onírico para no llorar por dentro la certeza de ese olor a indiferencia. Más atrás para no crecer, más atrás para no tocar el rojo. (ni el de mis adentros ni el de las calles)
- ¿A dónde te vas Profe?
- Dejala
- Eh?
Y ahí estaba Marcela insatisfecha, queriendo más. No le alcanzó con romper mis mejores redacciones en segundo grado, quería también llevarse mis sentimientos, ella sabía que mi sed de Fuenteovejuna no era la misma que la de ella. Debería haber saltado por la ventana para sumarse a los que preguntaban sabedondestasuhijoahora. Y lo hizo, pero tarde, me enteré por una amiga que se había casado con un militar y que tenía cinco hijos. Debería haber saltado ayer. No lo hizo. Y dejo en mí un colorado de sabor amargo, que se agudizó el día que me enteré que a la Profe se la habían llevado, lloré hasta quedarme dormida. A Marcela no le importó. Amanecí en un lago. Flotando en mi desconcierto, el que llevé apretado en mí pecho hasta que la volví a ver en un cacerolazo donde me contó que había estado presa y que pudo zafar de las garras de los aniquiladores del pensamiento por la paradójica voz de la Madre Superiora. (sonrisas con ojos vidriosos)
No podía creer que estuviera ante mí, y en ese instante recordé su pregunta. Ya no me parecía horrible, se me habían metido veinte primaveras en el alma y ella era una de esas flores perdidas, como tantas otras por las que quizás yo alguna vez me desaparecí.
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Ali
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Publicado en Cuentos el 11 de Mayo, 2012, 11:46
por MScalona

Resistencias entre la Feria y
Villa Ocampo
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Sandra Fabi
Arroyo Seco, mayo 2012
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Evito pisar el meo desparramado en el suelo y las gotas en los bordes del inodoro. Cierro la puerta, leo los twits en fibra indeleble negra “resistencia obrera, resistencia montonera”. El túnel del tiempo en el baño público de la Feria del Libro. Soy precavida, llevo papel en el bolsillo del jogging. El libro de Askildsen no figura en ningún stand. Me lo dijo la chica de Informes que me entrega un mapa con los números de cada puesto, impreso en la contratapa de Página12: “25 años poniendo la tapa”. Esto dentro del pabellón 9 pegadito al stand en donde me regalan una revista Ñ dos pasos antes y conferencias sobre Aristóteles 3 pasos después. Salgo del baño ¿resistencia a quién? A la insulina “las dos pastillas por día y una caminata de una hora o te convertís en diabética en poco tiempo”. Busqué segunda opinión, “ya sos diabética ¿o para qué crees que es el Glucopage?” Me quedo con la primera. La cosa es que esa pastilla acelera la digestión y hay que tener un baño cerca. Y en el baño uno ¿qué hace durante? Lee las puertas. Lo que venden en la Feria o en la Villa como bocaditos al paso, es para gente sin resistencias. La figura barthiana de Marce, incluyó ejemplos de Askildsen y de Cozarinsky. Él, Cozarinsky la nombra La Gran Dama de las Letras. Antes de la Feria, estuve en su ex Villa. En la biblioteca de la dama hay partituras originales de La Consagración de la Primavera. Hay fotos de Indira, Tagore, Graham Green, Borges, Bioy, Mallea, y por supuesto de Igor. Libros, libros, libros (Porque además de trajes Chanel o Balmain, de sus viajes se traía baúles llenos de libros y a Roger Caillois) Entre varios volúmenes en francés, cerca de la habitación con los planos de Le Corbusier, los anteojos de marcos blancos. Revolución con casas geométricas/ resistencia de la aristocracia con olor a bosta decía ella. Sus traducciones, la revista SUR. (El logo de la revista es el mismo que vi en una propaganda de Activia, el yogurt que agiliza el funcionamiento intestinal, una flecha hacia abajo) ¿??? El Glucopage debería tener el mismo logo. Compro un ejemplar doble con críticas sobre el cine. Año 50 y pico, tiene la flecha dibujada. Dice Cortázar que a Buñuel le debe una de las peores noches de su vida y ojalá ese insomnio, padre de la nota que envía a SUR , valga en otros para obra más directa y fecunda. Hasta ese extremo lo conmueve Los Olvidados (año 51). Cruzo a otro pabellón de la Feria. Antes me siento en el suelo, pasillo al aire libre. Fumo un cigarrillo, descanso los pies con botas, gata con botas enfrente ojea libro de Novedades Educativas mochila de cuero labrado al hombro. La dama en los años 20 usaba botas y fusò, llevaba el pelo a la garçon, conducía descapotable mientras fumaba, y claro, tuvo una tía Pancha a quien heredar. Los otros rastreros del pasillo no me censuran, son fumadores también, inclusive la gata. Dice Anderson Imbert, también en esa revista que el cine sea cine y desarrolle sus propias posibilidades de expresión, que deje a la litertura en paz, esto después de mirar Metamorfosis de Kafka dirigida por Bill Hampton. Sentada en el piso, fumo y leo Sur. De pie, segundo pabellón, ahora el verde y del verde al azul, o al amarillo, y del amarillo al rojo. 28 grados humedad multitud y yo con botas. En la revista (en la biblioteca también) está la correspondencia de ella con De Sica, Eisenstein y Malle. Cozarinsky escribe le hizo comer dulce de leche a Stravinsky y lo obligó a Tagore (insensible a la escala heptafónica) a escuchar cuarteto de cuerdas de música occidental. Él frecuentaba a Silvina y a Bioy, para Bioy la dama era algo así como una cuñada-suegra obviamente mala. Obviamente. Andrè Malraux da conferencias en Bs As en el 59. Sara Facio le saca fotos, se las manda a la heredera de la Villa, el comentario que de ellas hace, la decide a dedicarse de lleno a la fotografía. Los libros de Sara Facio en la Feria valen fortunas. En la Villa de la dama aristocrática, que se caga de risa de los aristocráticos, no. Me compré uno dedicado – obvio- a María Elena, y la revista Sur. Stand 228 de un librero calle 13 y 3: Libros Textos ET (??? busco la fotito del nene en bici la luna y ET en el canasto) no, es El Túnel (pero no del tiempo): 2 libros de arte a 50 $, reproducciones de doble página en papel satinado tamaño Feria del Libro, 200 páginas cada libro. Bueno, Askildsen no se consigue, compro a los pintores que fragmentan, que descomponen, que deconstruyen. Es lo mismo. ¿Es lo mismo? En realidad, hoy no existe ningún espacio lingüístico fuera de la ideología burguesa, nuestro lenguaje proviene de ella. Roland Barthes, Fascist lullabay Cozarinsky. Stop en el puesto de golosinas: una gaseosa sin azúcar por favor -por la resistencia- miro los fantoches con terror. ¿Quién dio a conocer a Barthes en la Argentina a fines de los 50´? La dama no. Homero Expósito, me cuenta una amiga. (Barthes el semiólogo de Lo obvio y lo obtuso) Cómo me gusta Naranjo en Flor. Y cómo Vete de mí, versión de Bebo y el Cigala, o de la otra dama Lila Downs. Down resistencias. Con la música y la libertad femenina que me legaron las dos, llego al pabellón verde calle 14 stand 940 Melos. Clínicas de jazz para solos de guitarra eléctrica, al nene le van a encantar. Ring del celular apenas audible adentro de esa colmena de zumbadores, ¿si? –estoy en el stand de los minilibros ¿le compro alguno a tu nene? El nene está grande… Me duelen los pies, me pesan los malditos pintores, pabellón amarillo Italia stand 2222. Los libros que se compran no se pueden retirar hoy, se retiran personalmente el último día de la Feria. ¿Por? Es que son para la escuela – preguntá en el stand 93 del pabellón azul – Soy del interior… -la normativa es para todos, son los únicos ejemplares que tenemos. Minga de importación abierta. Containers ultra resistentes en el puerto.
Afuera es de noche, una bruma que moja tapa las puntas de los edificios. El bus está a 4 cuadras sobre Sarmiento (que fue quien dijo aristocracia con olor a bosta). Me pierdo la presentación del poeta Mu-san Baek (debe sonar lindo un poeta koreano leyendo en español, como más musical) y a Piglia (¿quiero oir a Piglia?)
Me subo al bus, descargo la espalda, me saco las botas. A esta altura no tengo un mango, con 6 libros y 2 dvds vacié la billetera, porque 4 o 5 de mayo, para Bonfatti, sigue siendo fin de mes. Se resiste a admitir que ya es hora…
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Publicado en Cuentos el 9 de Mayo, 2012, 20:25
por MScalona
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Contrastes
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Modosa y silente. Siempre se sentaba ahí, bajo la luz de la lámpara chica. Sofá de una plaza. Rincón de la sala. Nada converge ahí. Es demasiado esquina. La mayoría son chicos de treinta y algo. Por qué será que quiso mezclarse con estos chicos postmodernistas?. Eso te digo yo también: qué hacés acá? Loca!. Desubicada. Él, que me quiere aconsejar para mi bien, me ha dicho que raje de ahí. Que no encajo. Pero ella sigue ahí. Dispuesta a ser un modelito del siglo pasado con veleidades del nuevo. Y hace los deberes literarios. En alguna cosa se ha doctorado. Pero de literatura, nada. Está en el reino de la lógica. Que sin comas, que sin puntos, que sin hilván alguno. La deconstructuración. Si el lector no entiende, mejor. Era Carver que decía algo así? No me acuerdo bien. Hay una ensalada rusa de nombres y de libros que esos nombres escribieron. Era una cara de color humilde, literariamente hablando. Ojo, ni se te ocurra rimar ni metrificar. Es demodé. En un renglón escribes que en una rara cacó…..¿o era cagó? y en el otro renglón: Fonía se había colgado con la gata de la matraca y respire donde pueda. Que la vida es un cambalache y la literatura debiera reflejarla. Sin ambages. Desnudarla. Cogerla con la hispánica mirada o con la ojeada criolla. Y derramarse, con las manos arrugadas pero enlechadas.
Ella leyó su escrito. Con orgullo, sintiéndose escritora. Silencio. Comprensión. Dejemos que la abuela se la crea. Total. Qué más da. A esta altura de su vida mejor no ofenderla. El largo silencio se rompe para iluminar. Para hacer foco en la falla. La falla está en que se privó al lector del ejercicio de su imaginación. ¡Trácate! Chupate esa mandarina. Como servir una sopa que devino dura, como amalgamada, lógicamente hablando. De modo que no es sopa ni nada. Porque albóndiga tampoco es. Quizás más adelante. Tú siempre me respondes quizás, quizás, quizás y así pasan los días y yo desesperando. Y tú, tú contestando quizás, quizás, quizás. ¡Eh, Matusalén!, ya los boleros pasaron a la historia de la antigüedad. El silencio vuelve a hacerse pesado hasta que se escuchan los acordes de una prosa anclada en las figuras barthianas. Oh!, Dios! Menos mal que alguien trajo algo para desviar el centro de atención. Yo ya creía que me desmayaba. ¿O un ataque de pánico estaría más actualizado?. Elías que cuenta sus amores con la maestría picassiana de cuatro pinceladas angulares en medio de cuadrados de diversos colores. Que estaba bajo la cama pero no estaba, porque la puerta nunca fue abierta. Era sólo un desdoblamiento de la personalidad. Cuando disparas en un sentido, ya asesando, te das cuenta que era para el otro lado. ¿O hay tres lados? Quizás era un espejo que rebotaba al infinito, la figura frente al espejo de la pared de enfrente. Julio habla de una paja brillante en el ojo ajeno. Que derrapaba en el pasto lleno de semen. Pero no era semen, era un gorrión que pasaba justo ahí. Y la camelia florecida de la felicidad del momento no encuentra palabras que la muestren de verdad. Solución: oh! Oh!. Feliz culpa la de Adán!
El director de la orquesta se luxa el brazo derecho, ¡qué lástima, justo el derecho!, indicando al fagot del fondo que arranque con fuerza. Y Ud. haga mutis por el foro hasta que el piano le vuelva a dar entrada. Nosotros, los bronces, esperamos el momento de marcar bien los silencios, recordando el dedo índice de la enfermera sobre su boca para no despertar a los muertos o casi occisos. Para los violines pude rastrear unas diez partituras dodecafónicas de la quinta sinfonía. O
es la quinta avenida?. No. No puede ser porque en ese tiempo ni existía. Tampoco es la quinta sinfonía, sino la novena. La del Himno a la alegría. Hay que remozar un poco al gran sordo. O era ciego?. No, ése era Borges. Por eso describía tan bien los matices de los diferentes colores de la experiencia diaria. No tenía ruidos visuales que le obstaculizaran su lazo inquebrantable con su musa interior. Bueno, basta de cháchara y a ver si se ponen un poco las pilas en este fin de semana largo. Practiquen todas las partituras y produzcan un concierto como la gente.
Eran las once y cuarto de la noche cuando abandoné el recinto. La cabeza me daba vueltas. Hacía frío. Son los primeros fríos, pero cada año los siento más. Como decía mi abuela, los años no vienen solos. Y tantos escritores juntos! En el medio del frío. Daba más frío.
Decidí ir al bar de la esquina a calentarme un poco con un cafecito. Al entrar tuve que hacerlo con cuidado porque alguien estaba sentado sobre la puerta, precisamente. Cuando el dueño me trajo mi calorcito, me acomodé en la silla y pude ver mejor al que taponaba la entrada. Éramos los únicos parroquianos. Sólo que él estaba acompañado por dos niños, con los cuales jugaba, una niña como de siete años y un nene de unos cuatro al que había dado un camioncito. Era emocionante ver a este hombre entrecano, jugar con los niños. No pude aguantar quedarme afuera del cuadro y le pregunté: son sus hijos? …O quizás sus nietos? . La respuesta fue una especie de gruñido que sonó a no se meta. No, dijo, son mis amigos. Entonces miré mejor. Los dos niños eran de tez oscura y él a pesar de las canas, dejaba entrever algún que otro mechón rubiongo. Vi también que había pedido vasos de telgopor y una botella de leche chocolatada, que entre juego y risas les estaba haciendo tomar. Primero las damas, decía y daba de beber a la niña. Mientras, el varoncito emitía un sonido siempre idéntico parecido a un chillido, que acompañaba con un fuerte golpe sobre la mesa con el camioncito. La verdad que molestaba bastante. Sobre todo el peso del día que yo ya llevaba encima. Y todos esos autores muy famosos y premiados que habían comenzado una danza del fuego, no precisamente fatuo, pero sí discordante, danzando entre mis neuronas del lado derecho, donde dicen que radica el arte. La niña, que era la que hablaba, porque al niño la pobreza le trabó el desarrollo, pidió un alfajor de chocolate. Ya te lo van a traer, dijo el hombre. Una mujer se había parado en la puerta del lado de afuera, con un bebé a cuestas. Los niños se agitaron y empezaron a levantar sus cosas como para irse. El hombre les dijo que se fueran yendo, que él les alcanzaría el alfajor. Yo también salí y miré bien a la mujer. Era una mendiga, que por fin había acabado su tarea de dar lástima como precio para tener algo de comer.
Cuando caminaba por la calle, se me iba mezclando mi calle con los chicos de la calle. Eran dos calles distintas. Mis escritores, adentrados en la ilegalidad de la creatividad, estaban en mi calle. ¡Tanta gente hablando al cuete!. En la de ellos, el abandono. Su frío. Y mi frío. Su hambre. Yo pude pagarme mi café. Ellos estaban ahí, del gran dueño tal vez olvidados, silenciosos y cubiertos de polvo, esperando una voz, como Lázaro espera, que les diga, levántate y anda. Era sólo cuestión de mover el caleidoscopio.
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- Josefina
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Publicado en Cuentos el 9 de Mayo, 2012, 20:23
por MScalona

Cuestión de piel
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Antes no era feliz; estaba cómodo. Así empezó a contarme su historia. En realidad empezó diciéndome ¿sabés qué pasa? y después sí intentó explicarme que felicidad y comodidad eran dos conceptos antagónicos. En ese momento lo entendí bien, parecía fácil. Puesto así cualquier cosa hubiera parecido fácil. Te llama tu amigo de toda la vida, te dice que necesita hablarte, se encuentran en un bar, esperás a que llegue apurado, pida dos cafés y te largue: ¿Sabés qué pasa? Antes no era feliz; estaba cómodo.
Imagino a cualquiera que lea esto diciéndome pero así podría haberte dicho cualquier otra cosa. Y es cierto, no se equivoca. Podría haber intercambiado cómodo por entretenido, por contento, por acostumbrado. En ese momento cualquier adjetivo le hubiera venido bien. Podría haberme dicho que antes no era feliz, sino que estaba frío o adormecido o aletargado, también podría haberme dicho que hasta ahí había vivido en blanco y negro y que ahora por primera vez en la vida se sentía cromático (esto último creo que es lo más acertado a lo que le pasaba, pero de haberme dicho una cosa así en la mesa del bar era muy probable que me le riera en la cara, él se buscara otro confidente y nosotros nos quedáramos sin conocer la causa de esa felicidad, cosa que para ustedes puede carecer de importancia, pero es mi amigo y yo quería escucharlo). Cualquier palabra le servía para nombrar eso que le pasó antes de ser feliz. En ese momento estuve a punto de contestarle que para mí estar cómodo es también un poco ser feliz, ¿quién puede pensar que la felicidad es estar incómodo? Iba a decirle tratá de ser feliz con dos talles menos de pantalón (o durmiendo en un silla una semana, o sentado a la mesa en unos banquitos de esos sin respaldar, o un montón de otras cosas). Pero no era momento y lo dejé hablar.
Cinco años saliendo con Aldana, cinco, y todo fue por comodidad, ¿entendés? Me hablaba él. Magalí me está enloqueciendo. Pero no tiene nada que ver una cosa con la otra, eh. Lo de Aldana es costumbre y lo de Magalí es otra cosa totalmente distinta, eso lo tengo bien claro. Ya la vas a conocer a Magalí. La semana pasada salimos con los compañeros del trabajo y al final se fueron yendo todos hasta que quedamos ella, yo y dos más. Yo estaba en el auto, así que las acerqué a sus casas. A Maga podría haberla dejado primero, me quedaba de paso, pero ella solita –se había sentado adelante– me dijo que me acompañaba a llevar primero a las demás. Yo me di cuenta cómo me lo dijo. Cuando las dejamos –a punto de amanecer– y nos quedamos solos de camino a su casa, puse la mano en su asiento, cerca de la pierna pero sin tocarla. Esperé a ver qué hacía. Qué sé yo, de mi parte no me parecía que eso fuera ninguna desubicación, hasta podía tener una costumbre de manejar poniendo la mano en la butaca del acompañante. Encima yo había visto la forma en que me miró cuando todavía estábamos en el bar.
”Ella ni notó la mano, o por lo menos no dijo nada. La música estaba fuerte pero el silencio era cada vez más alto. En lugar de estar yendo a su casa, sentía estar tirando de una soga para acercar la casa hasta nosotros. Las cuadras pasaban y mi mano seguía intacta. Me acuerdo que pensé: ella puede pensar que es mi costumbre manejar con la mano ahí y que lo hago siempre; o en el mejor de los casos piensa que sí, que puse la mano ahí a propósito, para ver qué hace ella. Y me dije ¿y qué carajo va a decirme? ¿Va a decirme ah me dí cuenta que pusiste la mano acá, eh, me dí cuenta?… Y justo en el momento en el que dejaba de sentirme un ganador y empezaba a sentirme un pelotudo se me escapó, para que no quedaran dudas: ¿Querés hacer algo? Pensé que nuestra relación de ahí en más y cuanto mucho podría llegar a ser como la de dos hermanos que se quieren muchísimo pero en donde la palabra sexo unicamente puede usarse en tercera persona.
”Como siguió el silencio largué un suspiro de alivio. Pensé que quizás, con la música, no había podido escucharme. Giró la rodilla para mi lado despegándola del asiento y apoyando la pierna sobre mi mano me respondió: ¿Cómo decís? No nada –le dije tragando saliva–, preguntaba si te habías quedado con ganas de hacer algo, qué sé yo, ir a tomar algo más. Es tarde, me respondió, tardísimo. Y otra vez: ¿qué carajo quiere decir tarde? ¿quiere decir que no? ¿O quiere decir que tendría que haber sido más vivo y haber preguntado un poco antes? A lo mejor, si hubiese preguntado cuando correspondía estaríamos en la cama en lugar de seguir acá, culpa mía, calentándome con la tela de su pantalón apoyada en la parte de arriba de mis dedos. Estábamos llegando y ya nada me importaba demasiado, saqué la mano de una vez y le agarré directamente la suya. ¿Qué hacés?, dijo. Nada, ¿por? –otro trago de saliva–. La mano –me dijo; pero ahora ella en lugar de soltarla la tomó entre las suyas–. Sí, está fría, ¿viste?, contesté. Aparato, susurró. Nunca más volvieron a decirme así, pero si alguna vez me ponen frente a un paredón de fusilamiento y me dejan pedir un último deseo, sería ese: que venga ella, me agarre la mano, me mire a los ojos y me diga aparato justo antes de morderse el labio. Después, que hagan fuego.
Ese aparato sería lo que marcaría el antes y el después del que me hablaba. La diferencia entre estar cómodo y ser feliz. Durante varios meses seguí escuchando la historia mientras pasaba. Hacía mis propias apuestas, aunque únicamente se lo decía cuando pensaba que estarían juntos toda la vida, y eso le cambiaba la cara. Yo empecé a sospechar que nos veíamos exclusivamente para eso, pero no me molestaba en lo más mínimo. Era una novela con la que me había enganchado. Nos sentábamos en un bar, pedíamos dos cafés (no sabés el café que prepara ella, decía) y empezaba a hablar. Cuando le decía de salir a fumar, me decía que estaba tratando de dejar, ella no fuma. Si hablábamos del cine, había ido con ella. A veces tratataba de hablarle de fútbol, pero también había dejado de interesarle.
De aquel viaje en auto me contó que se besaron al llegar a la puerta de su casa. No fue lo que se dice largo y tendido, pero sí suficiente. Un beso cortito, se mordió otra vez los labios, dijo por segunda vez aparato y se fue. Más adelante me contó que ella en unos meses se casaría, tenía un novio de toda la vida. A él mucho no le importaba, total si se casaba la boluda era ella –decía–, porque estando enamorada de mí, no debería casarse con otro, no va a ser feliz. También se ocupó de aclararme que ella no era así, me juraba y me recontrajuraba que a su futuro marido sólo lo había engañado con él, y sí lo hacía era porque lo de ellos era inevitable.
En la época en que me contaba eso, a mi abuelo le diagnosticaron Alzheimer. Recuerdo una de las últimas tardes que pasé con él. Me preguntó si el Torino estaba bien guardado. A mí ya no me reconocía, y después, preguntando, me enteré que el abuelo, de joven, cuando vivía en Córdoba, había trabajado en Industrias Kaiser. Había tenido uno de los primeros autos, uno de 1966 (al mercado salieron casi en 1967). En esas visitas nombró varias veces a aquel Granrutier (así le decía), me aseguraba que de animarme a ir al garaje y recibir de esos faroles un golpe de ojos, me enamoraría. Una de esas tardes, entre confidencias me contó –todavía no sé con quién pensaba que hablaba– que en ese Torino había conocido a Marta, que tendría que verle los ojos a Marta para entender todo el universo, y que ahí, en el amplio asiento trasero se deslizaron los dos la primera vez que supo cómo se sentía hacer el amor. Esa fue la única vez que me habló de Marta. Me explicó todo con excesivos detalles: me habló del baile, de los vestidos, de tobillos, del terrible motor que tenía el Torino y de las terribles piernas que tenía Marta. Nunca quise preguntarle al resto de la familia quién había sido Marta, si es que la conocían. Mi abuela se llamaba Lucía, se habían casado en el ‘65, y Marta era el secreto entre mi abuelo y la persona con la que él creía hablar. Sentía que mi abuelo estaba pidiendo su último deseo y era mirarle los ojos a Marta y llevarla al campo pisando otra vez el Torino.
A medida que mi amigo me contaba la historia de hoy, me fui convenciendo de lo que me decía, y la verdad es que lo veía feliz. Empecé a creer que la felicidad era vivir esa historia que uno se guarda para recordar cuando sólo pueda elegir una única imagen. Un lago, las estrellas, la cara del hijo, la cima de una montaña, los ojos de Marta, las palabras de Magalí. Yo no lo veía tan cómodo como antes, había dejado a su novia de toda la vida, salía con nosotros pero sin jamás acercarse a hablar con otras chicas. Muchas veces lo acompañamos a algún bar a buscarla, a Luna o a Berlín. Nos convencía pidiéndonos que le hagamos la gamba, que el lugar estaba bueno y que por ahora era la única forma que tenían de verse. Que no arreglaban por teléfono porque habían decidido cortar con todo y no hablarse más, pero aún así no podían evitar encontrarse en los lugares en los que andaban y nos decía, ¿saben cómo empieza Rayuela?, bueno, así, andaban sin buscarse pero andaban para encontrarse. Nosotros lo acompañábamos porque sabíamos que una vez adentro éramos totalmente prescindibles, casi invisibles, libres de irnos o quedarnos, aunque del lugar nos íbamos mucho después que ellos y llegábamos a nuestras casas cuando todavía era de noche. Ellos volvían al amanecer.
Ella estaba convencida de que él no sería fiel, con su mano de la butaca y besando a una mujer casi casada, no era una persona para fiar. Por eso él mostraba tanto cuidado en no ser visto con otras, ni siquiera hablando. Por eso también me contó que llegó a proponerle casamiento, que lo había pensado bien –no era algo dicho por decir– y quería compartir su vida con ella, y si ella quería seguridad, qué mayor seguridad que esa. Esta vez ella le dijo estás loco y abandonó el auto. En un momento, con mis amigos, tuvimos que frenarlo porque decía que hasta tenían elegidos los nombres de dos hijos. Tuvimos que decirle que no vaya a ser cosa que fuera tan pelotudo como para dejarla embarazada. Y él nos había dicho que ni ahí pensaba en eso. Que si ella quería un hijo de él, tendría que dejar de coger con el otro, aunque hacía como dos meses que no se acostaba con ese otro, le había dicho.
Es una cuestión de piel –se lamentaba ella–. Lo que tengo con vos es una cuestión de piel. No puedo estar enamorada de dos personas. Cómo no te conocí diez años antes. Cómo me gustaría que lo manden a trabajar a Brasil. Me gustaría que lo manden a Brasil y que vos vengas a mí casa a conocer a mi familia. Me gustaría irme de viaje con vos. Me gustaría tener un hijo tuyo. En las cartas me salió que tendría un hijo tuyo. Pero ya tengo todo listo. Además vos no sos de fiar. Yo no estoy segura de que vos seas tan príncipe cómo parecés. Y cada vez que él se enojaba, ella le decía aparato, le daba un beso y vuelta a la cuestión de piel.
Dejó a su novia y estuvo con ella durante seis meses, hasta que se casó, después de casada estuvieron otros seis meses más. Un día en el bar, extrañados porque no la había nombrado en toda la noche, le preguntamos cómo había seguido la historia. Nos dijo que había terminado, que no entiende qué lo había puesto así de loco durante este tiempo, que hasta donde él sabía ella estaba bien pero hacía muchísimo que no se veían. Tenía guardada cartas, cartas de papel, nos aclaró, todas sin leer. Nos dijo: siento como si jamás hubiese estado enamorado de ella, todo fue demasiado raro, una cosa de ese momento y por fin ahora, después de un año de mierda, puedo estar tranquilo por una vez en la vida. Antes estaba muy aturdido, muy acelerado, en cambio ahora soy feliz, dijo.
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Matìas
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Publicado en Nuestra Letra. el 8 de Mayo, 2012, 1:32
por MScalona
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AUTOBIOGRÀFICO
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A mis cinco años lograba resolver con suma facilidad cálculos aritméticos, lo que era inusitado en aquellas épocas.
Esa especie de talento me valió el apodo de "ladrillito", ya que mis tíos solían plantearme en las reuniones familiares problemas matemáticos a partir de ladrillos que se compraban, vendían, rompían, apilaban, o se distribuían en camiones o carretillas.
Supongo que mi abuelo – que nunca se despegaba del cuadernito y la calculadora - también pensó que había que estimular esa habilidad casi innata y me puso a cobrar en su almacén.
Apenas llegaba al cajón del mostrador – banquetita mediante – y todos los vecinos aguardaban ansiosos el momento en que yo les entregaba el vuelto. Se establecía entonces una especie de complicidad entre mi abuelo y su clientela, merced a la cual nadie se molestaba por demorar un poco más, a cambio de ser partícipe de las primeras experiencias financieras de un niño que se adentraba en el mundo de los negocios. Es que todo era diferente en los almacenes de barrio, se esperaba sin problemas y se disfrutaba de la estadía en el local, mientras se empapaba uno de las realidades circundantes. A nadie se les pegaban los fideos o se le hacía tarde para ir a buscar sus hijos al colegio. Tampoco merodeaban los celulares, interrumpiendo conversaciones o fabricando asuntos urgentes.
Yo dócilmente me prestaba a ese simulacro de suficiencia, que me ha marcado hasta el extremo de eludir ahora los cálculos mentales y evitar las monedas en los bolsillos, pues me altera su repique. También forjó, probablemente, mi resistencia a las ciencias exactas al momento de decidir sobre mi futuro.
Pero una de esas tardes, mi hartazgo encontró un punto de fuga en la rebelión menos pensada. Cansado de ser la estrella de un espectáculo cuasi-circense, y mientras mi abuelo llenaba con fideos unos tarros gigantes, tomé del cajón tres monedas doradas. No recuerdo su valor, parecían enormes sobre la palma de mi mano derecha y las guardé disimuladamente en uno de los bolsillos del pantalón.
El primer contacto de mi abuelo con el cajón de aquel mostrador de nerolite fue aterrador para mí, aunque pude contenerme y hasta cobrarle con eficiencia, minutos después, un kilo de pan a doña Nilda. Pero instalado en mi conciencia, el botín ya latía resuelto a delatarme y, sin saber bien qué hacer, pretendí buscar refugio en casa de mis abuelos, que quedaba en esa esquina.
La calle era de tierra, pocas veces pasaban autos y el mayor riesgo de transitarla era dar un mal paso y terminar en la zanja. Las veredas siempre estaban colmadas de vecinas tomando mates o barriendo y de chicos jugando a la popa o la rayuela, de modo que era normal que yo hiciera solo ese trayecto.
A mitad del camino, abatido, arrojé las monedas en un yuyal que se había formado al costado de una zanja, sintiendo un vacío casi instantáneo. La perturbadora idea de dejar de ser aquel niño adorable que tanto enorgullecía a su familia, me lanzó desesperadamente sobre la maleza en busca del dinero y, como es propio de aquellas experiencias llamadas a ser perversamente aleccionadoras, mis bracitos y piernitas se toparon en tal rescate con una madeja de ortigas furibundas dispuestas a defender el tesoro.
Mi odisea trascendió en cuestión de segundos – como siempre ocurre en los barrios con los hechos trágicos – y vi, ni bien logré incorporarme, a mi abuelo y mi tía viniendo en mi auxilio.
Me encontraron allí, aturdido, lagrimeando, con las piernas y los brazos enrojecidos, sucios y llenos de raspones. Bastó la mirada piadosa de ambos para que abriera el puño dejando al descubierto las tres monedas. Rompí en llanto.
Ella me abrazó con dulzura, sin entender cabalmente la escena.
_ Vamos a casa a ponerte cremita para que no te duela.
Mi abuelo, superando su habitual parquedad, y con esa sabiduría casi instintiva propia de los hombres de campo, lanzó una sonrisa sutil y me dijo:
_ ¡Sos un genio pichón! ¿Cómo adivinaste que hoy justo te iba a pagar tres monedas?
De poco me sirvió su indulgencia. Seguí llorando desconsoladamente mientras me curaban las heridas, convencido de haber hecho algo imperdonable.
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CINEMATOGRÁFICO
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Con sólo cinco años, lograba resolver con suma facilidad cálculos aritméticos.
Para aprovechar esa habilitad casi innata su abuelo lo puso a cobrar en su almacén.
Apenas llegaba al cajón del mostrador – banquetita mediante – y todos los vecinos aguardaban ansiosos el momento en que el nene les entregaba el vuelto. Ninguno se molestaba por demorar un poco más, a cambio de ser partícipe de las primeras experiencias financieras de un niñito que se adentraba en el mundo de los negocios.
Dócilmente se prestaba a ese simulacro de suficiencia, hasta que una de esas tardes, su hartazgo encontró un punto de fuga en la rebelión menos pensada. Cansado de ser la estrella de un espectáculo cuasi-circense, y mientras su abuelo llenaba con fideos unos tarros gigantes, tomó del cajón tres monedas doradas – que le parecieron enormes sobre la palma de su mano derecha – y las guardó disimuladamente en uno de los bolsillos del pantalón.
El primer contacto de su abuelo con el cajón de aquel mostrador le resultó aterrador, aunque pudo contenerse y hasta cobrarle con eficiencia, minutos después, un kilo de pan a una señora. Pero, cada vez más mortificado por lo que había hecho, corrió a refugiarse en la casa de sus abuelos, que quedaba en esa esquina.
A mitad del camino, abatido, arrojó las monedas en un yuyal que se había formado al costado de una zanja pero, enseguida, perturbado por la idea de dejar de ser aquel niño adorable que tanto enorgullecía a su familia, se lanzó desesperadamente sobre la maleza en busca del dinero. Y, como es propio de aquellas experiencias llamadas a ser perversamente aleccionadoras, sus bracitos y piernitas se toparon en tal rescate con una madeja de ortigas furibundas dispuestas a defender el tesoro.
Su odisea trascendió en cuestión de segundos – como siempre ocurre en los barrios con los hechos trágicos – y ni bien logró incorporarse, vio al abuelo y la tía viniendo en su auxilio.
Lo encontraron allí, aturdido, lagrimeando, con las piernas y los brazos enrojecidos, sucios y llenos de raspones. Bastó una mirada piadosa de ellos para que abriera el puño dejando al descubierto las tres monedas. Rompió en llanto.
La mujer lo abrazó con dulzura, sin entender cabalmente la escena.
_ Vamos a casa a ponerte cremita para que no te duela.
El abuelo, superando su habitual parquedad, y con esa sabiduría casi instintiva propia de los hombres de campo, lanzó una sonrisa sutil y le dijo:
_ ¡Sos un genio pichón! ¿Cómo adivinaste que hoy justo te iba a pagar tres monedas?
De poco le sirvió su indulgencia. Siguió llorando desconsoladamente mientras le curaban las heridas, convencido de haber hecho algo imperdonable.
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FOTOGRÁFICO
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Con sus cinco años estaba parado frente al yuyal, consternado, sin saber bien por qué había arrojado allí las tres monedas, ni mucho menos, por qué se las había robado a su abuelo, el almacenero, minutos atrás.
Tal vez le molestaba que el señor lo haya puesto a cobrar en su granja como si fuera la estrella de un espectáculo circense, aprovechando su habilidad para realizar con inusitada facilidad cálculos matemáticos y no había encontrado la manera de exteriorizar su hartazgo.
Mientras miraba la maleza, con su cuerpecito tembloroso, pensaba que dejaría de ser merecedor del orgullo de toda su familia y esa sensación lo indujo a arrojarse sobre los yuyos en busca de las monedas, sin advertir siquiera que debía atravesar una madeja de ortigas para alcanzarlas.
Y debió hurgar en esa nada verde durante minutos que le parecieron eternos hasta toparse con el botín. Cuando logró salir con las piernas y los brazos enrojecidos, sucios y llenos de raspaduras, vio que su abuelo y su tía venían a ayudarlo.
El niño lagrimeaba, estaba como aturdido, y al advertir la mirada piadosa de ellos, abrió su puño dejando las monedas al descubierto.
La mujer le dio un abrazo tibio, sin entender bien qué había sucedido, mientras que su abuelo le lanzó una sonrisa sutil y le dijo:
_ ¡Sos un genio pichón! ¿Cómo adivinaste que hoy justo te iba a pagar tres monedas?
Pero al niño de poco les sirvió su indulgencia. Siguió llorando desconsoladamente mientras le curaban las heridas, convencido de haber hecho algo imperdonable.
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GABRIEL CACIORGNA
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Publicado en relatos el 6 de Mayo, 2012, 23:54
por MScalona
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La Figura Barthiana
Mail nuevo sobre la figura barthiana. Lo leo. Bla, bla, bla. A lo primero que me remite la figura barthiana es a Bart Simpson. Habiendo ya analizado el centímetro y medio al que se extiende mi comprensión teórica de la literatura, sigo viendo los mails y las redes sociales. Una amiga muy cercana me envía un .pps con la recomendación Muy bueno! Ke lo disfruten...Salu2! Mi amiga no es K, simplemente ignora la ortografía porque para qué, si se entiende igual, un argumento que yo usaba a los trece y que parece irrebatible, quizás lo sea. Pero es mi amiga, no sólo en las redes sociales sino también en la mesa de un bar. Por eso, y por el aburrimiento y la ofuscación que cargo por no entender la figura barthiana, abro el .pps. Del Dalai Lama o algo similar. Veo pasar diapositiva tras diapositiva de paisajes maravillosos, pero maravillosos en el sentido de Susana Giménez, o sea maravishosos o maraviyosos, todo rehogado con la música de Enya, que tanto ha disminuido nuestra calidad de vida junto con los spas y los conceptos del marketing neoliberal. Y en cada paisaje, una frase con tanta sabiduría que lastima el buen gusto, tanta sabiduría que se te desvanece ahí mismo el teclado de vergüenza por no poder escribir nunca jamás algo tan tremendo. Y yo, con medias y ojotas, jogging con manchas dudosas, el pucho a punto de quemarme la mano y un buzo que era de mi viejo y que lo saqué de una bolsa que era para los pobres, me empiezo a sentir mal. Puta Enya, que te parió, a vos y al Dalai que la visita a Susana y que le dice maravishoso o maraviyoso. Me siento mal porque si bien no pretendo ser el Dalai Lama, tampoco es cuestión de abrazar con tanto ahínco el Lado Oscuro y andar por ahí desparramando bilis y soplándole el humo en la cara a esa gente sana que disfruta comiendo verduras y que no tiene la culpa de que uno tenga ADN de Courtney Love.
Me desperté en Año Nuevo muerta de calor y resaca. El calor era porque me había acostado con los jeans y un pullover puestos. La resaca era por el Año Nuevo, porque es fin de semana, porque aprobé Teoría Política II, porque no aprobé Epistemología, porque no estoy embarazada, porque había comido poco, porque un amigo se iba de viaje, porque sí, por qué no. Tenía un moretón en la cara, una magulladura, pequeña. Anoche te caíste en la calle me dijeron. A partir de ahí, el año empezó a caer. Ya en febrero pintaba para ser un año de mierda, cada día me despojaban de algo más. Para abril alguien me aconsejó ir a una bruja o al Padre Ignacio, pero el horóscopo me sugería no engañarse con el pensamiento mágico, lo cual me pareció maravilloso, o maravishoso. Leyendo la totalidad de los signos descubrí que el horóscopo de La Capital es siempre el mismo nada más que va rotando, así que calculé que en octubre iba a ser un buen momento para comenzar con un nuevo analista. Pero estamos en mayo, es miércoles, tengo una entrevista para llenar el vacío laboral que dejó marzo, y no hay taxis. Aparece uno y se dedica a ir lento. El tipo no habla, tiene GPS y una figura de la virgen -la figura de la virgen será una figura barthiana? No es momento- colgando del retrovisor. El auto va tan lento que la virgen ni siquiera hace el bailecito típico de vírgenes de retrovisor.
- Disculpe, ¿Podría ir más rápido? Estoy muy apurada..
- ¿No ves que no se puede avanzar? ¿Vos querés que vuele?
- No, pero fíjese que hay onda verde, y si va a cuarenta la agarramos y...
- ¿Qué te pasa nena? ¿Te vino hoy?
Me callé, no por educación, sino porque lo único que me había venido en el último mes eran facturas que no podía pagar, y porque los taxistas me dan miedo. Justamente trataba de llegar a tiempo a una entrevista de trabajo para poder pagar esas facturas que, repito, era lo único que me había venido. Todo era una gran ironía que marchaba despacio. Esperar la menstruación es como esperar a Godot, con los dos ovarios diciéndose uno a otro ¿Estás seguro de que es aquí? ¿El qué? Donde hay que esperar. ¿Ves algún otro? En la obra absurda del ciclo menstrual el final cambia porque el esperado Godot aparece la mayoría de las veces, pero la espera es siempre la misma. Pero esto el tachero no lo iba a saber, no porque no haya leído a Beckett, sino porque sólo lo saben las mujeres que leyeron a Beckett. La frase ¿Qué te pasa loca? ¿Te vino? es para los hombres como mentir el envido de mano, una ofensiva incierta a la que una sólo le puede dar si le vinieron algunos puntos. Entonces me callé y se hizo tarde. Cuando bajé exigió cambio como si reclamara un derecho humano. Le pagué, le juré por la virgen del orto que colgaba del retrovisor que me iba a vengar de su raza y le estampé la puerta con furia. No me dieron el trabajo.
Compré unas facturas y me fui a la casa de una amiga similar a la del .pps. Me aconsejó con mates que no me enojara tanto con la vida. La que me aconsejó ir a la bruja es más extrema, me cae mejor, pero vive mucho más lejos del lugar adonde no voy a ir a trabajar. Yo le contesté que cada vez que no me enojo cuando debería enojarme siento cómo una célula rosada y gordita, bella como un ovocito recién generado que anda por el cuerpo irradiando juventud, de golpe se contrae, hace como un salto y se machuca, se pone verde, empieza a tener una actitud guerrillera para con mi cuerpo y busca agremiarse con otras disconformes en aras de reventarme un pulmón o el páncreas. Siento el ruido físico de esta insurrección, algo así como un plac, que sólo se calma cuando me enojo y le grito a un taxista que su auto tiene olor a culo y que lo voy a denunciar. Digo taxista porque son los Darth Vader urbanos, pero puede ser cualquiera. Yo necesito enojarme, lo necesito físicamente, le contesto a mi amiga. Me trata de loca. Yo le digo que ella es la típica figura barthiana y nos reímos.
En el medio de la charla con los mates siento un alivio: la certidumbre de que Godot ha llegado. Me pongo un tampón, agradeciendo como cada vez a Johnson & Johnson por habernos dado con su invento más libertad que el voto femenino, ese pequeño dispositivo íntimo que el príncipe Carlos inmortalizó en la célebre frase a su poco célebre amante Camila Parker Bowles: "Quisiera reencarnarme en tu tampón". Muerta Lady Di, Carlos siguió siendo tampón, pero quizás más feliz. Feliz yo, una buena en un año de mierda, me fui al shopping a mirar cosas que no podía comprar, pero que me podría poner siempre que no estuviera embarazada. Después me tomé un café, leí el diario y terminada una jornada más no laboral, me tomé un taxi y me fui a mi casa. No volví en colectivo porque mi nivel de nihilismo había descendido hasta poder hacerme pensar que no todos los tacheros tienen que ser Darth Vader, que alguno decente debe haber, y además me daba fiaca ir a esperar el cole. El día, con tanta sangre, se había puesto tan lindo... es lindo que Godot llegue de vez en cuando.
A las dos cuadras el tachero eructó y le tiró un cigarrillo encendido a un pibito que le quiso limpiar el parabrisas. Yo escuché el plac de una célula pasando a la clandestinidad. Después hizo un comentario acerca de que yo debía agradecerle su heroísmo sin par por atreverse a llevarme a las ocho de la noche a una zona tan temible como Sorrento y Zelaya. Plac. Después le subió el volumen a Radio 10, negros de mierda, este país, etc, etc, etc. Plac. Plac. Plac. A mi no me iba a arruinar el excelente día de excelente menstruación este energúmeno inmundo reptado desde las peores cloacas de la clase media. Yo llevaba una pollera divina, maraviyosa, maravishosa, no se cómo rechazaron semejante pollera en la entrevista de trabajo. Abrí mis piernas y en la oscuridad corrí con mis dedos mi bombacha. Con el dedo hurgué hasta encontrar el hilito celeste. Con el índice y el pulgar, como dice el manual, tiré con firmeza hacia afuera. Johnson y Johnson venía cargado, pidiendo el recambio, lo supe por el volumen que ostentó al salir. Un pequeño feto, si se quiere ser demasiado gráfico, del tamaño de la virgen que cuelga en los retrovisores. Con un movimiento cortito lo arrojé abajo del asiento del tiranosaurio que seguía despotricando contra lo' pibe. Le pagué con cambio, entré y prendí la compu mientras me hacía un fernet. Me puse cómoda, pero no como se ponen cómodos en las películas, sino cómoda de verdad, y me prendí un cigarrillo. Mail nuevo sobre la figura barthiana.
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