Yo tenía más o menos 9
años cuando, furtivo, gustaba de deslizarme al bunker de mi hermano. En aquella
piecita, así la llamábamos, en los fondos de la casa de calle Santiago, él
armaba (con maña que hasta hoy envidio), sobre una vieja mesa de dibujo técnico,
sus maquetas de aviones y tanques de guerra. No le era fácil. Debía vencer al
clima,que allá dentro se exasperaba, y a
mi papá, que parecía seguir los caprichosos comportamientos de la atmósfera. Sin
embargo eran otras las cosas que me interesaban. El viejo armario de dos
puertas vidriadas donde guardaba sus “Mecánica Popular” y “El Grafico”.
De las primeras,
recuerdo dos tapas. Una que hablaba de las mejoras en los alertas de tornado.
Un hombre, realmente aterrorizado, miraba una TV donde mostraban un embudo gris
que, descuento, había puesto proa a su vivienda. De lo contrario no se
entendería tanto pánico. La otra que rezaba “Así ven nuestras tropas en la
noche”. Un soldado, su casco enmascarado con hojas, cuerpo a tierra entre el
follaje apuntaba a un vietnamita que se veía reflejado en su mira telescópica. Pero había un “Gráfico” que me arrebataba. Una
nota de una sola página. Una foto a color de un Shadow negro, un Fórmula Uno.
Tomado de frente. Arriba el titulo: “Morir de amor”. Más abajo: “Peter Revson
se mató en Sudáfrica corriendo tras su sueño de campeón del mundo”. Una y otra
vez volvía a aquel encabezado que, a mis nueve años, me decía dos cosas. Una,
que la muerte existía más de lo que me imaginaba. La otra, que había maneras de
morir muy distintas a las que relataba aquel cura fascista que nos adoctrinaba
para la Comunión. Algunas
de ellas, ante la inexorabilidad recién aceptada, dignas de ser vividas.
Escalones
No había cumplido los 10 años cuando mi Papá
me llevó a Buenos Aires a ver la Fórmula Uno.Fue un enero, seguramente tan calido como debía ser. Por entonces el
autodromo se llamaba “17 de Octubre” y eso, al Viejo, gorila contumaz,lo llenaba de odio y le exacerbaba el
resentimiento.Tampoco escapaba a su
conocimiento (a mis ojos nada le escapaba), quién había sido el responsable de
la construcción de aquel templo. El “Conchudo”, según su calificación y para su
gozo, hacia algunos meses ya no estaba. A mí, todo eso, desde ya, no me
interesaba. Las cuestiones que podían rozar mi confort anidaban en otra
dimensión. Alguna maestra. Algún grandote que abusaba de mi enclenque andamiaje
óseo, en exceso crecido hacia arriba violando todas las reglas de la física
respecto del centro de gravedad. Tal vez por eso mismo, al llegar a las
plateas, mi viejo me agarró de la mano para acompañarme en eso de ir trepando
los escalones hasta nuestros asientos.
Y después el tiempo
siguió contando estaciones. Y a todos nos pasaron muchas cosas. Y la Fórmula Uno no volvió
durante años. Hasta que un día sí, a un autódromo que ya no se llamaba “17 de
Octubre”. Y las cosas, por eso de haber pasado, cambiaron. Y tal vez por eso
mismo, al llegar nuevamente a las plateas, agarré la mano de mi viejo para
acompañarlo en eso de ir trepando los escalones hasta nuestros asientos.
Los hombres, que son almas simples, no la entienden. La susceptible tiene reacciones inesperadas y cambios de humor repentinos, es una mina crispada que está siempre al acecho de algo que le pueda ofender o descalificar. Todas somos susceptibles en potencia cuando estamos por menstruar. A ésta, él le ha dicho que hoy prefiere no verla, porque está cansado y un poco irritable, y cree que un baño caliente y silencio le harán bien. Ella, que siempre ha defendido esta opción de casas separadas, que le permite ver películas y leer el subtitulado tranquila mientras mancha las sábanas de helado de chocolate, cuelga y se pone a llorar. Pero rápidamente pasa de la melancolía a la ira. Y la ira es algo que una mujer no puede guardarse. Lo llama de nuevo. - Vos no me podés tratar así. - ¿Así cómo? - Yo entiendo que estés en crisis, pero no sos el único que está en crisis. - Yo no estoy en crisis. ¿Vos estás en crisis? -¡Cómo que no estás en crisis! ¿Desde cuándo preferís estar solo cuando estás cansado?. - Solamente... estoy en mi casa. - ¿ No será que te pasa otra cosa y no me lo querés decir? - Ah, ya veo. Che, me estoy haciendo un par de huevos fritos. ¿Hablamos más tarde? - No me cambies de tema. - Estoy buscando la sal. - Últimamente... no me querés ver tanto. Y... ¿cuánto hace que no me tocás? - Ayer a la tarde, Laura. Te toqué bastante ayer a la tarde. - Ay, cierto. - Preciosa, estás muy sensible. ¿Querés venirte a casa? - No, no, no. - Bueno, nos vemos mañana, entonces. - ¿Ves? Y después me decís que no te pasa nada.
Brasil: hallan cuerpo del cura que intentó volar con globos
El hombre, de 42 años, estaba desaparecido desde el 20 de abril pasado.-
El cuerpo del sacerdote Adelir Antonio de Carli, que desapareció hace más de dos meses al intentar batir un récord volando con globos, fue encontrado en alta mar, a 100 kilómetros de la costa de Río de Janeiro.
El cadáver del cura fue hallado ayer por un remolcador de la empresa brasileña Petrobras a 100 kilómetros de la costa .-
Desde que se levanto las cosas le iban a contramano. Pateo el borde de la cama, como si no durmiera en ella desde hace siete años. Bajo las escaleras intentando no pisar con el pie accidentado y se sentó dispuesto a desayunar. Y mientras revolvía el café comenzó a recordar como una serie de pedazos inconexos escenas de la noche anterior: alguien le gritaba, un dolor extraño, algo parecido a su cuerpo despedazado, algo se caía, se rompía, algo era irrecuperable. No sabía qué había perdido, pero sabia que las cosas no encajaban. El olor del café lo inundó y alcanzo a ver como una mujer lo espiaba desde su ventana, haciéndose la distraída pero sosteniéndole la mirada. Se levanto y comprendió que no quería estar más en esa casa, por primera vez en mucho tiempo no se iba a poner a escuchar música y armar las clases para la tarde. En cambio decidió salir a caminar, sin saber muy bien adonde, y mientras lo hacia se sintió perdido. Es como si hubiera viajado a otra ciudad y pretendiera seguir usando el mismo plano de siempre. Pero no se detuvo, siguió caminando y se encontró con una plaza con árboles grandes, de esos que a el le gustaban. Intento ordenarse un poco pero sentía que se le había caído todo lo que había podido pensar hasta ese momento. Y lo mas extraño de la situación es que es eso no era un problema.
Martes a la noche. Después de revisar todos los contactos de la libreta de direcciones, me encuentro con lo inevitable. Es imposible armar algo decente a mitad de semana en esta ciudad de mierda. Y si, me enojo, cómo puede ser que medio millón de habitantes en edad enfiestable elijan las almohadas a los bares. Pero mi enojo es tramposo como la persona que lo causa y en el fondo se que esto no tiene nada que ver con gente disponible u ocupada, ni con mensajes desesperados, ni películas imperdibles. Esto tiene que ver con esa hija de puta, que paso a ser otra hija de puta. Y trato de relajarme, de acordarme de esa noche de principios de año en medio del viaje de verano, cuando dije aquella frase de "un hombre camina en medio de una ciudad lejana, mira al cielo, putea y exige respeto", pero no deja de ser una hija de puta. De todas maneras algo tengo que hacer, empiezo a repasar y me decido por el cineclub. No me importa ir solo. Después de todo ¿no se trata de eso?. ¿De cómo hago para estar solo? Entro y me siento exactamente en el lugar que quiero, dos asientos detrás del medio de la sala. Comienza la película y ya algo me molesta, tengo la sensación de que no va a ser como las otras, claro que es difícil igualarlas. Pero el director parece no tener ninguna intención de trabajar sobre los personajes. Más bien parece estar preocupado por otra cosa. Pero a lo largo de la película me voy sintiendo mejor, debo reconocer que al final me termino gustando, toda esa deriva sobre la alegría y sobre la simpleza, es como si el tipo pudiera mostrar algo que yo venia pensando hace mucho. Aunque la alegría es algo que, últimamente, solo puedo ver en el cine.
Publicado en General el 4 de Julio, 2008, 1:36
por sandra
Ni siquiera eso.
Cose sin agujas.Descose lo no cosido, con los dedos.
Doblar, punta con punta, punta con punta. Eusebia dobla las servilletas, las sábanas, los pañuelos,
la pollera que lleva puesta, los puños de su camisa, el chal.
-Punta con punta,- repite, -así ¿ves?-.
Y no tiene reparos en hacer pliegues en vertical, horizontal, diagonal, o inclusive en in inventar puntas donde no las hay.
Pega botones, zurce, hace ruedos de mentira.
-Ya es de noche, y tu padre que no llega...hay que entrar las gallinas!
Del balcón del 5º sobre calle Montevideo esquina Buenos Aires, cae una llovizna bien recibida por el helecho-arroz sediento de su propio balcón. Las petuñas: envidian.
-Con alguna de esas chirusas, debe estar. Siempre se demora con chirusas...
-Ya es hora, los chicos vuelven de la estación del ferrocarril, les pedí que le avisaran al tío que está invitado a comer. Preparé la pastelera con grajeas, como le gusta a él. ¡Que tu padre llegue a tiempo!
Y recostada en su cama-cuna, espera un esperar infinito.
Yo le canto:
duerme, duerme, negrita,
que tu mama está en el campo, negrita...
te va a traer ricas cosas para ti,
te va a traer codornices para ti,
te va a traer carne de cerdo para ti...
si la "negra" no se duerme,
viene el diablo blanco y zas!!! le come la patita!!
Ella escucha y sonríe un poco, se deja acariciar, mientras con sus dedos laboriosos descose los puntos de la cicatriz.
Publicado en relatos el 3 de Julio, 2008, 13:19
por Lauri
El martes a la noche estábamos en el comedor del departamento de tres ambientes que comparto con mi hermano Sebastián y mi prima Vicky. Recién terminábamos de cenar, Seba lavaba los platos y Vicky me contaba sobre sus amoríos recientes. Haciendo un poco de esfuerzo para prestarle atención, la escuchaba decir: "Cada vez que veo al pendejo me siento como cuando bajaba a abrirle la puerta a Guille. Me agarra esa cosa adentro, mezcla de tristeza y no se qué, esa angustia que me daba tener que despedirme de él. Después se me pasa".
Me gusta hablar con Vicky. Ella se encarga de desequilibrar un poco nuestro hábitat, le da otro sabor a las cosas. Al principio, creíamos que iba a ser difícil convivir con ella, pero después de unos meses nos dimos cuenta de que es capaz de ponerle un color diferente a nuestras vidas.
Ahora se nota que está mal. Le cambiaron la medicación, adelgazó bastante y volvió a fumar. Hay días en los que estoy estudiando y ella sale diciendo: "Necesito compañía" y yo, que estoy más arisco que nunca, no se qué cara ponerle y si ando comprensivo tal vez le estiro los brazos, le hago unos mates y le digo que se deje de joder, que ella es una mina hermosa, inteligentísima, por demás de interesante. Y ahí es cuando trato a su carácter como si fuese una obviedad y omito recordarle lo jodida que suele resultar en algunas ocasiones. Es brava, bastante.
Y con Seba… somos la antítesis. Parecemos hijos de distintos padres, pero nos llevamos bien. Nos amamos más allá de nuestra condición de hermanos. Será que las diferencias en lugar de separarnos nos unen y encontramos la manera de complementarnos. Hay un único problema: desde que se peleó con la novia, está hecho un pelotudo. Con Vicky ya descubrimos cómo hacer para que no tarde cuando está en el baño, le decimos que lo llamó la ex.
Así que ahí estábamos los tres, intentando bajar los ravioles que había preparado Vicky, que de vez en cuando se encarga de la cocina y evita que alguien muera de hambre. Ella y yo sentados en el comedor, con la tele encendida, mirando sin ver. Vicky pelando un pomelo, yo intentando terminar de leer un párrafo y mi hermano viniendo desde la cocina con una taza que explotaba de yogurt y cereales.
S-Creo que quiero dejar la facultad.
A-Yo creí que ya lo sabías.
V-¿Alguna vez empezaste? Jaj.
S-¿Cómo algo tan lindo puede ser tan feo?
V- ¿Por qué? ¿No te gusta?
S-Lo ves y es re lindo, se te hace agua la boca, pero es muy ácido.
A-A mí me gustan más que las naranjas.
V-Es que yo le pongo toda mi dulzura.
A-Justo vos, lo hacés más ácido. Contrarrestás a todo el edulcorante que le ponés.
S-Hoy estuve hablando con los chicos y nos dimos cuenta de que nada nos llena.
V-¡Los hombres se sienten igual! Y yo que pensaba que sólo las mujeres nos deprimíamos.
A-¡Bienvenido al club de los que nos sentimos vacíos! Te mandaste un pedazo de cáscara.
S-Vos ya estás para la selva. Estoy en la facultad y me siento mal, voy a tenis y me siento mal, duermo y me siento mal…
V-Necesitás una novia.
S-Llegamos a esa conclusión. Tenemos que buscarnos una novia y ponerla todo el día.
A-Pero si Nacho tiene novia.
S-Nacho no decía lo mismo.
V-Será porque tiene novia.
A- Y empezá un psicólogo, que te haga un test vocacional.
S- Naaaa.
V- Pero el psicólogo te va a decir:-Pero nene, si vos estás lleno, ¡lleno de leche!¡Ay!
A- ¿Qué pasó?
V- Apareció Juan Gil Navarro.
S- Qué raro que te guste, si tus tipos son los hippies y los nenes.
A- Mejor no hablar de ciertas cosas.
S- ¿Qué pasó? ¿Ya lo espantaste?
V- No quiero hablar de eso, me hace mal. Me voy a dormir.
A- Lo que pasa es que la dosis pediátrica no le frena la violencia. Se alteró y el pibe
se asustó ¿Le mando un mensaje a Juan así mañana cenamos con él?
S- Mañana a las 8 rindo.
A- ¿Vamos tipo 10?
S- Dale.
A- Dice que rinde el jueves a primera hora.
S- Ya fue. La semana que viene. O nunca. Yo no vuelvo.
A-¿Empezás las vacaciones?
S- No, dejo de estudiar.
A- ¿Y qué vas a hacer?
S- Me voy al campo.
A- ¿A sembrar chorizos?
S- A plantar vacas. Jaj.
A- Jaj.
¿Cómo puede ser que de tres que somos, ya dos hayamos dejado nuestra primera carrera? Ahora uno más que pinta seguir el mismo camino. Esto me hace sospechar que sea algo genético. De los seis primos más grandes, tres ya dejamos la carrera, uno está en eso, otro está por perderla. La única que anda bien es María. También es la única que tiene novio. No se que tendrá que ver, pero hay que admitir que es la más completita: trabaja, este año se recibe y tiene novio, con ese se casa, seguro.
Y yo que pensaba que a mi hermano todo le chupaba un huevo, ahora vengo a enterarme de que no es el pibito simple que siempre creí. Lo prefería tonto y sin cuestionamientos. La gente que no piensa es la más feliz. Pagaría por ser hueco durante un rato. A ver si me dejo de pensar en que estoy cerca de los 25 y soy un mantenido. Será por eso que sueño que le pego a mi viejo, mientras le digo que nunca voy a ser como él quiere que yo sea. Para que después le cuente la pesadilla por teléfono y el viejo se ponga mal y me repita por enésima vez que soy su orgullo, que soy más inteligente que él, que lo hago sentir "así chiquito".
Mi viejo no terminó la secundaria, así que si mi hermano y yo nos recibimos de "técnicos en algo" para él va a ser como si hiciéramos ingeniería nuclear en tres años. Será por esas cosas de que un hijo es como cualquier cosa que uno hace y por egocéntricos que somos creemos que nuestra creación es lo más grande que hay. Mejor que me tocó ser hijo de alguien así. Peor esos padres que vuelcan en sus hijos todas sus frustraciones. Bueno, en realidad, mi viejo es un poco así. Siempre quiso ser periodista. Por eso me rompe las pelotas con hacer radio, con lo que yo la odio. Me preocupa lo de mi hermano, él sí que está en bolas. Cero pasiones. Yo por lo menos me caigo y le doy para adelante. Él nada, es bien nihilista el hijo de puta. Termino el cigarrillo y me voy a dormir, así por lo menos dejo de pensar un rato.
Publicado en relatos el 3 de Julio, 2008, 13:06
por L o l i
Las ramas de la Santa Rita abrazan las paredes, se prolongan como una telaraña, como si quisiera sofocarlas con su red. Cruza el patio como una sombra, ajena al mundo. Así, día tras día, con su perenne sufrimiento, cansada, esperando que alguna vez termine.
Siento el roce de sus pies cada vez más cerca, sé que cuando llega a la puerta la mira, lo sé, pero no lo digo. Sé que la mira, la respira, la palpa, que observa cómo la luz y el silencio se filtran por sus ranuras, pero callo.
Callo, como acallo mis horas sin metáforas, como silencio mi anhelo de escapar de este vacío sin más que lo puesto con la pobreza de ser sólo yo; quisiera ser una fuerza que viaja y roza el viento o sólo un cuaderno quisiera alcanzar la belleza más perfecta pero tengo miedo. Incluso en este encierro, prisionera de mi propio cuerpo, la vida se me presenta, voces sin rostros, el olor del limonero, pasajes de las mañanas pero los niego. Nadie advierte mi deseo, pero cómo conceder lo que nunca han sentido.
-Y una vez que terminás de limpiar los pisos, los lustrás con Flit…
-¿Flit?
-Sí, flit. Es la única forma de mantenerlos con brillo y sin humedad en esta ciudad.
-Marga, empezáa bajar las persianas que ya se siente el calor!
-En seguida señora.
-¿Tenés alguna pregunta más?
Antes de entrar espera, como si en esa espera le diera al tiempo la posibilidad de consumar su dolor, de que algo finalmente cambiara.
-Buen día…
-Buen día abuela…
-Buen día mi niña… Voy a abrir las ventanas como te gusta…
-Gracias.
-Y ahora un poco para allá y ya está. ¿Querés más almohadones?
-No.
-Y un poco de perfume que te gusta tanto…
Como todas las mañanas le toca el pecho. Sus ojos negros, sus rasgos puros…
-¿Me dejás escuchar?
-Sí
Entonces apoya su oreja. Un poncho rojo y cosas muertas…
-Late fuerte, está bien vivo.
Una zamba sabe del dolor de ellas, pero aún así, las dos desean.
Debería saber cómo manejar esta situación. No es la primera vez que me encuentro en este estado. Y cada vez me digo, “no te adelantes, esperá los resultados”. Como si fuera fácil. Modificar la ansiedad, cerrar los ojos y hacer como que no pasa nada. Seguir con la rutina. Controlarme para no caer en la desesperación.
Unas horas más y ya todo habrá pasado.
O recién comenzaré, como la vez anterior.
No importa, anoche pude dormir. El rivotril hizo efecto rápido. No sentí nada. Ni cuando llegaron los chicos.
Me cuesta dejar de visualizar las imágenes que vendrán si me dicen que es malo. Otra vez los estudios, la operación, la espera de dos semanas antes de saber si los bordes estaban limpios, las interminables sesiones de rayos.
No logro recordar el nombre de la técnica que me daba la bata y me decía que me acostara una vez que estuviera lista. Sí sé que tenía un nombre raro. Y de lo que estoy segura es que la bata tenía el nº 13, porque el primer día yo pensé “debe ser el de la suerte”. Me juré que era el de la suerte porque de otra manera me hubiese vuelto loca. Rayos y encima mala suerte.
Creo que era Avelina, sí estoy casi segura que así se llamaba. ¿Estará todavía? La verdad es que a pesar de su carácter enérgico, tenía buena onda la mina. Es que si no tenés ese carácter no podés trabajar en ese lugar. Viendo cada quince minutos un nuevo caso. El peor fue el de ese muchacho ciego al que siempre acompañaba alguien. Dicen que tenía tumores en la cabeza que no eran operables y le habían provocado la ceguera. Cada vez que él salía, me tocaba el turno a mí. Y al mirarlo, tan joven y tan bello, me preguntaba “¿Por qué a él?”, si hay tanta gente de mierda en este mundo que anda vivita y coleando y jodiendo a los demás. Y entonces mientras me desvestía, apagaba el celular y me colocaba la bata nº 13, pensaba lo mío es una pavada comparado con lo de él.
Pero hoy no logro pensar que es una pavada. Estoy aterrada. Y no quiero que se den cuenta.
Parecerá ridículo pero lo más feo era cuando me quedaba sola, sin poder moverme y únicamente escuchaba el zumbido de la máquina. No eran más de cinco minutos, pero a mí me parecían eternos. Trataba de pensar en algo lindo, pero el maldito zumbido me desconcentraba. Y por fin, el silencio y Evelina que entraba para ayudarme a levantar de la camilla tan fría.
“Hasta mañana” decía.
“Chau, hasta mañana”.
Ese era el mejor momento. Vestirme, salir casi corriendo sin mirar la sala de espera para no bajonearme, subir al auto y prender la música con un cd de Sabina o Maná.
Volver a casa.
Cuando agarraba avenida Francia ya casi ni me acordaba de dónde venía.
“Por el boulevard de los sueños rotos “ y el español que parecía que me hablaba a mí. Cambiaba. Esa era un poco triste. Mejor la de la tres mujeres, que no me acuerdo cómo se llama. Me hace reír este barbeta.
La parada en el semáforo de Salta, que siempre estaba en rojo, como para darme tiempo a mirar los títulos de las revistas del kiosco.
Y después, lo mejor de todo. Un giro de mis ojos a la derecha, para ver si en el auto de al lado había alguien interesante, siempre había, que me mirara como mujer, total vestida como estaba, ni él se daría cuenta que yo me sentía mutilada.
Aquel 23 de diciembre la radio
arrancó a las 6:00 AM. En rigor, nada muy diferente a otros días. Según el
locutor, grave, la crisis Estados Unidos – Corea por los misiles nucleares
entraba en una fase definitoria. Después ratificó que eran las 6:07. Primero
clavó la vista en el ventilador de techo que apenas podía en su lucha con el
aire húmedo del incipiente verano. Estuvo unos minutos así, hasta que se sentó
en la cama mientras forzaba sus entrañas y dejaba escapar un ruidoso pedo. Se
rascó los tobillos y volvió a fijar la vista. Ahora, en las manchas de humedad
de la pared. Memoria de la inundación. Un metro y medio de agua. Fresca todavía
la imagen de la heladera flotando en la cocina, amarrada por el enchufe. Lo
poco que le quedaba de esperanza escurriendo por la cañada rumbo al Coronda.
Con las palmas de sus manos hacia abajo golpeó sus muslos. Se puso de pie.
Desnudo caminó hasta la galería. Orinó intentando hacer blanco en una mata de pasto
amarillento. La humedad y el gris le dieron la sensación de que el cielo estaba
un poco más bajo, más cerca. Pero ya no creía en nada, de manera que la
percepción lejos estuvo de tener algún significado religioso. En todo caso, la Cañada tenía un aspecto un
poco más pálido que el habitual. Sin más remedio callado apuró unos amargos. La
radio seguía despachando calamidades acerca de Estados Unidos, Corea y los
misiles. Le produjo el mismo efecto que el empate de Deportivo Riestra con
Yupanqui. Malhadadas circunstancias lo habían convertido en un bárbaro. ¿En qué
podía afectarle la crisis de los misiles? ¿En qué podía cambiar su vida? El
ruido del mate vaciándose fue lo suficientemente poderoso como para inhibir
cualquier intento de involucrarse con el mundo que, ahí afuera, acechaba. Recordó
que esa tarde, después de preparar la última tanda de lechones navideños, iría
a ver a la Norita,
su esposa. Ultimo anclaje al mundo de los afectos aunque las cosas no marcharan
bien. Ella, aun, era un aceptable soporte. Hasta pensó que podría brindarle un
sosiego, temporario, a su compulsión por masturbarse. La recordó, la imaginó,
desnuda. Salió de la casa y caminó hacia el galpón donde los que iban a morir
esperaban su irrevocable destino. Desfasado, su cerebro comenzó a bombear
sangre al pene. Bajó la vista. Tuvo que dejar caer la camisa por fuera de la
bermuda, alguna vez un pantalón de traje. Su peón, El Tuerto, ya lo esperaba.
Ni se miraron. Entró al cuadro donde cincuenta lechones se aplastaban,
desesperados, contra el lado opuesto. Diez de ellos no verían el final del día.
Uno, en particular. Un negro fajado, hermoso animal de quince kilos, muy bien
conformado, cuartos traseros perfectamente redondos que se le había escapado en
un par de oportunidades. “Hoy te hago cagar hijo de puta”, murmuraron sus
labios. Tanteó el cabo del cuchillo, atrás, en la cintura. El lechón, ojos desencajados
por el pánico, recurrió a todas las tácticas a su alcance para esquivar a la
muerte, que en forma de bestia erguida se le abalanzaba, que resbalaba en la
bosta, que caía, que volvía a levantarse. Hasta que pareció comprender que ya
no tenía caso seguir y se quedó inmóvil, su trompa clavada en un rincón, la
vista fija en el ángulo formado por las paredes grises. Ni siquiera agitó las
patas cuando la furia asesina, tapada de mierda, lo agarró por atrás y lo
arrastró hasta fuera. “Negro tenías que ser” vociferó desquiciado mientras lo
aseguraba al piso de hormigón clavando su rodilla contra las costillas del
pobre cerdo. No podría asegurarse quien respiraba más agitado. Aprestó el cuchillo
mientras clavaba la mira en el cogote del condenado. Una estocada certera, así
debía hacerse. La sangre escaparía a borbotones junto a un ronco, postrero
quejido. Algunos decían que parecía el grito de un bebé. Eso no lo preocupaba.
Y fue entonces que sintió la voz del Tuerto:
-¿Hace mucho que no lo ve al Gerente
de la Cooperativa?
Ese turro pensó. Lo tenía agarrado de
las pelotas. Le había fiado maíz para los animales, después plata. Ya se había
quedado con su camioneta. Y ahora estaba a punto un terrenito en el pueblo. Lo
único que le quedaba fuera de la
Cañada.
-¿Qué le pasa a ese conchudo?,
preguntó mientras su mano izquierda atenazaba las orejas del animal, que lo
miraba, ya calmado en la inevitabilidad de los próximos segundos.
Y mientras el cuchillo ya iniciaba el
viaje hacia la yugular de la pequeña victima ofrendada a la navidad, volvió a
oír al Tuerto que hincado atrás suyo, la boca a la altura de su oreja, le decía
“Se la está cogiendo a la Norita”.
Y en ese tan corto lapso de tiempo, el cuchillo, su recorrido levemente
descendente, la confesión, a él no le quedó ninguna duda que el lechón negro
fajado, sardónico, sonrió. Recién después llegó la sangre…
lo tuve que borrar de más abajo, porque la foto original es MUY ANCHA y desconfiguraba el blog. Entonces, la eliminé, la configuré en mi flickr y la devuelvo. El fotógrafo es ruso, se llama ARADURA pero no estoy seguro, porque el alfabeto ruso es medio ideogramático... y no sé si está bien traducido... los ingleses le llaman así al artista o la artista... ARADURA...
...del gordo no sé nada, pero durante toda mi carrera (estudio en la Facu) de abogado, el arquero de mi equipo era WalterStramazzo (hoy famoso penalista), que había tenido poliomielitis de pequeño, y por tanto tenía una seria discapacidad motriz en las piernas. Curiosamente o no, como arquero, era magnífico. O yo lo recuerdo así...
Publicado en relatos el 2 de Julio, 2008, 19:03
por Descarga
Estoy encerrado.Es lo que pienso a la medianoche, mientras voy hacia una de las salidas de la terminal de ómnibus.Miro las puertas desde cierta distancia. A simple vista, no hay ningún indicio de que estén cerradas.Las luces y el movimiento de vehículos en la calle me hacen desistir de la aproximación. Desde aquí no parece posible que algo nos separe de la animación externa.Vuelvo al hall.Veo cómo la gente se repliega en dirección a los andenes y ha desaparecido la eficacia de los televisores como sitios de agregación.Mi nuevo pensamiento es que sobre las puertas deben haberse desplegado membranas.Lo mismo ocurre durante los asaltos a pleno día, donde una lámina discreta separa el trauma del rodamiento de la rutina en el exterior.Ya hace rato que nadie entra a la terminal. Un grupo de personas nos hemos aproximado, nos miramos con esa compulsión que da la necesidad y que tiene que ser rápidamente renovada porque desaparece.Cruzamos los registros de confianza que permite nuestra condición transitoria: edades, equipaje, parejas, una carpeta contra el pecho, el teléfono celular siempre en la mano. Es insuficiente.Me agobio.Camino nuevamente por el pasillo principal.Hay mucho espacio, me animo como un peón que no ve dificultad en alcanzar a la reina.Llego hasta un local de alfajores, doblo a la izquierda y voy por otro pasillo más angosto, donde las pilas de cajas con el monumento a la bandera que hacen de cortina se interrumpen en un espejo rectangular que llega hasta el piso.Soy una reina. Desfilo frente a las boleterías: Tata Rápido, El Norte Bis, Del Sur y Media Agua. Cuando llego al hall, veo el reflejo de un ómnibus que ingresa.Miro la hora. Camino en diagonal sobre el piso particulado de números de lotería y del fono gay.Me acerco al andén. En un costado del micro dice Aguila Dorada. Lo releo desinteresado en la gente que se agupa. Espero que ingrese toda la fila de pasajeros como si ejerciera alguna supervisión. Tengo una armonía voluptuosa.
Publicado en Cuentos el 2 de Julio, 2008, 17:31
por Cecilia
M.C. Cerutti
Debería leer a Asimov
Era la ciudad que habitaba. "No sé si por elección o por las circunstancias", había dicho mi padre en aquella conversación definitiva. Si eran las circunstancias, era una hermosa circunstancia llamada hija, y mi hija era una elección.
Sí era el barrio que habíamos elegido, aún antes de ser nosotros. Feliz coincidencia, Alcoyana, Alcoyana.
Aunque lenta, lo mío es el movimiento.
Pero cual atractor de aquella Teoría del Caos que nunca termino de aprehender, me atrapa el encierro. Cuando me percato salgo.
Busco con ojos nuevos esa ciudad por elección y circunstancia, y hallo en las calles del barrio ese intangible, y algunos tangibles, que me devuelven a mí.
Elijo mis zapatillas de estrella azul, que son lo mejor para salir del encierro. Porque lo mejor no es salir con cámara de aire en los talones Nike para andar a saltos de canguros por ahí. Ni tampoco el nuevo modelo Tum de la líneapremier de Reebok que ofrece amortiguación, ligereza y frescura, y cuya tecnología brinda estabilidad gracias a que posee la capacidad de incrementar la presión de gas contenido en sus suelas proporcionando seguridad y firmeza al tobillo. Ni tampoco el modelo 890 de New Balance con su innovador sistema de amortiguación, proporcionado por la evolución de su tecnología Abzorb que combina propiedades de soporte superior y características de estabilidad, gracias a una bolsa periférica de aire no presurizado, encapsulada en un diseño termoplástico. Tampoco, las nuevas Adidas, con su sistema inteligente que cuenta con controles que funcionan a base de botones pulsadores, así como un manual de instrucciones en disco compacto, en el que se indican, entre otras cosas, cómo cambiar baterías después de 100 horas de uso.
Lo mejor son mis zapatillas de estrella azul, porque se me vencen los arcos en cada paso, hacia adentro como el atractor y lucho con ellos e igual puedo ir a salto de canguro, y torcerse el pie no tiene la elegancia de todas las estrellas pero tiene su gracia.
Lo mejor son mis zapatillas de laestrella azul.Porque la estrella azul es un signo Maya que invita a practicar la armonía en la vida diaria, a usar la intuición para dar un salto hacia una manera diferente de ver las cosas, de escucharlas, de ser; a integrar las enseñanzas para poder tener camino propio y para seguir según lo que indique el corazón.
Así que ajusto bien los cordones grises de algodón que me vendió la vieja simpática de la vuelta, que en verano traspira en su quiosco 4 x 4. Saco la perra al patio, que me pregunta si la voy a llevar. No, Lola, no te voyllevar y no me hagas cara de lástima. Lástima te tuve yo a vos cuando te encontré en la calle y ahora me la paso limpiando tu mugre.
Le pongo llave a la puerta de casa.
El pasillo hasta la puerta de calle, más que un pasillo es un peregrinación. Miro las plantas, ¡qué desastre! puse lazos de amor al lado de las lavandas, unas de humedad y sombra y las otras de sol y poco riego. Pese a las condiciones, prosperaron las lavandas. Están lindas, sí, me recuerdan a Córdoba. A los lazos de amor se los comieron los gusanos.
¿¡Y mi vecina?! ¡¿Tan artista ella?! Puso un limo arcilloso adentro de un tacho de plástico negro. ¡Qué horror!. Se lo voy a decir cuando la vea.
Llegaron las boletas de la luz, dosresúmenes de cuenta de dos Afjp para dos que ya no viven acá, la revista "Todo Arte" para mi vecina artista. Les voy a escribir a los de "Todo Arte" para pedirles que hagan una nota sobre el mal gusto de los tachos de plástico negro usados como maceteros, unos volantes de deliverys de comida y otros de suplementos dietarios. A la vuelta levanto los de los deliverys y reparto las boletas de la luz.
Saludo a Esteban, el vendedor de antigüedades, que tiene tantos rulos como su perra, a la que justo le fue a poner Diana, como el nombre de la farmacéutica de enfrente. Solo que la farmacéutica es Marta Diana y no ladra. La que ladra es su madre, que justo se llama igual que mi hija. Tiene más de ochenta años, un cutis perfecto aunque es bien fea, pobre, y para lo único que tiene lucidez es para decir goriladas:
-¿A vos te parece pobrecitostodos esos chicos sin clases?